Llevo desde el pasado viernes tratando de dar forma en mi cabeza a “La Dalia Negra”. Deslabazada, confusa y apática película dirigida por uno de los pocos grandes (autenticamente grandes) que continua en activo.

Y de un modo tan confuso como la propia película (además de mil veces corregido), es esto lo que me sugiere…

Cuando Elizabeth Short murió, hace casi sesenta años, alguien decidió por ella convertirla en inmortal. El misterio de su muerte a inspirado películas, novelas, seriales radiofónicos, y ante todo una mitología, absurda en muchas ocasiones, en torno a la figura de la chica de pueblo reconvertida en prostituta, previo paso por la estación de los sueños rotos que era y es Tinseltown.

En su día a nadie le importó su muerte, todos prefirieron que fuese así. Muerta suponía un alivio para sus asesinos y una fuente de chismes para la plebe, siempre sedienta de dramas y sangre. Desgraciadamente, a De Palma parece importarle tan poco como a aquellos, la historia de la chica desgraciada.

Y eso que el director italoamericano no se ha cansando de proclamar que esta película no se trata de un encargo. Cuestión tristemente confirmable transcurrida apenas media hora de película.

Sin pudor alguno, De Palma toma prestados todos y cada uno de los tópicos del género. No faltará la voz en off (tan caracteristica en el cine de detectives). Tampoco esas coletillas estilo Mike Hammer, que chirrian de un modo creciente según se va desarrollando la trama. Abundan los tipos duros, los fulleros y las chicas malas con un pasado que ocultar… Está todo. Todo aquello que marcó la esencia del género. El problema es el ensamblaje, pero ante todo se echa en falta la mano de un director encargado de limar todo aquello que sobra… Y en “La Dalia Negra”, son muchas las cosas que sobran.

Tan ocupado está De Palma en homenajear a los clásicos, que se olvida de dar empaque a su personajes. Brevemente, rinde culto de un modo nada sutil a “La Dama del Lago” de Robert Montgomery, cámara subjetiva mediante. “El Sueño Eterno” está presente en cada latido de la narración, en ocasiones de un modo tan similar que las hermanas Sternwood (Betty Bacall y Martha Vickers, en el original) se reencarnan de un modo literal. Como colofón, no tiene reparo en tomar prestada la estética de “L.A. Confidential”, película infinitamente superior, que sí supo interpretar el género y actualizarlo de un modo ejemplar.

Mientras, a todo esto, la trama de la dalia pierde gas paulatinamente hasta hacernos olvidar por momentos que ella es (o debería ser) el motor de la película. Los personajes se pudren, algunos por olvido, otros por la losa del sangrante estereotipo. Los actores de reparto vagan, como almas en pena, en busca de algo a lo que aferrarse. Mientras, Josh Hartnett se ve obligado a cargar con un peso excesivo para tan frágil espalda y limitado talento.

Todo está tan mal contado que es difícil adivinar la mano del genio barbudo en todo este embrollo. Tan sólo es visible en los minutos finales, cuando termina por recurrir a su célebre libro de estilo. También en escasos momentos puntuales (el descubrimiento del cadaver de la dalia), se puede reconocer su arte. El resto no pasa de ser un artificio en el que ni él mismo llega a creer. Llegando a conceder diálogos sublimes, pura antología del disparate, que más parecen sacados de una casposa parodia de Cruz y Raya, que de las manos de un guionista medianamente competente.

Tomen nota:

Dwight: “Nunca me gustó el arte moderno”

Madeleine: “Seguramente a él tampoco le gustas tú. Pero tú a mí sí que me gustas”

Ver/oír para creer que De Palma diese el visto bueno a semejante soplapollez. Por no hablar de la escena de la resolución del crimen, aún más ridícula si cabe, y que no voy a contar por no caer en gratuitos spoilers.

No puedo creer que el hombre que dirigió aquella prodigiosa media hora inicial de “Snake Eyes” sea el mismo que a firmado esta decepcionante cinta. Es más, prefiero no citar (por no comparar) la plana mayor de su obra por evitar que se me caiga el alma a los pies.

Era viernes, llovía en el sur de Madrid. Mi chica llevaba puesto un vestido que fue color crema antes de empaparse. Calzaba unos zapatos abiertos en la punta que corrieron la misma suerte que el vestido. A la salida de la sala, me dijo: “¿… Y por esto hemos venido hasta aquí?…

 

  

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