“Siempre me he sentido como la chica a la que nadie ve en el fragor de la fiesta. Soy la chica del rincón que observa en silencio como los demás se divierten”

…Y este sería un buen lema para todos aquellos que no entienden el porqué nadie les entiende.

C.S. Lewis dijo en una ocasión: “Leemos para saber que no estamos solos” (Sí vale, esto no tiene nada que ver con Sylvia, pero cobrará sentido al final del posteo).

Sylvia Plath se proclamó poetisa y todo el mundo parece estar de acuerdo. He leído sus poemas, me gustan…

Pero al leer “La campana de cristal” sentí la misma angustia que ella debió sufrir al escribirlo. La misma angustia que debió sentir cuando se ocultaba en su cuarto durante días completos, cuando compraba billetes de autobús sin conocer su destino, cuando decidió que el sexo no tenía porqué ser sinónimo de amor, cuando metió la cabeza en el horno después de haber limpiado la casa, preparado la cena y acostado a sus hijos.


 

Victima del amor loco más extremo, se dejó avasallar por su marido, Ted Hughes, poeta como ella, afamado entonces, olvidado hoy.

Fue un amor a dos velocidades, mientras ella confesaba que al conocerle “Me temblaban las piernas y la voz”, él poco menos que se burlaba de ella indiscretamente ante sus amigos dudando de su capacidad mental.  

Cuando ella se entregaba hasta el punto de negar su propio talento en público mientras en sus diarios escribía “El no ser perfecta, me hiere”. Él la rechazaba por considerarla absorbente y emocionalmente inestable.

Nunca sabremos qué fue lo que le hizo rendirse. Su marido quemó los diarios que relataban su caída al abismo, sus últimos meses de vida. Y que más da lo que fuese… se fue.  Lo hizo sin llegar a saber que un tipo, de otro tiempo y en otro lugar, que la leyó salteada entre salas de espera, vagones de metro y duros bancos de parque, siente con frecuencia el mismo vértigo que sintió ella… Se fue sin llegar a saber que logró esquivar su mayor temor… que nunca estuvo sola.

Alex  Miércoles, 3 Agosto 2005 21:24  

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