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Barry N. Malzberg abría así un cuento breve titulado “Götterdämmerung”…
“Se trata, esencialmente, de la necesidad de preservar un cierto sentido de lo mágico, lo misterioso. Lo explícito es un enemigo de la razón, no su aliado.”
Por regla general, las frases lapidarias suelen hacerme dudar del que las pronuncia, pero ésta me arrebató por completo. Lo explícito siempre es enemigo de la razón, cosa que confirmó hace algunas semanas el escritor Montero Glez.
En una tertulia literaria, Montero Glez afirmó que todo polvo viene precedido por docenas de pajas. Y tiene razón, así lo debió pensar la poetisa y compañera de charla que afirmó vigorosamente con la cabeza la aseveración de Glez. Después siguió hablando de por qué fracasó el magnicidio del rey Alfonso XIII a manos de un anarquista llamado Mateo Morral: según él, porque el anarquista tenía miedo, por esa razón arrojó la bomba en lugar de adosarse junto a ella tras carromato que transportaba al recién casado monarca. Lleva tres años preparando un libro sobre el tema, habla con conocimiento de causa. La poetisa convencida le dijo entonces: “Un hombre como tú, tres años alejado de las calles. Sin frecuentar bares, ni prostitutas”… A lo que un asombrado Glez respondío: “Pero si estoy casado” El hecho de que la mayor parte del negocio del lupanar esté compuesto por tipos casados de entre cuarenta y sesenta años (Glez pasa de los cuarenta aunque no los aparente) seguro que no influyó en su respuesta. Que el señor moderador (Sánchez Dragó y su ego al lado) se lo estuviera pasando teta con todo aquello, tampoco.
Lo explicito no debería funcionar pero funciona. Hace unas semanas, mientras veía la relegada “Me llamo Ed” en la Sexta, cubrieron una de sus interminables pausas publicitarias con un comercial dedicado a… Jes-Extender. Vean y no se pierdan lo que dice la rubia del coche en el segundo veinte del vídeo…
Por supuesto, el tipo gordo con pinta de camionero que dice estar ahora bien armado, es un actor pagado para la ocasión. El tierno abuelete y su madura amante también lo son. Incluso la rubia del coche que parece babear al pronunciar la frase: yo no sé los demás qué dirán, pero a mí me gustan grandes, es una actriz sin suerte que se acoge a lo que le sale (y hablo de trabajo). Pero, joder, podrían haber sido más sutiles, y no me refiero a abejitas polinizando las flores.
Tal vez el producto requiera de lo explicito para venderse. Tal vez Barry N. Malzberg veía la televisión cuando se le ocurrió la frase mágica. Seguro que fue después de escuchar desconcertantes frases como: ¿ellas se operan los labios y el pecho, por qué tú no?
Lo guardo todo, gran error que últimamente intento subsanar. De poco me sirve, pues una vez limpio el mismo espacio aparece al día siguiente completamente lleno de nuevo. Creo que cambiar las cosas de sitio no va a ser la solución.
Hoy, mientras trataba de poner orden en un armario indomable, me he encontrado con esta joyita…

Nada menos que “El libro del mormón”, algo así como la biblia pero con más cachondeo.
Durante mi infancia me libré de los testigos de Jehová gracias a que tenía un amiguete del colegio cuyos padres profesaban esa ¿fe?. Lo cierto es que cuando llegaban a mi puerta se la saltaban como si estuviera marcada. Agradecido le estaré siempre, ahora que es él quien va de puerta en puerta. Pues bien, un día los testigos pasaron el testigo (nunca mejor dicho) a los mormones. No consiguieron nada con mis hermanas, ni conmigo… pero engancharon a mi hermano mayor. No es que mi hermano se interesara por la religión mormona (menos ahora, que sabe que se quedan con el 10% de tu sueldo), de hecho nunca se interesó (como el resto de mi familia) por religión alguna. La cuestión es que, al igual que a mí, le cuesta decir la palabra no.
Se escondía, pero le encontraban, eran unos tipos listos. El día de la tercera cita, se presentaron tres tipos altos como pinos dispuestos a convertir a mi hermano y se encontraron con mis hermanas mayores, tan descreídas ellas, que les pusieron en fuga gracias a las mil preguntas sin sentido que se inventaron. Fue divertido ver sus caras ante preguntas como: si su religión nace en el siglo XIX ¿por qué las tablas de la ley están recogidas en escritura jeroglífica? Pregunta idiota que merecía una respuesta idiota que no llegó. Antes de irse y no volver, dejaron su libro (anotado, por cierto) y éste fue a parar a la basura. Yo lo rescaté y me reí de lo lindo gracias al ángel Moroni y compañía. De veras que los libros “sagrados” son de lo más divertido.
Hoy encontré el dichoso libro envuelto entre otro de templarios de Walter Scott y “El corazón y otros frutos amargos” de Ignacio Aldecoa. Al menos ha tenido una buena compañía todo este tiempo.
