Tendría 16 o 17 años cuando vi “Los Muertos” por primera vez. Fue en Telemadrid, en uno de esos programas en los que el visionado de la película desemboca en un estéril combate de egos en busca de la frase memorable que determine que yo tengo razón y el tipo del al lado se equivoca en todas sus sentencias.

Recuerdo que el programa era presentado por Pablo Lizcano, aquel periodista con deje tímido que durante un breve periodo de tiempo se dejó prostituir por la televisión. Pero el recuerdo que guardo con más frescura es el de un crítico invitado que aun reconociendo los valores de la película de Huston, menospreciaba su final porque el viejo irlandés de adopción había osado a utilizar una voz en off. Un recurso impropio del maestro, según él.

Tal vez es ahora cuando debería añadir al título de este posteo la coletilla de … cerebrales, categoría donde este encorsetado tipo no desentonaría en absoluto. De entre las muchas memeces que te enseñan en una escuela de cine, ésa, la de la adecuada utilización de la voz en off (usando la acepción adecuada como eufemismo de nunca debe hacerse) es una de las más ridículas.

Ya saben que Billy Wilder nunca recibió una clase de teoría cinematográfica. Gracias a Dios, de otro modo tal vez William Holden nos habría tenído que contar su peripecia mediante señales de humo, en “Sunset Boulevard”. Del mismo modo que Kevin Spacey tendría que habernos informado telepáticamente de su condición de muerto jodido pero contento en “American Beauty”.

Sí, ya sé. Estaban muertos, el recurso es necesario. Puede considerarse necesario en esos casos por los autoproclamados puristas de un arte que otros inventaron y unos pocos creen suyo. Además de que el atacar a clásicos nunca fue rentable, siempre fue más fácil desencajar la mandíbula del débil, del linchable.

Y en ese privilegiado lugar, campa a sus anchas Terrence Malick (per example), en cuyas dos últimas películas el recurso de expresar los pensamientos de los protagonista a través de voces en off, ocupa un lugar fundamental en su desarrollo. Estos guardianes del buen uso lingüístico (cinematográficamente hablando), se lo han pasado teta hundiendo sus puñales en vientre tan blando, contando con la inesperada adhesión de oleadas de gañanes incapaces de distinguir entre la última de Jackie Chan y una película dogma, pues sólo así se entiende que acabasen sentados frente a “El nuevo mundo” en lugar de disfrutar de una maravillosa lobomotización gratuita de la mano de “Kun-fu-sion” en la sala anexa, el día en el que yo vi la primera de ellas.

Y es que jode que interrumpan una poesía a medias, como me ocurrió a mí viendo la etérea historia de Pocahontas, al tener que soportar las continuas y vociferantes huidas de la sala de algunos especímenes prehumanos que decidieron demostrar sus frustración de tan gráfico modo.

A todos ellos; a críticos amargados poseedores del don de la infalibilidad. A irrespetuosos garrulos con el tacto sito en el bajo vientre. A puristas aficionados que siguen los dictados a pies juntillas de la vieja enciclopedia de cine heredada del abuelo. A todos aquellos que ignoran que desde “Carta a una desconocida” a “Sin City”, el recurso de la voz en off ha sido utilizado por la gran mayoría de los maestros, que cabe la posibilidad de que sepan de qué va esto. A todos ellos les dedico este maravilloso monólogo interior que escribió James Joyce y adaptó Tony Huston en ese último regalo que nos hizo uno de los más grandes… quien al parecer nunca se enteró de que hay determinadas cosas que no deben hacerse…

Nunca, y digo bien… Nunca, se ha expresado de modo tan desolador ni tan franco, la desazón, la decepción, la impotencia que produce el mirar a los ojos del otro y no conseguir ver tu reflejo…

Qué pobre papel he representado en tu vida. Casi podría decirse que no soy tu esposo, que nunca hemos vivido como marido y mujer. ¿Cómo eras entonces?. Para mí tu rostro sigue siendo hermoso, pero ya no es aquel rostro por el que Michael Furey retó a la muerte. ¿Por qué me invade este torrente de emociones? ¿Qué lo despertó? ¿El trayecto hasta aquí? ¿Que no respondiera cuando besé su mano? ¿La fiesta de mis tías? ¿Mi ridículo discurso? ¿El vino, el baile, la música?.

Pobre tía Julia, esa mirada extraviada cuando cantó “Ataviada para la boda”. Pronto será otra sombra como la de Patrick Morkan y su caballo. No tardaré en estar en aquel salón vestido de luto. La persianas estarán bajadas, rebuscaré en mi mente palabras de consuelo y solo se me ocurrirán frases vacías e inútiles. Sí, ya no tardará en pasar.

Los periódicos tenían razón, nieva en toda Irlanda. Cae por toda la sombría llanura central, en las colinas vacías de árboles. Cae suavemente en el pantano de Allen y más al oeste, cae silenciosa en las oscuras y agitadas aguas del Shannon.

Más vale entrar con valor en ese otro mundo con el arrebato de una pasión que consumirse y marchitarse con la edad. ¿Cuánto tiempo ocultaste en tu corazón el recuerdo de la mirada del amado cuando te dijo que ya no quería vivir?. Nunca he sentido algo así por una mujer, pero sé que ese sentimiento debe ser amor.

Piensa en todos los que fueron desde el principio de los tiempos. Y yo, tan pasajero como ellos apagándome en su mundo gris, como todo lo que me rodea. Ese sólido mundo que construyeron y en el que vivieron, se reduce y desaparece. La nieve cae, cae en el cementerio solitario donde está enterrado Michael Furey. Desciende ligera por el universo y ligera desciende, como el descenso hacia el último fin, sobre todos los vivos y todos los muertos.

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