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Esa es la suplica… Dejen de joder las películas que forman parte de mi memoria.

Y es que amo esta película…

 

… nadie sabe hasta que punto. Forma, junto a “La Humanidad en Peligro” y “El monstruo de la Laguna Negra”, la santa trinidad que consagró, el fin de semana de mi infancia en el que las vi, como el mejor fin de semana que un niño de nueve años podrá tener jamás.

Y no, la solución no es: “Si no quieres verla, no la veas”, porque el daño que hará a las nuevas generaciones que no tienen noticia de la existencia de “El increible hombre menguante”, será irreparable. Porque se anuncia como una versión “cómica” del clásico de Jack Arnold. Porque lo dirige uno de los Wayans… Y (Oh, Dios!!) porque lo protagoniza Eddie Murphy…

Ahora más que nunca es necesario recordar aquel glorioso monólogo final. Es ahora cuando Scott Carey debe gritar a todo pulmón aquello de “Sigo existiendo!!!”…

 

“Hay muy pocas cosas que una vez hayan cambiado vuelvan a cambiar. Un recuerdo disminuye con cada año que pasa. Vivo con el sonido de un arpa de voces dentro de mi cabeza que cuenta historias. Habla constantemente y su voz es la de Dolly… Es el arpa de hierba, y sé que cuando yo muera también contará mi historia”

La emoción se sugiere, no se muestra abiertamente, resultaría obsceno el hacerlo. Así lo entendió Capote y del mismo modo lo interpretó Charles Matthau, hijo de Walter, que en 1995 adaptó al cine la maravillosa novela de Truman Capote, “El arpa de hierba”.

Lo hizo sin alardes, pecando de un academicismo previsible que hizo que la película pasase prácticamente desapercibida en su día, pese a un puñado de buenas críticas que quizás llegaron demasiado tarde.

Era una película excelente cuando se estrenó y sigue siéndolo hoy día. El delicado trazo de Matthau se limitó a colorear un conjunto intencionadamente gris para indicar, sin forzar la narración en momento alguno, el camino de salida a seguir por todos aquellos que no desean que la mediocridad se instale en sus vidas permanentemente.

Y aunque no es fácil encontrar una árbol adecuadamente robusto en la gran ciudad, si lo encuentran, no lo duden, solo trepen…

Gracias al Sr. Horror, me he enterado de que Christina Applegate, irreprimible fantasía de mi adolescencia, acaba de cumplir 35 años.

No resulta fácil aceptar que aquella rubia atómica de cuerpo desbordante se haya convertido en una mujer madura, sin que haya tenido la deferencia de cubrir su rostro con alguna arruga que la delate como tal.

En cualquier caso importa poco, los que la adoramos lo seguiremos haciendo aunque sus caderas se disparen horizontalmente y sus ojos se hundan y pierdan su brillo en el proceso. La queremos aunque haga películas como “La cosa más dulce” o se case con tipos insulsos como Jonathon Schaech.

Solo espero que, de vez en cuando, nos siga regalando su presencia en irreverentes gamberradas como esta…

Con qué poco somos felices…

Hablé de “Tránsito” la pasada primavera, después de verla en una sala prácticamente vacía, una noche de mayo.

Aprovecho el haber vuelto a verla, esta vez en DVD, para recuperar una de las mejores y más tortuosas (aunque no tanto como su rodaje y post-producción, eso seguro) películas del año.

Henry: “¿Conoce la cita de Tristán Rêveur sobre el arte malo?”

Sam: “No”

Henry: “El arte malo es más trágicamente hermoso que el buen arte porque documenta el fracaso humano”

Sam: “¿Has oído hablar de Tristán Rêveur?”

Lila: “Sí, claro”

Sam: “¿Te gusta su obra?”

Lila: “No la he visto. Nadie lo ha hecho. Quemó todas sus pinturas antes de suicidarse”

Sam: “¿Se suicidó?”

Lila: “A los dieciocho años dijo que viviría tres años más, que iría a Nueva York y se suicidaría. Y eso hizo”

Sam: “¿Cómo ocurrió?”

Lila: “Se pegó un balazo en el puente de Brooklyn. Dejó una nota de una sola línea: ‘Un suicidio elegante es la máxima obra de arte’ “

[…]

Lila: “El día que yo lo hice llevé dos hojas de afeitar al baño. ¿Sabes por qué? Porque sabía que, en cuanto empezara a sangrar, me debilitaría. No quería soltar una hoja y quedarme a mitad de camino. ¿Puedes imaginar eso? ¿Puedes imaginar odiar tanto tu vida como para llevar una hoja de repuesto?”

Sam: “¿Qué puedo decirle entonces?”

