Hay una escena en la sobresaliente “JFK, Caso Abierto”, en la que el fiscal Garrison (Kevin Costner) observa el sueño de sus hijos la madrugada previa al comienzo del juicio en el que tratará de demostrar la conspiración que acabó con la vida del presidente Kennedy. Le vemos cerrar la puerta con cuidado, caminar parsimoniosamente por la casa vacía hasta llegar al umbral de su habitación en dónde se detiene un momento para observar el sueño de su esposa, justo antes de cerrar la puerta fundida en negro bajo los acentuados acordes de la partitura compuesta por John Williams.

Demostrado pues que Oliver Stone sabe narrar momentos intimistas con elegancia y verdad, resulta aún más difícil entender el profundo tedio que transmite la práctica totalidad de “World Trade Center”.

Cualquier mindundi podría firmar esta alimenticia epopeya sin problemas. El muy marcado estilo de Stone pasa completamente desapercibido a lo largo de la dos horas de excesivo metraje. 

Y al final nada queda de un prometedor comienzo en el vemos a la ciudad de Nueva York desperezarse inconsciente del destino que aguarda a muchos de los que toman el tren camino del trabajo, compran del periodico o apuran un café antes de dar por comenzado al día. Nada queda, porque nada cuenta.

Conoceremos con torpeza las vidas de los dos protagonistas una vez han sido atrapados por los escombros, sin que de la impresión en momento alguno, de que a Stone le importen lo más mínimo. Los personajes secundarios aparecerán, lanzarán cuatro tópicas líneas de diálogo y serán olvidados tras entorpecer la ya de por sí torpe progresión de una película que pretende presentar héroes, pero que no consigue mostrar más que estereotipados personajes sacados de cualquier telefilm.

Más preocupante que los desastrosos diálogos son las interpretaciones en una película que las requiere de muy alto nivel para dar verosimilitud a lo que cuenta. 

Nicholas Cage muestra desconcierto y debilidad en unos portentosos primeros minutos de la tragedia, transmite la humanidad del tipo desbordado por la situación, que ni siquiera es capaz de mirar a los ojos de sus hombres, para poco a poco ir diluyendose al ritmo en que lo hace la película, para terminar convertido en un sombra más. Michael Peña, por su parte, se limita a pegar gritos y poner cara de circunstancias desde mucho antes de soportar una losa en su pecho. Una vez dentro del hoyo, su recital maniqueista se multiplicará por diez. Tendrán que ser Maggie Gyllenhaal y Maria Bello, sus esposas, quienes salven trazos dramáticos con algún momento memorable (el flashback en el que Maggie Gyllenhaal y Michael Peña deciden el nombre de su próxima hija, el fordiano momento en el que Maria Bello huele las sábanas de la cama que comparte con su marido…).

En lo que se refiere al apartado épico, el que debía ser punto fuerte de la película (suerte que Stone domina como pocos), ésta brilla por su total ausencia. Las escenas de rescate son planas y frías. Y qué decir de los supuestos personajes heróicos. Basta con recordar a tres de ellos. El policía del medio oeste que decide hacer algo ante la tragedia (y que terminará repartiéndo salchichas), aparece en dos lamentables planos, y si no hubiese aparecido en ninguno eso que habríamos ganado todos. El sanitario redimido no pasa de ser un simple comparsa. Y qué decir del marine que salva la vida a los protagonistas, cuyo valor y coraje es fácilmente confundible con el fascismo más acartonado.

Como dije al principio, nada queda al final del prometedor planteamiento inicial. No habrá espacio para la emoción, tan sólo para falsos sucedaneos lacrimógenos que a nadie engañan. Ni siquiera se recordará la caótica escena a pie de las torres, sacada de la peor pesadilla de Terry Gilliam, en la que llueven papeles, mientras multitudes cubiertas de ceniza avanzan sin rumbo envueltos en un estridente ruido que aterroriza cómo si la banda sonora de la tragedia hubiese sido compuesta por el mismo diablo.

Media docena de escenas no pueden salvar un película, del mismo modo que treinta barcazas no salvaron al pasaje completo del Titanic. No hay más que decir. Tan sólo rezar para que Dios conserve el sentido del oído a los críticos norteamericanos que mayoritariamente han ensalzado “World Trade Center”, concendiéndole notables críticas, porque al parecer,  el don de la vista ya lo perdieron.

Puede que aún quede un rastro de luz para Oliver Stone. Pero película a película, esa rendija se hace más pequeña. Lástima.

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