Supongan que nacen y la genética ha pasado de largo por su puerta.

Un día se dan cuenta de que el espejo de su habitación no fue comprado en una feria, y tan sólo muestra la realidad tal cual es. Y crecen, pero un día dejan de hacerlo sin sobrepasar el metro y medio de altura. Su voz no termina de alcanzar el tono grave que desearían, y poco tiempo después comienza a caerseles el pelo para ya no detenerse hasta que tan sólo pueble los costados de su cabeza.

Imaginen que su sueño es ser actor, pero con semejantes credenciales físicas, son conscientes de que la cosa no va a resultar fácil, por mucho que su padre sea el editor del New Yorker.

Entonces sólo queda una solución. Tener talento. Y a este tío, le sobra…

 

Siempre está bien. Ya sea poniendo voces a dinosaurios creados por ordenador (“Toy Story”), trabajando bajo la exigente batuta de Woody Allen (“Melinda y Melinda”, “Días de Radio”), encarnando a uno de los mejores malos de las últimas décadas (“La Princesa Prometida”), o cubriendo carencias ajenas en mil series de televisión…

Pero por encima de todo eso, quien no le haya visto en el tío Vanya neoyorkino de Louis Malle, de veras que no sabe lo que se pierde.

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