Tras la puerta de frigorifico, tres botellas de leche y una docena de huevos… Treinta y dos años y una vida sin vivir…

Maggie nunca se queja. Ni siquiera cuando los camioneros le meten mano en el restaurante en el que trabaja de camarera.

 

Hay un lugar en el que un perdedor al que todos llaman “Peligro”, reta a campeones de boxeo ya retirados… sin que nadie se atreva a quebrar su sueño con ganchos de realidad….

Allí, entre botellas de lejía y escobas, duerme un viejo sin más futuro que tumbarse cada noche en su catre para ver combates en su microtelevisión.

Es allí donde cierra sus días Frankie… Donde Maggie acude a diario, cargando su puching ball comprado con propinas que guarda en botellas, como los niños guardan sus sueños en huchas con forma de cerdo.

Frankie ya es demasiado viejo. Demasiado viejo para superar traiciones e indiferencias. Ya está cansado de escribir cartas a una hija que no quiere saber de él. Sobrevive con el piloto automático activado… Está tan cansado que no es capaz de ver en Maggie más que a una loca que quiere que la maten en un ring.

Pero Maggie quiere ganar dinero suficiente para comprar casas a una madre que no la merece como hija. Quiere tener una razón para vivir. Quiere estar cerca de Frank… y poder llegar a importarle a alguien.

Y aunque ella ya no esté. Y las cintas de sus combates se llenen de polvo en desvanes. Aunque su puching ball se cubra de telarañas bajo su cama. Aunque “Peligro” haya encontrado otro lugar en el que continuar viviendo su mentira… Siempre quedará la imagen del viejo entrenador y la camarera que consiguió alcanzar su sueño… y no pudo vivirlo, golpeando hasta la madrugada un saco de piel comprado con monedas de 50 centavos.

Alex  Sábado, 31 Diciembre 2005 17:17  

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