Hace dos semanas pude volver a visionar la segunda parte del macrodocumental “Shoa”, realizado por el director francés Claude Lanzmann.

Lo vi por primera vez hace unos trece o catorce años. Recordaba con poca nitidez las casi diez horas de metraje divido en tres partes que componen esta especie de nota mental hilvanada únicamente con los testimonios de supervivientes del Holocausto, prescindiendo de cualquier material documental que no sea la propia memoria de las víctimas.

Una escena en concreto me hizo temblar de emoción en su día (no se sorprendan, ya saben que sufro de lágrima fácil), así que intenté revisionarla para comprobar el grado de envilecimiento al que he sido sometido en estos últimos años. Pero para mi sorpresa (o desgracia), parece ser que continuo sin aprender a contener lágrimas, temblores y emociones. Todo ello después de que por la mañana leyese en un periodico la condena de 1 a 3 años de prisión dictada por un “juez” ruso a tres adolescentes de entre 16 y 19 años acusados del asesinato de una niña tayika de 9 años a quien mataron asestándole 7 puñaladas. Añade la noticia que el comportamiento de éstos fue deplorable durante el juicio. Insultaron a los familiares de la niña, lanzaron proclamas racistas y se burlaron del relato de los supervivientes del ataque, el padre y el primo de la niña. Al termino de las sesiones, el “juez” les condenó a tan “dura” pena considerando su acción como un acto de “gamberrismo”.

25 personas han muerto victimas de atentados racistas en lo que va de año en Rusia. La mayoría de ellos africanos, subsaharianos y chinos.

La escena de la memorable “Vencedores o Vencidos” en la que un avergozando juez nazi se levanta enfurecido de su asiento, tras escuchar las mentiras con las que su abogado defensor intenta exculparle de toda culpa, mientras grita “¿es que vamos a empezar otra vez?”, me vino a la cabeza al leerlo… Pero permítanme que les relate la escena de las que les hablé antes.

La transcripción está en parte basada en mi memoria, disculpen la más que probables erratas…

La entrevista se desarrolla en el interior de la peluquería en la que trabaja Eli, peluquero profesional utilizado por los nazis para “recolectar cabello” en Auschwitz. Éste, contesta las preguntas mientras realiza un corte de pelo a un cliente. Lo hace con extrema frialdad, sin que denote emoción alguna ante el recuerdo de las atrocidades que relata.

El fragmento que sigue es el final de la entrevista.

Entrevistador: ¿Qué sentía al tener que cortar el pelo a gente que moriría sólo unos minutos más tarde?

Eli: Nada.

Entrevistador: ¿Nada?…. ¿Ni siquiera compasión?

Eli: Entienda que en aquellas circunstancias una persona terminaba deshumanizada.

Entrevistador: ¿Cortó el pelo a alguien conocido? ¿Algún amigo o familiar, tal vez?

Eli: Sí. Conocía a muchas de las personas que murieron allí.

Entrevistador: ¿Qué le decían?

Eli: Se abalanzaban sobre mí, me abrazaban. Querían saber qué sería de ellos, aunque muchos lo sospechaban.

Entrevistador: ¿Hubo alguien de su familia entre ellos? ¿Algún amigo intimo?

Eli: En una ocasión… (los labios le tiemblan. La voz se le entrecorta por primera vez). Mi hermano, su esposa e hijo.

Entrevistador: ¿Qué ocurrió?

Eli se gira sobre si mismo y deja de hablar. Intenta refugiarse en una esquina ante la mirada incesante de la cámara que le persigue.

Entrevistador: Por favor Eli, debe contarlo…

Eli: No puedo, es demasiado doloroso.

Finalmente Eli rompe a llorar discretamente mientras intenta acabar el corte de pelo que ha estado realizando todo este tiempo.

Entrevistador: Eli, debe hacerlo…

Eli: Se lo ruego, acabe con esto…

Entrevistador: Es necesario que la gente sepa lo que ocurrió

Eli: Y de qué servirá…

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