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“Si podemos darnos de ostias, ¿por qué estamos discutiendo?”

Con seguridad conocen esta historia, lleva casi un mes revoloteándo por la Burrosfera, esta vez, más burra que nunca.

Para comprenderla necesitarán saber lo muy odiado que es el director (es un decir) Uwe Boll por los aficionados al fantástico, para lo cual les bastará con ver alguna de sus “películas”.

Lo cierto es que harto de leer y escuchar las perlas que le llueven por todas partes, no hace mucho tiempo decidió retar a un combate de boxeo a todo aquel que no supiese valorar las bondades de su cine.

Por supuesto le llovieron las ofertas, que el mundo está lleno de descerebrados dispuestos a cualquier cosa con tal de llamar la atención… Y cómo no, entre ellos figuraban varios bloggers españoles.

Teniendo en cuenta que Boll practica el boxeo desde que era un adolescente, sumado a la triste forma física que, como era de esperar, presentaron sus oponentes, el resultado de la experiencia fue desolador.

Compruébenlo ustedes mismos…

Y aunque da la impresión de que el tal Lowtax se habría derrotado solo sin necesidad de que Boll apareciese por allí, lo cierto es que la misma degradante paliza fue recibida por rivales aparentemente más consistentes.

Pero la historia que más les “interesará”, es la de Carlos Palencia, alias Oso, quien osó plantar cara al director alemán en un combate más o menos amañado en el que la consigna era no hacerse demasiada pupita mutuamente. Si desean saber más, pinchen aquí:

La verdad del combate entre Oso y Uwe Boll

Autentico manifiesto de patetismo a flor de piel del que no puedo dejar de citar este memorable fragmento:

“Los que se han reído alegremente de mi papada, deberían saber que el médico me ha dicho que es probable que tenga bocio (en próximas semanas me harán pruebas y lo confirmarán). En pocas palabras, que os habéis reído de un posible enfermo. Sentiros orgullosos.”

Dios, si Seth MacFarlane tuviese noticia de esto…

En fin… Tras resucitar el espíritu de Rocky Balboa en un impagable video-reto…

… el pseudocombate, que podría formar parte de cualquier episodio del show de Benny Hill sin desentonar, se celebró hace pocas fechas en algún lugar de Andalucía…

Pasen y vean…

Si pensaban que no había forma humana de caer más bajo que Mickey Rourke atizándose con borrachos de bar en un ring, ya habrán podido comprobar el grado de degradación alcanzado por el antaño noble deporte que reglamentara el marqués de Queensberry en el siglo XIX.

Sólo añadir que en la Antártida, Uwe Boll siempre será considerado el más grande director vivo… Al menos sobre un ring.

En mitad del desierto. Perseguidos y solos… Que la mujer del juez de paz sea la testigo y el anillo un aro de cobre de 75 centavos.

Que su chica les mire como lo hizo Cathy O’Donnell, esa chica de al lado de aspecto corriente a la que hay que mirar tres veces para encontrar atractiva… para después no poder apartar tus ojos de ella.

Que sea así, o sino que no sea…

Para Nicholas Ray, el mundo era un lugar inhóspito y sin esperanza. El románticismo desgarrado de sus películas sedujo para siempre a muchos de los que le dieron sentido a esto que algunos creen un negocio.

Truffaut, Godard, Rohmer y Rivette, la columna vertebral de Cahier du Cinéma, le aclamaron como pocos lo hicieron en su propio país. Después llegaron Jarmusch y Altman para saldar parte de la impagable deuda.

El reconocimiento nunca le importó. Vivió por y para el cine, hasta el punto de morir dentro de una película, “Un relámpago sobre el agua”, en la que Wim Wenders, amigo personal, grabó su agonía en un ejercicio de triste voyeurismo que duele ver.

Su obra es triste y vigorosa. Romántica y violenta. Su punto álgido, “Los amantes de la noche”. Obra capital que años más tarde sería adaptada con poca fortuna por Robert Altman.

