… Y hubo un tiempo en el que Meg Ryan fue la intocable reina de corazones, sólo que en su caso en lugar de cortar cabezas se conformaba con hacer mohines y muecas.Nadie llegó más alto en el submundo de las comedias románticas, sin embargo la más emblematica de todas ellas siempre será "Pretty Woman", (paradojicamente protagonizada por otra, la Roberts) esa peste incalificable que convertiría la peor de las películas de Meg en obra de culto de cualquier filmoteca.

No repasaré sus vanos intentos por ser tomada en serio (osease, oscarizable), algunos de ellos encomiables. Lo haré, brevemente, del género que la encumbró, no quiero aburrirles… Y sobre todo, lo haré de la película que acabo de terminar de ver (he perdido la cuenta, pero ya debe estar por la media docena) hace unos minutos.

No me cuesta admitir que "Cuando Harry encontró a Sally" es su mejor película. Ni que "Preludio de un beso" es tortuosa. El defenestrado John Patrick Shanley, ya saben, aquel tipo al que comparaban con Capra, le regaló un memorable triple papel en la estimable (y desgraciada) "Joe contra el volcán". "Algo para recordar" supuso su mayor éxito de taquilla y la catapultó a límites insospechados de popularidad justo antes de que "I.Q" se convirtiera en su peor pesadilla (teniendo que sufrir los toqueteos impudorosos de Walter Matthau, o al menos eso se rumoreó). La comedia romántica amarga no se le dio bien en "Adictos al amor", película que preludió su vano intento por relanzar su tocada carrera en "Tienes un e-mail", olvidable remake de "El bazar de las sorpresas".

Pero la más especial de todas ellas fue "French Kiss". Y no porque sea una película redonda, cosa que es. Sino por la sensación de congoja que me ha provocado el volver a verla una vez más.

Y es que, la noche en que la vi por primera vez, al volver a casa, me encontré con mis padres, mi hermano mayor y mi hermana pequeña cenándo a la luz de las velas (una avería dejó a oscuras mi barrio durante toda una noche). Y fue allí, donde les relaté la historia de la chica abandonada por su novio que termina perdiéndo el miedo a vivir al tiempo que descubre el placer de hacerlo. Lo hice paso a paso, casi fotograma a fotograma, contagiándoles ese entusiasmo post-sesión, esa especie de subidón que te provocan algunas, sólo algunas películas.

Esta noche volvió a ocurrir. Sólo que esta vez la congoja de la que les hablaba mantuvo su cerco en mi cuello durante dos mágicas horas.

Ah, y el Sevilla ganó cuatro a cero… Y a quién coño le importa.         

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