"¿Nunca hubo nadie?"

"No. Pero una vez, durante unas vacaciones, entré en una vieja capilla. Poco después, entró una chica. Era muy bonita. Se quito el pañuelo que anudaba su cuello y al hacer ese gesto, el sol se reflejó en su pelo por un segundo. Después se fue. Imagino que enamorarse debe ser algo así." 

Hicieron falta que transcurriesen más de cuarenta años para que Graham Holt se atrevise a atravesar la puerta de la estafeta de correos de un pequeño pueblo escocés con la cabeza alzada.

Él, que siempre pensó que no era bueno para nada y especialmente para nadie. El tipo que cada sábado gastaba sus tardes en acicalarse y vestirse del modo más elegante que podía admitirse en aquella parte del norte del país, tan acostumbrada a la sobriedad, para después, despedirse de sus ancianos padres en busca de quemar otra noche sentando frente a un volante, justo a unos pocos metros del lugar en el que el resto de jóvenes del pueblo se divertían y fraguaban unos lazos que Graham, ahora sabía, nunca tendría.

Él, sí… Él ha decidido ser padre. Asumido ya que no será de modo biológico, su única alternativa es la adopción. Pero incluso para eso Graham es un paria.

No será un bebe, ellos quedan reservados para matrimonios jóvenes. Tendrá que educar a un problematico niño de diez años, hijo de un yonki, que no ha pisado hogar en el que haya estado más de dos semanas.

Entonces comenzará todo… Fugas, violencia (del niño hacia él, of course), reproches, extrañas visitas inesperadas, desprecio, compromiso… y finalmente, comprensión. Comprensión del más viejo de los mecanismos, del más dificíl de entender… Comprenderá que el amor no se lee, ni se cuenta, ni se ve… El amor se siente, se vive… Y para su sorpresa, vivir no resultó ser tan difícil después de todo.

 

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