La historia de los fugitivos obligados a vivir de noche (de hecho, su título original es ese, “Los que viven de noche”), huyendo sin pausa de un destino que saben no podrán esquivar, alcaza su momento cumbre en la escena en que Farley Granger y Cathy O’Donnell sacan de la cama a un juez de paz para casarse.

La intensidad del momento conmueve, no se olvida. Emociona, como sigue emocionando cada minuto de la opera prima del genio tuerto, sesenta años después de haber sido filmada.

Afortunadamente hay cura conocida para casos como el contado más abajo.

Resulta que en 1966 también se cerraban fábricas y se negociaban reconversiones. 

También había matones y tímidos tipos embobados, enamorados de tontas chicas bonitas dueñas de poderosas auras que impedían a los otros ver más allá.

Los piquetes también intimidaban, sólo que resolvian sus problemas con el mando de un scalextric en lugar de barras de hierro.

Y parece que al igual que hoy, algunos se subían en los tejados al atardecer para contemplar la línea del cielo al son de canciones que prometían un mundo nuevo que nunca llegó, ni llegará.

El espíritu de la Ealing vivirá por siempre, eso es seguro. Aunque haya que irse a Australia para encontrarlo.

… Y que Sartre me perdone.

Por la razón que sea, por azar si quieren, ayer acabé cayendo en un entramado de blogs “liberales” (supongo que atribuyéndose la acepción decimonónica del término, no vayan a pensar los que les leen que hacen apología del generalito) en los que se habla de cine, economía, literatura y cómo no, ZP, su tema estelar.

Nunca hablo de política, me asquea. Ni siquiera con mis más intimos. Bastante duro resulta tener que escuchar los ladridos que se cruzan los profesionales de la nada que se hacen llamar políticos. 

Así pues, disculpen por este devarío impropio de este lugar. Será la primera y última vez.

No sé si conocen aquella vieja película protagonizada por William Powell y Ella Raines; “El senador fue indiscreto”. Cuenta la historia de un veterano político con aspiraciones presidenciales, que de la noche a la mañana se encuentra sin empleo. En una de las escenas, la bellísima Ella Raines le cuestiona, “No se preocupe senador, le encontraremos un trabajo. Dígame, ¿Qué sabe hacer?”. A lo que Powell contesta, “Nada. Soy político”.

Mi desprecio hacia políticos de cualquier índole es mínimo comparado con el asco que me producen sus acérrimos seguidores, capaces de hacer realidad aquello de ver la paja en ojo ajeno y no el trasatlántico en el propio.

Todo esto viene a cuenta del profundo asco que me produjo el leer las papanatadas vomitadas por algunos a propósito del estreno de “Alatriste”.

Disfruten… (las faltas de ortografía y/o errores de puntuación no me los puedo atribuir en esta ocasión).

“Berlin, gracias por tu generosa oferta, esta tarde mis hijos la han estado viendo en Madrid, una estudia Arte, el otro comienza Historía, ardo en deseos de que me la comenten. ( tu que sabes de informática y esas cosas, borrame lo de esos bocazas, que hablamos)
Amigo revert, si es hermosa y habla de cuando eramos temidos, todos estos vendedores de fruta que nos gobiernan, y dirigen informativamente nuestra opinión, lo normal es que les parezca mal, ¿te imaginas a Maragall, llorando como tu a moco perdido?…yo sí, pero de soñar que esos TERCIOS ENTRAN EN CATALUÑA”

No creo que sea necesario comentar este saco de idioteces.

“Vigi, tienes toda la razón, para los historiadores es una gran película y, para los de Arte, aún más. Sabes que no entiendo mucho de Arte, pero creo que la utilización de los marrones es excelente, fíjate cuando la veas y coméntame.”

Aquí elevamos la gilipollez al infinito con el manido argumento de ambientaciones, fotografía e interpretaciones. Y es que hay que ser gilipollas para pagar 6 euros por ver el vestuario o las “preciosas” localizaciones de una película.

Esperen, he guardado lo mejor para el final… Este es divertidísimo.

