En mitad del desierto. Perseguidos y solos… Que la mujer del juez de paz sea la testigo y el anillo un aro de cobre de 75 centavos.

Que su chica les mire como lo hizo Cathy O’Donnell, esa chica de al lado de aspecto corriente a la que hay que mirar tres veces para encontrar atractiva… para después no poder apartar tus ojos de ella.

Que sea así, o sino que no sea…

Para Nicholas Ray, el mundo era un lugar inhóspito y sin esperanza. El románticismo desgarrado de sus películas sedujo para siempre a muchos de los que le dieron sentido a esto que algunos creen un negocio.

Truffaut, Godard, Rohmer y Rivette, la columna vertebral de Cahier du Cinéma, le aclamaron como pocos lo hicieron en su propio país. Después llegaron Jarmusch y Altman para saldar parte de la impagable deuda.

El reconocimiento nunca le importó. Vivió por y para el cine, hasta el punto de morir dentro de una película, “Un relámpago sobre el agua”, en la que Wim Wenders, amigo personal, grabó su agonía en un ejercicio de triste voyeurismo que duele ver.

Su obra es triste y vigorosa. Romántica y violenta. Su punto álgido, “Los amantes de la noche”. Obra capital que años más tarde sería adaptada con poca fortuna por Robert Altman.

La historia de los fugitivos obligados a vivir de noche (de hecho, su título original es ese, “Los que viven de noche”), huyendo sin pausa de un destino que saben no podrán esquivar, alcaza su momento cumbre en la escena en que Farley Granger y Cathy O’Donnell sacan de la cama a un juez de paz para casarse.

La intensidad del momento conmueve, no se olvida. Emociona, como sigue emocionando cada minuto de la opera prima del genio tuerto, sesenta años después de haber sido filmada.

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