No soporto a aquellos que se autocalifican como buena gente. Menos aún a aquellos que poseidos por algún síndrome mesianico creen que están aquí para iluminar vidas ajenas.

La fama produce más monstruos que cualquier guerra. Las muestras de ello son infinitas. Recuerdo aquella frase de Keith Richards con la que definió el ego de Mick Jagger; “Su problema es que piensa que sus fans adoran la mierda que sale de su culo”. Por no hablar de famoso delirio de Lennon a propósito del tamaño de la fama de los Beatles en relación con la de Jesucristo.

Los santos en vida son aún peores si cabe. Dispuestos a entregar su vida por una noble causa siempre que una villa suiza les sirva para recuperarse de tan noble empeño. No me hagan recordar a Angelina Jolie, esa embajadora de los pobres que hace nacer a su hija en Namibia en nombre de una pueril “señal de amistad hacia el pueblo africano”, (me pregunto en qué coño beneficiará ese “gesto” al pueblo africano) mientras no tiene reparo en usar un chupete de oro y diamantes regalado por una multinacional a su recién nacida hija.

¿Imaginan que ocurriría si se mezclara uno de esos santurrones de galería con una estrella de rock de hinchado ego?… Pues no será necesario que agoten sus neuronas tratándo de imaginarlo… Ya existe, se llama Bob Geldof.

Este repelente tipo que lleva un cuarto de siglo viviendo de su primer y único éxito musical (I don’t like mondays), se convirtió en estrella mediatica gracias a los macroconciertos Band Aid que lleva organizando desde los años ochenta con el fin de erradicar el hambre del mundo.

Del éxito de su iniciativa habla este dato… A día de hoy, la diferencia económica entre países ricos y pobres es la mayor que ha conocido la historia.

Otra cosa es el hombre. Nombrado caballero del imperio britanico (¿alguien más aprecia la colonial ironía?), su triste carrera músical se mantiene a flote gracias a sus labores humanitarias, ya que a nadie le importan una mierda sus penosas composiciones.

Para ilustrar el caracter de esta buena persona, mejor les resumiré el reportaje que le dedicó el diario “El Mundo” hace pocas semanas.

Al parecer, los chicos listos de la prensa consiguieron infiltrar a una de los suyos entre el staff puesto en pie para asistirle durante un reciente concierto ofrecido en Málaga.

Los requisitos exigidos por el santo para satisfacerle incluian: Un coche de lujo de gama superior para realizar sus despazamientos, billetes de primera clase en British Airways, alojamiento en suite real de un hotel de cinco estrellas con playa privada o campo de golf, camerino bien surtido de Moët & Chandon Brut Nature Imperial, bourbon Jack Daniels, Whisky escocés de 12 años, los mejores vinos tinto y blanco, agua Evian y Perrier a discreción, fruta fresca y caviar Beluga a kilos.

Por supuesto sin descuidar los caprichos de toda estrella de rock que se precie, como el de no llegar más de media hora antes de dar el concierto, no probar sonido, o cambiar los horarios, reservas y programas en función de los partidos del mundial de fútbol.

De su concierto malagueño mejor no hablar. Unas 350 personas (ni la mitad del aforo), la mayoría irlandeses haciendo patria banderas en mano, soportaron el tostón en gran medida gracias al alto grado etílico imperante en el ambiente. Una historia que se repite, no hace mucho se vio obligado a suspender un concierto en Milán tras haber vendido únicamente 50 entradas.

No citaré el capítulo dedicado a su afición por las meretrices locales, ni intentaré averiguar porqué alojó a sus músicos en otro hotel (de peor calidad, por supuesto), tampoco me recrearé en los sangrantes comentarios que le dedicó al establecimiento que le dio cobijo. Me limitaré a reproducir fielmente un par de las joyas verbales que la plumillas infiltrada consiguió robarle distraidamente aprovechando tiempos muertos…

“Bob, ¿conoces África a fondo?, ¿sueles pasar temporadas allí?”

“Sí, no está mal ir a África, porque son 11 horas de vuelo, duermes y te despiertas a la misma hora que aquí. Nada de jet lag”

– “Pero cuando vas, ¿qué sueles hacer?, ¿te implicas con la gente?”

– “No, no, voy sólo por negocios. Acabo de estar en Johannesburgo y Ciudad del Cabo. Negocios, ya sabes”

– “¿Aún crees en los políticos?”

– “Yo no creo en los políticos (- nota – no hace mucho se afilió al partido tory), pero sólo ellos pueden cambiar el mundo. Y ese es mi trabajo; es a ellos a quienes tengo que convencer y no a ti, que tú nada puedes hacer por cambiar las cosas”

Imagino la ilusión que harán estas declaraciones a los miles sino millones de personas que han colaborado con su dinero y esfuerzo para sacar adelante sus “obras beneficas”.

Como colofón baste un dato más… La organización del festival le propuso hacer pública la donación de parte de su caché (60.000 euros) a varias ONGs operativas en África, un bonito gesto para todo filántropo que se precie…

¿Qué creen que contestó ante semejante oferta?…

Piensen mal…

 

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