Pasen y vean…

Vean las últimas dos semanas en la vida de nadie. Porque Samuel Bicke no fue nadie.

No verán su caída a los infiernos, él ya estaba allí. Tendrán que conformarse con la degradación final. Con ver un mundo que no acepta devoluciones de mercancías defectuosas… Y Sam Bicke lo es. Demasiado honrado en un mundo de fulleros. Demasiada poca cintura en una sociedad acostumbrada a humillar a todo aquel que muestra debilidad.  

La similitud de Sam Bicke con el Travis Bickle de "Taxi Driver" es escalofriante. Aderecen la formula con unas gotas del alterado D-Fence de "Un día de furia" y tendrán los mecanismos emocionales que guiaron a tan triste personaje en su viaje a la demencia.

El hombre ridículo que se hunde sin remedio, sin que a nadie le importe. El tipo que es incapaz siquiera de hacer fotos de unos hijos que prefieren ignorar su patetica presencia. El tipo del que todos harían burla sin no fuese tan anodino, si supiesen que está en la sala. El perdedor pisoteado que tratará de sumar épica final a su vida, provocando un dolor absurdo que no estaba destinado a crear.

Sean Penn carga a sus espaldas con la difícil recreación de un tipo con demasiados vaivenes emocionales como para estar bien en cada uno de los planos de la película… Y es que Penn aparece en prácticamente cada fotograma de la cinta… pecando por exceso (vergonzante en un par de ocasiones), lo que no quita mérito a su notable esfuerzo.

Juzgen ustedes la peli. Unos la odian, otros la han ignorado, unos pocos la adoran. Pueden agregarme al último grupo, por muchas razones, y una de ellas sería la última escena… una de las más duras, tristes, terribles que he visto jamás.

Y es que la vida sigue Sam, no se detiene. Y a nadie le importa que estés aquí o no…

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