Dice la leyenda (y Jules Verne) que si dos personas ven juntas el rayo verde, quedarán automaticamente enamoradas la una de la otra. Otros dicen que es la sabiduría lo que descubrirán. No lo sé, no me preocupa. Yo jamás lo veré (físicamente al menos)…

Es “El rayo verde” una de mis películas favoritas de Rohmer. Ese tipo que provoca odios virulentos o amores incondicionales sin término medio.

Sinceramente, me dan igual las polémicas estúpidas. He visto casi todas las películas de Rohmer y sigo sin ver en él a ese “retratista de la realidad sociocultural francesa” que ven algunos, ni por supuesto al tipo coñazo que ven otros (recuerden aquella frase de “La noche se mueve”: “Ver una película de Rohmer es como ver crecer una planta”). Lo único que veo en él son historias de gente que me es cercana, nada más. O como diría Ford “¿Te gusta lo que estás viendo?… entonces ya está”. En otros palabros, cuando vean una película, procuren que sea el corazón o las tripas las que les lleven. Todo esto puede que sea un arte, o un negocio, o un pasatiempo sin más, pero ante todo es sentimiento.

La melancolía de Delphine tiene explicación, y el hecho de que su novio la haya dejado tirada algún tiempo antes del verano no es una de ellas. No es más que una excusa que utiliza para encubrir la tristeza que le produce el no haber encontrado el amor, tal y como ella lo entiende, teniendo la treintena tan cercana. Es el gran problema de los sentimentales, buscan lo que probablemente no existe. Y ella lo sabe, por eso se deja llevar por esa confortable saudade que hace que las cosas tengan para quien la sufre colores y sensaciones que los demás no pueden ver ni sentir.

Los esfuerzos de su familia y amigos por mantenerla en el camino fracasarán. No es que se aburra pasando el verano con su hermano, su cuñada y sus sobrinos, no, no es eso, es la sensación de tiempo malgastado lo que le hará aventurarse a unas solitarias vacaciones en Biarritz. Le seguirán paseos por la playa, tardes solitarias en terrazas y una inesperada amistad con una turista sueca en busca de diversión, que le llevará a bobos tonteos con lugareños que no durarán, pues no es sexo fácil y rápido con gañanes locales lo que ella necesita. Volverán entonces las caminatas solitarias por el paseo marítimo. Volverán las noches de ventanas abiertas de par en par en la calurosa habitación del hotel. Volverán las lágrimas también, pero esta vez estará tan sola que nadie podrá consolarla con un adecuado “no te preocupes. Todo pasará, todo llegará”... Tal vez por eso, Delphine ha decidido que se marchará días antes de lo previsto. Cogerá el tren de la tarde a París.

Y a veces las cosas son tan extrañas que te hacen dudar sobre la supuesta aleatoriedad del azar.

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