You are currently browsing the daily archive for Enero 19th, 2008.

… Así tradujo alguien el nombre de aquel grupo de los noventa: The Pleasure Fuckers.

Pero no, en realidad este posteo trata de un ranking cinéfilo de lisiados. Lisiados de cine. Tipos a la que generalmente la guerra convirtió en menos validos, hipocresía social que señala al diferente.

Desde que regalaron los zapatos a Van Johnson en “Treinta Segundos Sobre Tokio”, el cine ha utilizado la figura del lisiado en todas sus proporciones. Sin orden concreto, éstos son algunos de ellos…

Homer Parrish (Harold Russell) – “Los Mejores Años de Nuestra Vida”

William Wyler quería un autentico veterano de guerra para interpretar el papel más ingrato de su obra maestra. Su visión fue crítica pero amable. La lastima se tornó en comprensión cuando la desesperación del que ha perdido las manos se hizo manifiesta. Los demás le veían como un monstruo, así que Homer se comportó como tal, hasta que Cathy O’Donnell (su prometida) comprendió su dolor. Lo demás es historia. Su facilidad para romper ventanas con los ganchos, también…

Johnny Bonham (Timothy Bottoms) – “Johnny Cogió su Fusil”

En su primera y única incursión como director, Dalton Trumbo adaptó su propia novela para denunciar los horrores de la guerra. Echó mano de la sutileza al utilizar un soldado que ha perdido todos sus sentidos en combate pero que mantiene intacto su cerebro. Mediante flashbacks asistimos a las horas previas a la partida del soldado. También hay alegorías religiosas que permiten a Trumbo dibujar las circunstancias del protagonista. Una gran película y un lisiado excepcional que no le hizo ascos a las relaciones sexuales. Y es que un escorpión es siempre un escorpión.

Dan Taylor (Gary Sinise) – “Forrest Gump”

El teniente Dan nunca tuvo suerte: Primero colocan a Forrest Gump en su unidad y luego éste le salva la vida además de compartir cama contigua a la suya en el hospital. Y es que el teniente siempre creyó que vivir sin piernas no era vivir. Tuvo que perdonarse a sí mismo para que su vida adquiriera sentido. Se acabaron las fulanas de diez dólares y las sillas de ruedas. Tras su redención llegaron las piernas de titanio y una esposa vietnamita. Qué ironía.

Steven (John Savage) – “El Cazador”

La verdad es que Steven siempre fue un tipo desequilibrado. Ya el día de su boda tres gotas de vino cayeron sobre el vestido de la novia, mal presagio. Se le fue la pinza durante el duro cautiverio, a cualquier se le hubiera ido, pero es que siempre fue un gregario de Michael y Nick. A la hora de beber, su cerveza estaba menos fría; a la hora de cazar, su pieza se escapaba; a la hora de ser evacuado en helicóptero, él era que se caía, y encima, en una piedras. Cimino evitó conciertos de violín y convirtió su vida después del accidente en un infierno compartido por su esposa. Steven perdió dos piernas y un brazo. Nick la cabeza. Michael la inocencia. Todos pierden, el venado gana…

Mathilde (Audrey Tautou) – “Largo Domingo de Noviazgo”

Mathilde se quedó coja cuando era niña. La culpa fue de la polio. Desde entonces se convirtió en un hermoso patito feo que solo fue reconocido como cisne por Manech. Su historia de amor es inmortal. Nada, ni la muerte, puede separarles. Por esa razón, Mathilde se embarca en una búsqueda desesperada de Manech cuando éste “muere”. Y no digo más…

Por cierto, su cojera (cinéfila como pocas) está lejos de impedirle dar carreritas en busca de su amado. Ni un Fórmula 1 se le podría equiparar. Y sí, también me enamoré de la Tautou en “Amelie”, por supuesto, pero es que al interpretar a la obstinada Mathilde me robó el corazón para siempre.

Luke Skywalker (Mark Hamill) – “El Imperio Contraataca”

Que tu propio padre te arranque la mano de un espadazo luz debe marcar. Pero en una época en la que los antebrazos binarios son una ventaja, hasta habría que darle las gracias. En la tercera (o sexta) entrega de la serie Darth Vader probó su propia medicina. Momento cumbre de la serie sólo superado por aquel Shakespiriano: “Luke, soy tu padre”.

James Apperson (John Gilbert) – “El Gran Desfile”

Hacía once años que la guerra había terminado pero había cicatrices aún abiertas. Los hedonistas y locos años veinte se apresuraban a cerraras mientras en Alemania la gente se moría de hambre. Dos tonos en un mismo cuadro.

James se fue a la guerra entusiasmado, conoció su significado, la aborreció y volvió convertido en héroe… con muletas. Su novia no le dio importancia y comieron perdices porque King Vidor (el director) no quiso hacer sangre, bastante se había derramado ya. Eso sí, recibimientos tan efusivos como el que recibió John Gilbert ya los quisiera yo para mí.

