Éramos seis personas… 22’30 horas de un martes festivo que precedía al retorno de la cruda realidad tras el último megapuente previo a las vacaciones.

Tres parejas desigualmente situadas en aquella gigantesca sala que parecía hacerse aún mayor por momentos. Una de ellas, pareja de mediana edad que se situó tras nuestro, se esforzaba en hablar bajito sin reparar en que la acústica de la sala jugaba en su contra. La otra, más madura, se esquinó como en un destierro voluntario, cargados de palomitas y enormes vasos de coca-cola sin gas que intentaban colocar en los no suficientemente grandes posavasos de la sala. Después se apagaron los luces y una espectacular cortinilla (nada disimulado homenaje al principito de Saint-Exupéry) nos informó de que estabamos a punto de ver una producción de la mítica Gaumont.

Y entonces supimos…

…que Aymé está vivo, pero si estuviese muerto daría igual. Su triste vida transcurre entre su granja y un matrimonio ya gastado, si es que alguna vez no lo estuvo. Su esposa, tan decolorada como él, no llegará a los diez minutos, morirá en un accidente, electrocutada, lo que no afectará en exceso a un Aymé que hace tiempo dejó de sentir. Así pues, sólo habrán pasado díez días cuando decida buscar una nueva esposa que comparta con él el ingénte volumen de trabajo que la granja que regenta le proporciona.

Después vendrá un viaje clandestino a Bucarest, una chica preciosa con secretos que guardar, unos vecinos tronados que juegan al ¿Quién soy? con tarjetas de cartón adosadas a sus cabezas, concursos de animales de granja en los que participan conejos muertos, convivencias difíciles, y luz, y mentiras… y finalmente un cariño que inevitablemente amenazaba con surgir a pesar de la resistencia de Aymé.

Pero puede que Aymé no esté tan muerto como los demás piensan. Es posible que el sacrificio por la persona a la que amas, aunque tu mismo no lo sepas, les demuestre que su hermética y gris existencia tuvo un fin noble. Y como esta es una película que reclama un happy end, éste aparecerá en forma de arrugado periódico…

Y al menos así, cinco de las seis personas que compartieron aquella fría noche, volvieron a casa pensando que después de todo siempre hay lugar para la esperanza.

¡Qué diablos!, hasta yo lo pensé… Pero no se preocupen, pasó rápido, afortunadamente.

 

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