Al contrario de lo que le ocurre a casi todo el mundo, los cuestionarios suelen funcionar conmigo.

Y jode reconocerlo, porque los resultados nunca son los que yo desearía. Da igual el tema del que traten. No importa que la fórmula consista en la usurpación de un personaje famoso o de ficción, siempre atinan. Y el hecho de que lo hagan, ha terminado por convertime en un yonki de los test. Aprovecho la mínima oportunidad para hacer cualquiera de ellos que se me ponga a tiro. De hecho, hace pocas semanas, tratándo de hacer soportable la espera en la consulta del dentista, terminé por rellenar (mentalmente) un inenarrable test publicado en algún Cosmopolitan varios meses atrasado, bautizado con un elocuente…  “Cómo complacer a tu chico”.

Es grave, sí…

En fin… Curioseando por la burrosfera, acabo de pasar por aquí. Y en tan sobrio lugar, han terminado por confirmar las dos cuestiones que ladro arriba: Que soy un yonki sin remisión, y que esos jodidos test siempre me enfilan, como si el tipo que los hizo supiese algo de mí que ni yo mismo sé.

Hubiese querido ser Locke o Mr. Echo, que son los que le ponen a todo el mundo, pero no…

Lo admito, soy Kate. Sin tetas, ni pecas, pero soy Kate.

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