Tengo una deuda pendiente con Marc Jardí que pienso pagar antes del próximo lunes, día en que volveré a suspender emisiones. Mientras trato de recomponer la serenidad (cosa nada fácil, no saben ustedes el verano que llevo), espero que disfrute de este sentido y torpe homenaje que le dediqué en mi viejo blog al maestro Ford, a quien ambos admiramos con nada disimulada pasión.

El anciano militar coge la mano de su esposa al tiempo que hablan de sus cosas. Ella no se encuentra bien, el dolor lleva oprimiendo su pecho todo el día por lo que su marido soporta su peso al acompañarla camino de la mecedora del hall. Él ha pensado que tal vez el aire del crepúsculo le siente bien.

Tras ayudarla a sentarse, se presta a llevarle un chal que resguarde sus hombros de la brisa nocturna que comienza a soplar. Él no lo ha visto pero la mano de su mujer se balancea inerte mientras sigue rebuscando en el armario.

Al volverse, el viejo militar se da cuenta de que su mujer no ha respondido a ninguna de sus palabras. Se da cuenta de que su brazo yace desplomado como si de una muñeca de trapo se tratase.

Entonces lentamente se dirige hacia la puerta y tras observar dulcemente a la que ha sido su mujer durante cuarenta años, le coloca delicadamente el chal, para sentarse después a su lado, desde donde pueda contemplar el que será último anochecer que compartirá con ella.

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