Algunos años atrás, mientras estudiaba en una universidad de cuyo nombre no me apetece acordarme, otro tipo y yo dedicamos muchas horas a un trabajo que terminó por absorverme.

Se trataba de una estudio sobre la postguerra en Alemania tras la gran tragedia que supuso la II guerra mundial…

Entre los datos que recopilamos, encontramos algunos estremecedores… Entre dos y cuatro millones de mujeres alemanas fueron violadas por soldados y personal aliado. Alrededor de 300.000 desaparecieron. El número de hombres muertos en juicios sumarisimos (ilegales, vamos) es indeterminado, se sospecha que supera el medio millón de muertos. Todo ese daño, inflingido por los buenos de esta historia. Los hombres que liberaron al mundo del yugo nazi.

Cuando comenté esto con otros compañeros de facultad, me sorprendió su indiferencia ante la masacre. Aún recuerdo algunos de aquellos comentarios tipo “Venganza o justicia”.

El compañero que antes les citaba, es ahora amigo. Él, junto a otro amigo y yo, aprovechamos el penultimo finde de libertad no deseada, para ver “Hard Candy”.

Y casi no la pillamos. Un sólo pase, y en la ciudad marrón nada menos. Siete personas en la sala, que a los cinco minutos fueron cinco tras la deserción de una despistada pareja. Y una historia tremebunda con dilema moral incluido.

Hay crímenes que no pueden ser perdonados. No hay tiempo ni dinero que reemplacen una vida.

No pueden ser perdonados, sí, pero ¿se debe o no de hacer?.

La mejor manera de no ensuciarse la manos resolviendo un problema es provocar que éste se solucione a sí mismo. Pero, ¿es Hayley una heroína o una criminal equiparable al degenerado al que elimina?

Supongo que la implicación emocional es lo único que te separa del otro lado de la línea.

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