Tengo un conocido más que amigo, a quien no veo hace años, con quien compartí grandes momentos de mi época de estudiante.

Somos muy diferentes. Él prefiere a Kurosawa mientras yo disfruto más con Mizoguchi. Billy Wilder es Dios para él, yo pienso que Richard Quine y Frank Tashlin merecen ocupar un lugar mejor que bajo su sombra. Walsh es su intocable, el mío es Ford… Somos distintos, afortunadamente.

Compartimos sin embargo un pensamiento. La pobre formación del cinéfilo (no sólo a nivel local sino mundial) en lo que se refiere a cultura media cinematográfica.

Contó en una ocasión Fernándo Trueba que tras una cena a la que fue invitado por un famoso actor de Hollywood a la que acudió entre otros Gena Davis, la conversación derivó hacia el cine clásico. Él habló de “Perdición” el clásico de Wilder que inspiró la notable “Fuego en el cuerpo” lo que generó el estupor de los presentes por desconocer no sólo el dato, sino incluso que Wilder hubiese dirigido aquella película.

Y es el cine de clase media el que te da perspectiva. De poco sirve ver los clásicos indispensables marcados por las enciclopedias si no sabes de los escalones intermedios y bajos que tejen la red sobre la que se sustentan.

Guillermo Cabrera Infante marcó mi modo de pensar cuando le escuché decir que… “Toda película o novela, por infame que sea, guarda al menos un momento digno de ser recordado”…

Él defendía la teoría de que el cine es un todo y no sólo una veintena de recurrentes y endogámicos nombres que citar.

Así pues, si alguna vez se cruzan con películas firmadas por H. C. Potter, John Cronwell, Henry Hathaway o Richard Thorpe, dénles una oportunidad… Estos tipos nunca encabezarán una lista de los mejores directores de la historia, pero sin ellos el abismo sería aún más grande de lo que es. Y qué coño… me lo he pasado de miedo viendo algunas de sus películas.

Y fin…

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