Luke Martin (John Voight) – “El Regreso”

Estar en silla de ruedas y levantarle la esposa a todo un capitán del ejercito tiene mérito, ya lo creo. Sally (Jane Fonda) conoció a Luke (John Voight) en un hospital de veteranos, mientras ella trabajaba como voluntaria esperando el regreso de su marido. Se enamoraron y nació el drama. El odio por la guerra de Vietnam y sus consecuencias casi pasan desapercibidas con semejante panorama. El retorno a casa del marido de Sally desencadenará tantas reacciones como las que en su día provocó la continua imagen de Jane Fonda sentada en las rodillas de un parapléjico. Qué escándalo…

Joon (Mary Stuart Masterson) – “Benny y Joon” 

Joon (Mary Stuart Masterson) está como una cabra, pero es que Sam (Johnny Deep) está peor. Separados no funcionan, juntos sí. Lo mejor que se puede hacer es permitir que estén juntos. Muchos no consideran la enfermedad mental leve como una minusvalía, y tal vez no se equivoquen, porque hay que ver con que habilidad usa los bancos del parque Sam. Pero es que ver a Joon sufrir una crisis, no es agradable. Supongo que ver la peli (ahora que han pasado los años), tampoco. Habrá que repescarla un día de éstos… Y habrá que saltar los bancos del parque. Todo sea por no olvidar que alguna vez fuimos niños y por ende locos.

René (Olivier Gourmet) – “Nacional 7″

Hace algún tiempo, una mujer con algún tipo de parálisis reclamaba en un documental su derecho a amar: “Todos tenemos derecho a conocer el amor”, es una de esas frases que se te quedan grabadas independientemente de quién sea el que la ha pronunciado. Su novio también era minusválido. Realizaban encuentros sexuales en un hotel, lejos de la mirada de sus compañeros de residencia. Para la sociedad, el sexo entre personas con algún tipo de minusvalía no existe, es como el sexo entre los padres: simplemente no ocurre.

El director francés Jean-Pierre Sinapi quiso acabar con estúpidas hipocresías denunciando en su película “Nacional 7″ esta situación. Los que están paralizados (como Johnnie y su fusil) también tienen impulsos sexuales. Su película narra la relación del gruñón René y su enfermera con el trasfondo de la necesidad del contacto humano. No entiendo esa manida frase del cine necesario, las películas son buenas o no lo son. “Nacional 7″ es incisiva en su denuncia y excelente en su forma. Que tomen nota los creadores de la vomitiva “Va a ser que nadie es perfecto”.

Sarah Norman (Marlee Matlin) – “Hijos de un Dios Menor”

La verdad es que la sordomuda Sarah (Marlee Matlin) era bastante popular. Además de ser muy atractiva se acostaba con todo el mundo, y ese un buen modo de convertirte en popular. La llegada de James (William Hurt), nuevo profesor de dicción, fue un reto para ella. Como reto fue tragarse semejante bodrio para los incautos que vieron la película dirigida por Randa Haines. Además, terminaron acostándose, osease que Sarah aumentó su nómina. Después ella se enamoró de él, y eso no entraba en los planes.

Prescindible melodramón que utiliza con descaro la minusvalía física para dar pena. La gran beneficiada fue Marlee Matlin, que ganó un Oscar y consiguió una carrera estable dentro de la televisión y el cine. Luego fue a recogerlo vestida de bibliotecaria empollona y perdió gran parte de su crédito. En fin.

Por cierto, guapa y sordomuda. José Coronado (el señor del bífudus activo que se cree actor) debe estar en éxtasis. Y es que la mujer perfecta es la que no habla, ¿verdad?. Qué buen chiste, me descojono de la risa…

Ahora le toca a retar a Dios. Wolfgang Petersen dirigió una película para la televisión en 1978 titulada “El Jugador de Ajedrez”. En ella, Bruno Ganz se obsesiona con el juego hasta terminar retando a una partida a Dios. Ahora es el turno del tío raro que nació en Chicago pero creció en Brooklyn al decidir su madre trasladar allí lo que quedaba de su familia tras ser abandonada por su marido.

Un día su hermana mayor le regaló un ajedrez para que tuviera en qué distraerse las muchas ocasiones en las que se quedaba solo. Fue su perdición. Pronto se obsesionó con el juego. Cuando su hermana se convirtió en un enemigo débil, empezó a plantearse partidas contra sí mismo. Su madre, la enfermera judía, se asustaba al llegar a casa y descubrir a su pequeño enfrasco en duelos contra sí mismo.

Pasó por escuelas de ajedrez. En el camino, confundió con padres a educadores. También tuvo peleas y no pocas. Su antisemitismo (siendo él medio judío) comenzaba a florecer. A la edad de 12 años se convirtió en el campeón junior más joven de la historia de los States. Ese mismo año arrasó a Donald Byrne (gran maestro internacional) jugando con negras, en la que aún se considera partida del siglo. Su elegancia y genialidad convirtieron en historia el que el jugador con piezas negras buscase de salida las tablas. Él quería ganar.

Su fama como díscolo crecía al ritmo de su nivel frente a un tablero. No tenía amigos ni los necesitaba porque era una estrella. Gracias a él se hablaba en todo el país de un deporte tradicionalmente ajeno.

