Por fin es viernes… gracias a Dios.

Contando los días que faltan para desaparecer durante un par de meses, me he dado cuenta de tres de cosas…

Uno… Que como Mel Gibson, seré por siempre jóven. Esperanzador descubrimiento que me fue desvelado por una amable empleada de Iberia a la que soporté/me soportó durante 40 interminables minutos.

Dos… Que mis días no contienen 24 horas, sino 42.

Y tres… Que mis compañeros de trabajo, de los que estoy algo desconectado desde que sólo debo aguantarles media jornada, no son humanos. A juzgar por su hábitos alimenticios, apareamientos a deshora (si es que hay deshora para el sexo) y extraños comportamientos que me dan que pensar en que están tramando algo nada bueno.

Y no, no pienso razonar semejantes gilipolleces porque…

Uno… Carecen de sentido alguno.

Dos… Dudo que nadie pudiera encontrar explicaciones razonables.

Y tres… Comienzo a pensar que mi insomnio está provocándome alucinaciones.

Y ya que hablo de alucinaciones… No sé si han visto la película que les presento arriba… Si no lo han hecho, les recomiendo que no lo hagan sin algún estímulo químico de por médio (que no tiene por qué ser ilegal). Si no, les será difícil encontrar el punto a tan glorioso disparate, que intentaré resumir como sigue…

Jeff Goldblum es el propietario de una discoteca de moda en plena década de los setenta. Por supuesto la tiene para ligar (qué sentido tendría si no). En ella se mezclarán historias que varían desde lo delirante hasta lo directamente marciano…

…como la del chulito bailongo cuyos apretados pantalones impiden que la sangre alcance su cerebro. Las dos amigas aún menores que consiguen colarse tras muchos esfuerzos para acabar la noche como tal como la empezaron. Los Commodores con Lionel Ritchie y su corona de pelo afro al frente, tirados en la carretera y sin medios para llegar a tiempo a tocar. Y Donna Summer en plan reina por un día, asumiendo su papel de segundona trepa al quitarles su pan a los chicos de Ritchie.

No digo más… Sólo certificar uno de los mejores títulos con que una película haya sido bautizada jamás…

Y es que ya era hora… Al fin es viernes.

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