“Franco, por cierto, era un militar muy competente (fue el general más joven de Europa en su momento, y eso fue bastante antes de la guerra) y bastante culto e instruido, en contra de lo que toda la propaganda de izquierdas ha dicho después. De hecho, no era él solo, la verdad es que el estamento militar de alta graduación, antes y ahora, lo integra una élite más que bastante preparada, salvo raras excepciones, y solían dar muestras de mayor afán de superación y de mejora persnal y social que la mayoría de los obreros y proletarios de antes y de ahora, y eso es fácil de ver dándose una vuelta por ahí.
Los militares de entonces eran gente elitista que leía, que asistía a conciertos y que se mezclaba con la crème de la crème, y además casi todos procedían de buenas cunas que les habían proporcionado esmeradas educaciones (eso era común en toda Europa), lo que no ls impedía, como digo, conformarse sino que se esforzaban por seguir superándose. A lo mejor con los intelectuales de izquierda no se mezclaban mucho (en general), pero es que los intelectuales no sólo están en la izquierda, o, mejor dicho, casi nunca están en la izquierda, y les aburrían (siguiendo tus métodos podría decir yo que a lo mejor es que olían mal, no se lavaban, etc., pero esos no son argumentos).”

Luego hay quien se pregunta el porqué del constante declive de este país en último medio milenio.

Tendría 16 o 17 años cuando vi “Los Muertos” por primera vez. Fue en Telemadrid, en uno de esos programas en los que el visionado de la película desemboca en un estéril combate de egos en busca de la frase memorable que determine que yo tengo razón y el tipo del al lado se equivoca en todas sus sentencias.

Recuerdo que el programa era presentado por Pablo Lizcano, aquel periodista con deje tímido que durante un breve periodo de tiempo se dejó prostituir por la televisión. Pero el recuerdo que guardo con más frescura es el de un crítico invitado que aun reconociendo los valores de la película de Huston, menospreciaba su final porque el viejo irlandés de adopción había osado a utilizar una voz en off. Un recurso impropio del maestro, según él.

Tal vez es ahora cuando debería añadir al título de este posteo la coletilla de … cerebrales, categoría donde este encorsetado tipo no desentonaría en absoluto. De entre las muchas memeces que te enseñan en una escuela de cine, ésa, la de la adecuada utilización de la voz en off (usando la acepción adecuada como eufemismo de nunca debe hacerse) es una de las más ridículas.

Ya saben que Billy Wilder nunca recibió una clase de teoría cinematográfica. Gracias a Dios, de otro modo tal vez William Holden nos habría tenído que contar su peripecia mediante señales de humo, en “Sunset Boulevard”. Del mismo modo que Kevin Spacey tendría que habernos informado telepáticamente de su condición de muerto jodido pero contento en “American Beauty”.

Sí, ya sé. Estaban muertos, el recurso es necesario. Puede considerarse necesario en esos casos por los autoproclamados puristas de un arte que otros inventaron y unos pocos creen suyo. Además de que el atacar a clásicos nunca fue rentable, siempre fue más fácil desencajar la mandíbula del débil, del linchable.

Y en ese privilegiado lugar, campa a sus anchas Terrence Malick (per example), en cuyas dos últimas películas el recurso de expresar los pensamientos de los protagonista a través de voces en off, ocupa un lugar fundamental en su desarrollo. Estos guardianes del buen uso lingüístico (cinematográficamente hablando), se lo han pasado teta hundiendo sus puñales en vientre tan blando, contando con la inesperada adhesión de oleadas de gañanes incapaces de distinguir entre la última de Jackie Chan y una película dogma, pues sólo así se entiende que acabasen sentados frente a “El nuevo mundo” en lugar de disfrutar de una maravillosa lobomotización gratuita de la mano de “Kun-fu-sion” en la sala anexa, el día en el que yo vi la primera de ellas.

Y es que jode que interrumpan una poesía a medias, como me ocurrió a mí viendo la etérea historia de Pocahontas, al tener que soportar las continuas y vociferantes huidas de la sala de algunos especímenes prehumanos que decidieron demostrar sus frustración de tan gráfico modo.

