Cinéfilo y aprendiz de cineasta, Marc Jardí, quien practica el complejo arte de la crítica al viejo, noble y en peligro de extinción estilo, osease, apostado en las barricadas, escribió este apasionado artículo sobre “El hombre que mató a Liberty Valance” en Kinephilos, imprescindible blog al que me asomo con frecuencia pero en el que me confieso incapaz de comentar dadas mis carencias frente al alto nivel de sus visitantes…

http://kinephilos.blogspot.com/2006/04/la-cerilla-ms-famosa-de-la-historia.html

He intentado dar forma a una opinión medianamente inteligible sobre un película que también resulta muy especial para mí, pero el chip vacacional sigue activado y mi mente absolutamente en blanco.

El irregular resultado ha sido el siguiente… 

Es en la atención a los pequeños detalles en los que nadie más repara en donde se puede encontrar la raíz de un genio.

En un documental dedicado a Orson Welles, un miembro del rodaje de “El Cuarto Mandamiento” (The magnificent Ambersons) contaba cómo durante el rodaje de la escena del trineo, Welles no terminaba de quedar satisfecho. “Algo no está bien”, repetía una y otra vez. Al poco tiempo, la luz del genio pareció encenderse. “El trineo no se mueve… Debemos hacer que se balancee, que las voces de los actores se rompa con el viento, la nieve y el traqueteo del camino”. Nunca nadie lo había hecho antes (tan sólo en algunos westerns se habían planteado dar movimiento a las diligencias en las escenas de acción). Hasta aquel momento, lo importante era que la voz de los actores fuese lo más diáfana posible. Nadie se dio cuenta de lo irreal de una estampa en la que un coche de caballos (o un trineo) se moviese de un modo neutro.

Robert Altman también se dio cuenta de algo durante el rodaje de “MASH”. En las escenas de quirófano, sólo se podía escuchar con claridad la voz de uno o dos personajes, algo absurdo teniendo en cuenta que habitualmente los equipos médicos estaban formados por media docena de personas sino más. La solución fue la que instalar varios micrófonos. El resultado… desconcertantemente espectacular.

John Ford por su parte, pidió a su equipo durante el rodaje de “El hombre que mató a Liberty Valance” que lograsen capturar el silencio. 

Para la escena inicial en la que Ransom Stoddard (Jimmy Stewart) acompañado de su esposa Halley (Vera Miles) presenta sus respetos al feretro que oculta los restos de Tom Doniphon (John Wayne), Ford quiso escuchar el silencio. No quería que la madera del suelo crujiese al ser pisada, ni escuchar sollozos ahogados, pretendía capturar la esencia de un duelo.

Fue su forma de despedirse del género que cultivó toda su vida. Aún filmaría un par de westerns más, que formaron un involuntaria trilogía de lo que fue su pensamiento y evolución a lo largo de cuarenta años detrás de una cámara, pero fue con “El hombre que mató a Liberty Valance” cuando decidió que había llegado el momento de despedirse adecuadamente del género que le hizo grande y al que suponía agonizante.

Ford observó la evolución social de su país como un hecho inevitable que le llevaría a una refundación total. En ese punto, supongo se sintió obligado a dar sepultura a toda una rama del western. Peckinpah ya había llegado, pero a pesar de ser un lírico como él, su prosa y su filosofía se encontraba en las antípodas de la del genio irlandés. Por otra parte, Leone y Siegel estaban a punto de aparecer para reinventar estéticas y fórmulas basadas en formatos ajenos. Otros, como Burt Kennedy (per example) se encargarían por su parte de dar la puntilla con sus westerns paródicos que sólo buscaban burlarse (no siempre de modo respetuoso) de todo lo realizado hastan entonces. 

Siendo pues “El hombre que mató a Liberty Valance” su legado, Ford planeó cada gesto indicando al espectador que se hallaba frente a un funeral ya desde la llegada del tren a la estación en la escena inicial (ese transfusor de civilización y por lo tanto gran enemigo de la leyenda del salvaje oeste).

Mucho se ha hablado del negrisimo humo que desprende la chimenea del ferrocarril. También de ese silencio roto en las escena del duelo que tanto insistió Ford en capturar. El relato es admirable. Paso a paso vemos la evolución de un estereotipado pequeño pueblo fronterizo, con su taberna repleta de vaqueros, sus leyes autopropulsadas y cómo no, su pistolero malvado, Liberty Valance (estremecedor Lee Marvin) quien siembra el terror a sus anchas a falta de un poder real al que rendir cuentas por sus abusos.

A este lugar llegará un hombre del este armado con libros de leyes. Será objeto de burlas al servir comidas vestido con un delantal. Enseñará a leer a niños y adultos, para finalmente verse obligado a empuñar las armas para hacer frente a Valance.

Más tarde, el tipo del delantal que apenas sabe utilizar un revólver tumbará al forajido. Es así, Ford lo cuenta así. La metáfora es perfecta y sirve para cerrar el círculo cuando Ransom encuentra su propia redención al acto fatal cometido, que él mismo deplora, al ser elegido por aclamación popular como representante estatal en Washington.

Las claves de Ford son evidentes. No se preocupa en difuminarlas. Al margen de las clásicas imagenes Fordianas; Doniphon alejandose mientras Halley le observa en la lejanía, el héroe anónimo eligiendo el segundo plano en beneficio de terceros, el sentido del honor en un cambiante mundo en el que incluso el orgullo pasará a ser regulado, y ante todo, la melancolía. Pues las vigorosas películas de Ford siempre fueron un torrente seguro de emociones subterraneas y gestos escondidos.

Al final el tren se marcha de la ciudad. Para el cascarrabias irlandés las historias tenían un principio y un final al igual que un libro se compone de portada y contraportada. Y Ford se despide para siempre de único modo que su ética le permitía, haciendo que el periodista, que ha sido testigo de la inesperada confesión del senador Stoddard, decida no publicar tan extraordinaria historia. De hecho fue Ford quien pronunció la inmortal máxima; “Entre la realidad y la leyenda, quédense con la leyenda”.

Y así debe ser, a riesgo de que terminemos perdiendo nuestra más preciada cualidad… la de fabular, la de soñar. 

Anuncios