En 1963, Fisher comenzó sus contactos con una secta que profetizaba el fin del mundo. Los escándalos hicieron que la abandonara pronto. Fue su última socialización, desde entonces su carácter hermético se agudizó. Era una estrella: Los programas de televisión se lo rifaban, cobraba bajo cuerda en los torneos en los que participaba, sus partidas eran estudiadas en las universidades. Todo el mundo quería tener cerca a Bobby Fisher pero él no parecía necesitar a nadie.

En 1968 comenzó su asalto al campeonato del mundo. Todos pensaban que su esfuerzo descabellado por robar la corona a la escuela rusa llegaba demasiado pronto, pero él tenía prisa. En 1972, en pleno campeonato, el secretario de estado Henry Kissinger le pidió por el bien de su país que volviera al tablero que había abandonado en la segunda partida. Lo hubiese hecho sin necesidad de ruegos, quería ser campeón del mundo, lo único que necesitaba era aplacar su propio miedo.

Su rival en las partidas por el campeonato del mundo sería Boris Spassky. La guerra fría se trasladaba a un tablero de ajedrez. El ruso conjugaba la elegancia del maestro cubano Raúl Capablanca y la ferocidad frente a un tablero de su compatriota Viktor Korchnoi. El miedo de Fisher se tradujo en mil caprichos: la mesa era demasiado alta, el público demasiado ruidoso, los colores muy chillones, las piezas inadecuadas… Tras perder la primera partida y no presentarse a la segunda volvió renovado. No le dio opción al maestro ruso, le aplastó en 21 partidas en las que sólo cedió dos veces. Su fama se multiplicó después. Junto al nadador Mark Spitz, apareció en un especial televisivo presentado por Bob Hope al compás de los sostenes femeninos que le llovían por todas partes. Mientras, docenas de compañías le ofrecían dinero por su imagen. Spitz aceptó, Bobby les rechazó a todos.

El tiempo no atemperó su carácter. Cada día resultaba más inaccesible. Hacía años que no jugaba torneos cuando el joven soviético Anatoly Karpov fue designado nuevo aspirante. Antes de jugar, Bobby le exigió a la Federación una serie de 64 normas que seguir. La FIDE sólo pudo cumplir una, y Bobby no se presentó…

Se evaporó por completo, es entonces cuándo comienza su leyenda. Dicen que jugaba en los parques de Nueva York con estudiantes y desempleados. Que gastó todo el dinero que le quedaba. Que vestía como un vagabundo al cruzar la ciudad ya de noche. Se le vio en San Francisco, en Seattle, en Denver. En 1981 fue confundido con un atracador y detenido. Al ser puesto en libertad, escribió un panfleto lleno de ira en el que relataba su breve experiencia carcelaria. Su paranoia aumentaba. Tres años después, pidió que su nombre fuera retirado de la enciclopedia judaica que se edita en los States. Los editores cumplieron con sus deseos. Después, desapareció por completo durante años…

Dicen que vivió en Budapest, que pateaba las calles por las noches para no ser identificado. Dicen que jugaba al ajedrez vía correo con multitud de personas que ignoraban su identidad. Dicen, dicen… Casi todo en su vida está englobado en el terreno del rumor. En 1992 reapareció. Un millonario yugoslavo le ofreció un mínimo de cinco millones de dólares por repetir su duelo con Spassky. Las partidas se celebrarían en Belgrado. El departamento de estado le impidió participar, como ciudadano de los Estados Unidos debía lealtad a su gobierno y éste hacía tiempo que había vetado a Yugoslavia en el concierto internacional. Bobby escupió sobre el documento que le prohibía su participación. Lo de menos es que volviese a ganar a Spassky, lo importante es que desde ese día se convirtió en fugitivo.

Volvió la leyenda. Se sabe que jugó al ajedrez a través de Internet, que difundió proclamas antiamericanas (algunas referentes al 11-S muy desafortunadas) por un canal de radio, que nunca dormía dos noches seguidas en el mismo lugar. Incluso se filmó una película, excelente, dedicada lateralmente a su leyenda: “En Busca de Bobby Fisher”. Reapareció en Filipinas, ya en el nuevo siglo. Se había casado con una chica mucho más joven que él y había tenido un hijo. Según el mismo contó, viaja con frecuencia a Japón. Fue allí dónde le detuvieron en 2004 por utilizar un pasaporte falso para desplazarse. Encarcelado, abandonado por casi todos, y con el gobierno americano presionando al japones por su extradición, Fisher conoció algo de generosidad de manos del pueblo islandés. En marzo de 2005 recibió el pasaporte que le acreditaba como ciudadano de aquel país. Poco después desembarcaba en Reykjavik.

Ayer moría, no se sabe muy bien de qué pero poco importa. Lo hacía a los 64 años. A él le habría gustado la ironía: 64 casillas tiene el tablero de ajedrez. Ahora le toca retar a Dios, tal vez entonces comprenda lo extraño que es el mundo que le tocó vivir.

a

 

Enero 2008
L M X J V S D
« Dic   Feb »
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031  

Lo explícito es enemigo de la razón…

counter customizable free hit