A todos ellos; a críticos amargados poseedores del don de la infalibilidad. A irrespetuosos garrulos con el tacto sito en el bajo vientre. A puristas aficionados que siguen los dictados a pies juntillas de la vieja enciclopedia de cine heredada del abuelo. A todos aquellos que ignoran que desde “Carta a una desconocida” a “Sin City”, el recurso de la voz en off ha sido utilizado por la gran mayoría de los maestros, que cabe la posibilidad de que sepan de qué va esto. A todos ellos les dedico este maravilloso monólogo interior que escribió James Joyce y adaptó Tony Huston en ese último regalo que nos hizo uno de los más grandes… quien al parecer nunca se enteró de que hay determinadas cosas que no deben hacerse…

Nunca, y digo bien… Nunca, se ha expresado de modo tan desolador ni tan franco, la desazón, la decepción, la impotencia que produce el mirar a los ojos del otro y no conseguir ver tu reflejo…

Qué pobre papel he representado en tu vida. Casi podría decirse que no soy tu esposo, que nunca hemos vivido como marido y mujer. ¿Cómo eras entonces?. Para mí tu rostro sigue siendo hermoso, pero ya no es aquel rostro por el que Michael Furey retó a la muerte. ¿Por qué me invade este torrente de emociones? ¿Qué lo despertó? ¿El trayecto hasta aquí? ¿Que no respondiera cuando besé su mano? ¿La fiesta de mis tías? ¿Mi ridículo discurso? ¿El vino, el baile, la música?.

Pobre tía Julia, esa mirada extraviada cuando cantó “Ataviada para la boda”. Pronto será otra sombra como la de Patrick Morkan y su caballo. No tardaré en estar en aquel salón vestido de luto. La persianas estarán bajadas, rebuscaré en mi mente palabras de consuelo y solo se me ocurrirán frases vacías e inútiles. Sí, ya no tardará en pasar.

Los periódicos tenían razón, nieva en toda Irlanda. Cae por toda la sombría llanura central, en las colinas vacías de árboles. Cae suavemente en el pantano de Allen y más al oeste, cae silenciosa en las oscuras y agitadas aguas del Shannon.

Más vale entrar con valor en ese otro mundo con el arrebato de una pasión que consumirse y marchitarse con la edad. ¿Cuánto tiempo ocultaste en tu corazón el recuerdo de la mirada del amado cuando te dijo que ya no quería vivir?. Nunca he sentido algo así por una mujer, pero sé que ese sentimiento debe ser amor.

Piensa en todos los que fueron desde el principio de los tiempos. Y yo, tan pasajero como ellos apagándome en su mundo gris, como todo lo que me rodea. Ese sólido mundo que construyeron y en el que vivieron, se reduce y desaparece. La nieve cae, cae en el cementerio solitario donde está enterrado Michael Furey. Desciende ligera por el universo y ligera desciende, como el descenso hacia el último fin, sobre todos los vivos y todos los muertos.

Al igual que Oliver Stone, el muy respetado guionista y director, Paul Greengrass, es bien conocido por sus posiciones críticas hacia el gobierno estadounidense y por extensión hacia la narcotizada sociedad norteamericana.

Por ello, cuando se anunció la prepoducción de “United 93” y “World Trade Center” a manos de dos de los más beligerantes cineastas del cine actual, los sectores izquierdistas de cualquier lugar se relamieron de gusto imaginando que el compromiso político de ambos generarian obras contestatarias y polémicas.

No ha sido así. Para todos aquellos, Greengrass y Stone han protagonizado una antológica bajada de pantalones al filmar dos películas al tiempo muy diferentes en las que no se aprecia un sólo rechinar de dientes. Obras más o menos convencionales que toman partido por el drama humano, evitando cualquier referencia política.

Rodada en un tono semidocumental, utilizando actores poco conocidos, Greengrass sigue al pie de la letra la historia oficial sin saltarse puntos ni comas. Humaniza a los terroristas árabes, dándoles voz y cuerpo, haciéndoles temblar de miedo ante el terrible acto que están a punto de cometer. Retrata el perfil de los pasajeros de un modo amable, cercano a la realidad cotidiana, en la que nunca falta un buenos días para tu compañero de asiento, ni la sonrisa de una azafata que se afana en colocarte un almahadon a tu gusto.

