“Pero no podré salir. La puerta está cerrada con llave”

“Entonces deberás crear tu propia puerta”

Treinta años y montañas de dinero malgastados en cientos de películas basadas en la guerra civil española y su postguerra, para que luego llegue un tipo mexicano y dibuje la opresión y la ausencia de esperanza como nadie lo hizo antes. Curiosamente en una película que ni siquiera pretende centrarse en el conflicto, sino que lo utiliza como simple metáfora.

El prodigio no se busca, simplemente aparece. Lo sabe Guillermo del Toro. Es él quien lanza al aire las piezas del puzzle y durante dos fascinantes horas se dedica a situarlas en el lugar y momento correcto, a la espera de que aquel se materialice. Y de no ser por puntuales e innecesarios momentos enfáticos, habría logrado una pieza maestra, que no lo es por exceso, cuestión preferible, sin embargo, a  el avergonzado descreimiento que reina en el cine español.

El director mexicano recurre en esta ocasión a sus obsesiones más primitivas: el tiempo y los relojes que le dan soporte. Los cuales aparecen de modo compulsivo, en forma de complejo edípico que atormenta al capitán Vidal, encarnado por un soberbio (una vez más) Sergi López, en el que podría ser el papel de su vida, interpretando a un militar franquista que podría rivalizar en crueldad con el atroz Amon Goetz Spielberiano, dando al tiempo engañosa humanidad a su personaje, haciendolo cercano con infinidad de matices e irradiando una cegadora luz negra a tono con un mundo ya de por sí desprovisto de compasión.

Del Toro inventa una angustiosa atmósfera sin esperanza, sin pan, ni luz. La únicas alternativas parecen ser las de la abnegada sumisión que porta la esposa del capitán Vidal (Ariadna Gil), o la huída hacia adelante de los guerrilleros makis, sabedores de que el nuevo orden les reserva un único y trágico destino a ambos.

En ese contexto, Ofelia, hija estorbo de un sastre muerto, optará por crear su propio universo. Un lugar en dónde la bondad tenga cabida y los errores sean reparables. De tal modo, el Fauno concede segundas oportunidades ante las comprensibles faltas de la niña, mientras fuera, su padrastro ejecuta a inocentes sin motivo alguno.

Ofelia, se convertirá así en yonki de su propia mente. De su desbordante imaginación tallada por las docenas de libros de cuentos y magias leídos.  Hará lo necesario por cruzar los umbrales que le lleven al reino que le aguarda. Atravesará el arco de piedra del laberinto y la angosta entrada del árbol moribundo; para finalmente, dibujar, en su misma habitación, su propia puerta de acceso a su fantasía.

No le será fácil superar las tres pruebas impuestas por el fauno. Deberá enfrentarse a gigantescos sapos, más glotones que malvados. Tendrá que huir de monstruos ciegos devoradores de niños. Se enfrentará también con ogros, más reales, más temibles. Ogros que suturan bocas y destrozan manos a martillazos. Dejándo para el final la más dura de todas ellas, aquella en la que deberá demostrar su fe.

Y es posible que Ofelia alcance ese mundo mejor que sueña (echen mano de la metáfora de nuevo). Ya no importará, pues para entonces el prodigio ya se habrá producido.

Y es que las buenas historias no tienen porqué ser dibujadas con plumas de oro y brillantes. En ocasiones, basta con tener una tiza a mano…

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