Antes, mucho antes de que Billy Wilder firmara la mejor descripción acerca de la soledad (urbana o no) jamás filmada, esculpida, pintada, cantada o escrita en su “El Apartamento”. Antes de que a la Deneuve se le pudriera el alma, las paredes y la cena en “Repulsión”, un oscuro cineasta húngaro recién llegado a los States llamado Paul Fejos, se atrevió a abordar tan complejo tema en una época en la que la masa demandaba únicamente comedias (slapstick preferiblemente) y lacrimógenos folletones…

El resultado se tituló “Soledad” (Lonesome)…

Filmada poco antes del crack del 29, Fejos retrató con sutil tristeza la historia cruzada de un hombre y una mujer sin más aspiración que la de cerrar otro día en pie sin ser devorados por la bestia de cemento…

En poco más de una hora conoceremos la historia de John, un número de la seguridad social más que malgasta sus días entre madrugones y un empleo precario sin más motivación que la cerveza que compartirá con sus compañeros de trabajo al sonar la sirena de la fábrica que pone fin a una día más…

 

Conoceremos también a Mary, que fue soñadora e idealista el tiempo justo que tardaron en llegar las facturas a su buzón. Ahora engaña a su cansado cuerpo con sueños que la situan en el corazón de otro, de ese alguien que ni siquiera cree que exista. Cualquier cosa que sirva para distraer las horas que su empleo como operadora telefónica le roba a diario.

 

Cada mañana se despiertan, se visten y toman el desayuno en el mismo lugar antes de encaminarse a sus empleos en la misma gigantesca fábrica. Sin embargo no tienen noticia el uno del otro. Son dos piezas más del engranaje, de esa masa prescindible que proclamó Nietzsche.

A la salida del trabajo de un 3 de julio, ambos rechazarán sendas invitaciones de amigos para celebrar el día de la independencia en compañía de otros. Están demasiado hastiados… Sin embargo la música de las calles y el contagioso ambiente festivo les hará cambiar de opinión y tomar el autobús en el que se encontrarán…

Pasarán el resto del día juntos… Se conocerán atropelladamente y se enamorarán con la inocencia y pasión del que necesita más que desea. Cubrirán vacios en sólo unas horas generando esa necesidad en el otro que llevaría meses a otras circunstancias.

Pero el destino es así de cabrón. Le unió y les separará durante el tumulto causado por el incendio de una de las atracciones de Conney Island. Pasarán horas buscándose mutuamente en vano antes de resignarse a no volver a saber el uno del otro…

En el memorable plano final, les veremos devastados por la tristeza, recostándose en las paredes de su apartamento. Completamente deshechos ante la idea de no reencontrarse jamás… Y es en ese momento cuando nos damos cuenta de que además de compartir lugar de trabajo y almuerzo, comparten pared. Son vecinos y ni siquiera lo saben. De hecho el final que soñó Fejos insinua que no sabrán de otro nunca más…

Pero el mítico productor Carl Laemmle no estuvo de acuerdo y se las ingenió para hacer feliz al público (y degraciado a su director) maquinando un ingenioso happy end que no les pienso contar… Personalmente, prefiero el final de Fejos, siempre me gustaron los finales desencantados.

¿Se dan cuenta de lo positivo que resulta el emitir pornografía rosa (contra la otra no tengo nada) las noches de los viernes?… Me obligaron a rebuscar en mi colección hasta topar con esta maravilla nacida a rebufo de “Y el mundo marcha”, esa obra capital de King Vidor.

Si tienen la rara oportunidad de disfrutarla, despojense de prejuicios y déjense llevar por la prodigiosa caligrafía visual del tipo húngaro. Además es muda (aunque según creo, circula una versión parcialmente sonora por ahí), así no deberán soportar diálogos forzados ni frases estridentes.

Disculpen la pésima calidad de las fotos que acompañan el posteo. El zoom óptico de mi cámara se jubiló unilateralmente hace tiempo y no dispongo de escáner ni modo alguno de transferir imagenes de video a mi PC. 

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