Sabemos lo que va a ocurrir. En ese punto, la cotidianeidad que les citaba se convierte en terrible. Cada confidencia intercambiada entre las azafatas será la última, cada paso del tipo de Cincinnati que vende material de oficina es el último y lo sabemos, pero él no, lo que poco a poco inunda de agria desazón al espectador, pues el director sabe narrar la historia sin estridencias ni estúpidos sentimentalismos, usando la contención para acentuar un drama del que ni ellos, ni los que presenciamos su inmolación, podremos escapar.

La frenética sensación alcazará su climax final de modo tan intenso como el resto de la cinta transcurrida hasta ese momento. La narración de la rebelión de los pasajeros resulta tan brillante como la exposición de la emoción, la rabia y la frustación de la última llamada por teléfono, del último plan por sobrevivir a sabiendas de que no saldrá bien, de la última mirada a un rostro extraño que se convertirá en improvisado compañero en el viaje final.

“United 93” ha sido aclamada unanimemente por la crítica allá en donde se ha expuesto. Es para muchos la gran sorpresa del año, lo mejor del año. Un obra madura desde su gestación, facturada con la emoción filtrada a través de los dedos de un puño cerrado.

Vuelvo una vez más al viejo axioma fordiano; “Entre la realidad y la leyenda, quédense con la leyenda”. Sigan los pasos (reales) de la madre de una de las victimas, quien tras varios años recogiendo firmas y testimonios en pos de la verdad sobre lo que ocurrió con el vuelo 93 de la United, hace pocos meses recibió la confirmación gubernamental de que la versión oficial presenta serias dudas. Olviden durante dos horas la imagen de cazas militares derribando el avión, como hizo ella. Honren la memoria de sus muertos y después vuelvan a empuñar las pancartas para reclamar su derecho a saber qué ocurrió en realidad.

Pero ante todo no se dejen cegar por extremismos a la hora de juzgar una película extraordinaria, como han hecho otros muchos. Por favor, no conviertan en realidad la parábola del ciego que no quiso ver.

 

Pulsen AQUÍ y hagan puntería usando su ratón. Podrán hacer realidad su fantasía de eliminar esta page del mapa. 

Pero si prefieren descargar su furia atómica contra alguno de los innumerables seres del inframundo que se hacen pasar por humanos, permitanme que les proporcione una diana adecuada…


Tras mis exitosos montajes de “Entre Copas”, “Eternal Sunshine of the Spotless Minds” y “Magnolia”, esta vez le tocó el turno a “Lost in Translation”

Y si resumir dos horas en tres minutos no es fácil, tratar de racionalizar el proceso de enamoramiento entre dos personas es imposible, por mucho que me haya apoyado en la fantástica partitura que suena de fondo (Otros mil doblones de oro para quien adivine quién la compuso), partitura que espero que algún alma caritativa que se atreva a ver el video pueda confirmarme que realmente suena. Yo no puedo oirlo.

En fin, ya saben la historia… Tokio, muy lejos de casa. Un tipo maduro sin metas por cumplir y una chica perdida con un camino por encontrar. Soledades paralelas, huidas a medianoche, insomnio, luces, japos por todas partes y una historia de casto amor imposible sustentada por miradas y gestos que destierran a las palabras. Material suficiente para crear una obra de culto para unos y destino de envenenados dardos para otros.

Les dejo con mi parcheada visión de aquellos cuatro días en Tokio comprimidos en tres minutos…

http://www.youtube.com/watch?v=DEFuTcOWLxI

Claudia: “No tienes ni idea de lo estúpida que soy”

Jim: “Está bien…”

Claudia: “No. No tienes idea de lo loca que estoy”

Jim: “No importa…”

Claudia: “Tengo problemas, ¿sabes?”

Jim: “Los tomaré todos en su justa medida. Soy bueno escuchando”

Claudia: “Empecé esta mierda, pero no puedo, no puedo… ¡joder!”

Jim: “Cualquier cosa, sea la que sea, cuéntamela, te escucharé”

Claudia: “¿Quieres besarme, Jim?”

Jim: “Sí, quiero…”