Carla: “¿Es alemán este coche?”

Max: “No. Es sueco.”

Carla: “Pero. ¿Es seguro?”

Max: “Sí, lo es. Pero su techo y sus puertas reforzadas no impedirá que nos aplasten.”

Carla: “Eso es psicología inversa…”

Max: “No. Es la pura verdad”

Carla: “Me dijiste que contigo estaría segura”

Max: “Lo estás. Lo estamos. Estamos seguros porque ya hemos muerto…”

Hacía trece años que no veía “Fearless”… Trece años ya…

Una lluviosa tarde-noche de mayo del 93, la vi por primera vez en uno de esos cines de barrio que ya son historia.

Al salir, ya noche cerrada y tremendamente impactado por esos portentosos ocho minutos finales en los que se recrea el accidente de avión con la fabulosa banda sonora que Maurice Jarre de fondo, me encontré con mi hermano mayor esperándome con el brazo escayolado y una cara de espanto que ya quisieran los actores que trataban de transmitir tensión en esa escena final.

Al parecer, mientras yo veía a Jeff Bridges y Rosie Perez tratando de superar su angustia, mi hermano sufrió un grave accidente que pudo ser mucho peor.

El trayecto a casa, apenas diez minutos, se hizo eterno mientras me contaba con todo lujo de detalles la peripecia del accidente. Él necesitaba hablar y yo, muy impactado, como dije antes, fui el oyente ideal que él necesitaba.

Y mitifiqué la película. Tengo esa mala costumbre. De hecho, me pasé los dos días siguientes (aparte de aliviado por lo que pudo pasar y no ocurrió) como un guerrero ninja, observando mi entorno a cámara lenta…

Hoy, trece años más tarde, esos ocho minutos finales mantienen su poder… que no el resto de la cinta. Weir, que es un maestro en manejar los tiempos muertos, es incapaz de hacerlo en esta ocasión. Se pierde en nimiedades y se excede en gestos puntuales.

Supongo que inconscientemente dilaté su visionado porque me temía que esto ocurriese. 

¿Otro mito que se desmorona?… No. Para nada… Simplemente me limitaré a recordar aquella tarde-noche de mayo en la que una docena de personas abandonó un cine de barrio al tiempo que un tipo con un brazo en cabestrillo apoyado en la pared de enfrente parecía esperar a alguien con gesto asustado.

Ah… Y Peter Weir, incluidos sus patinazos, es un genio. No lo olviden. 

 

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