Soñemos con una vida adornada únicamente por canciones de Bowie en portugués, con una desprejuiciada ayudante con alergia hacia la parte superior del bikini, con un hijo en busca de un padre y un padre en busca de sí mismo, todo ello en una isla adecuadamente lejana.

Al fin y al cabo, de qué sirve el cine sino es para olvidar trenes, intercambiadores y malas caras matutinas. 

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