Lila: “Hay demasiada belleza para renunciar. Dile eso. Hay demasiada jodida belleza”

Con 60 años encima, Stallone está dispuesto a hacer realidad aquel gag premonitorio de “Aterriza como puedas 2” en el que se veía un cartel futurista anunciando el inminente estreno de “Rocky XXXVIII”.

Nunca alcanzará el nivel emotivo de la que fue primera (y debió ser única) parte de la historia de un boxeador de cuarta que alcanza el título de los pesados gracias a su voluntad. Aún así, pueden contar con el dinero de mi entrada, que uno es un nostálgico y no olvida que esta fue la primera película que vio en una sala de cine, a principio de los ochenta, allá por el cretácico. Seis años tenía entonces, cuando me inocularon el veneno. 

Además, el trailer no pinta tan mal.

ROCKY BALBOA

o aquí…

http://playlist.yahoo.com/makeplaylist.dll?id=1521857&sdm=web&qtw=640&qth=400

Por tiempo limitado y dedicado (en segunda instancia, sí, lo lamento)  a la persona misteriosa que me dejó un emotivo mensaje en mi delirante posteo acerca de esta maravilla, cuelgo mi último estropicio visual. Esta vez le tocó el turno a “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”, lo siento.

Además de con su propia banda sonora, lo he adornado con música del gran Delerue, por si cuela, pero no he conseguido más que cinco caritativas estrellitas, cortesía de la destinataria del engendro (my little sister, casi tan apasionada de esta peli como yo), que por supuesto merecía algo mejor que esto por su cumpleaños. 

El jueves noche o el viernes me lo cargo. Si alguien se atreve a verlo, por favor, no sea cruel, que la vaselina se inventó para algo…

En una ocasión, durante el rodaje de “Un lugar en el sol”, Monty Clift y Shelley Winters visitaron un mercadillo. Un pañuelo delicadamente bordado despertó el entusiasmo del actor “¿No es lo más bonito que has visto?” preguntó a la Winters, a lo que ella contestó que sí, que lo era, pero que no llevaba dinero encima para comprarlo. Sin pensarlo dos veces, Monty lo hizo, pese a su abusivo precio, para ofrecerselo en aquel mismo lugar a Shelley.

Así lo contó ella, ya anciana, en uno de esos tontos programas-tributo que, por supuesto, pasó por alto toda la mierda esparcida por Monty en los últimos años de su vida. Años que la Winters vivió en primera persona, pero que nada significaron para ella comparados con aquel momento específico que llegó a provocarle lágrimas al recordarlo.

Se supone que los gestos deben ser espontaneos para tener algún valor. Como aquella ocasión en la que Emil Zatopek “la locomotora humana”, uno de los mejores atletas de la historia, fue humillado por los rusos, durante la ocupación de la antigua Checoslovaquia en la primavera del 68.

Ya retirado por entonces, el coronel Zatopek fue obligado a barrer las calles para su escarnio público. Lo que los rusos no esperaban es que cientos de checos saliesen a la calle con escobas para acompañar al viejo héroe. Para evitar que esa situación se repitiese, decideron entonces que lo hiciera de madrugada… y los habitantes de cada casa desafiaron el toque de queda para barrer su parcela de terreno a medida que el cepillo de Emil avanzaba en busca de su suelo.

Los ciudadanos de Milán arrojaron paja en las cercanías de la casa de Verdi, por evitar el ruído de los carruajes cuando éste agonizaba. Tolkien, quien escribía de madrugada, dejó de hacerlo al enfermar su esposa (y en contra de los deseos de ella), por no agravar sus migrañas con el teclear de su máquina de escribir. Hay miles de historias/gestos de este tipo.

Pero uno de mis favoritos (e inesperados) ocurrió un domingo por la noche de 2002, cuando los espectadores presentes en el teatro Kodack y el resto de los que veíamos en directo la ceremonia de los Oscars de aquel año, vimos entrar en el escenario al tipo que dijo que jamás pisaría aquel lugar por tener perennemente comprometidas sus noches de lunes (la ceremonia se celebraba en ese día cuando dijo aquello)

Ni presentó premios, ni recibió homenajes. Habló de lo que más ama: Nueva York. Se limitó a dar paso a un brillante corto dedicado a la gran manzana y se largó. No creo que vuelva. Supongo que son sus tardes de domingo las que ahora están ocupadas.

Gracias por hacernos dignos del aire que respiras.

Lo siento por el tipo al que “firma” la revista. Ese garabato que la diva le regala con tanto desdén, no creo que cuele como autógrafo en el ebay.

“Joe es el mejor bateador que he visto en mi vida. Es un talento natural.”
– Ty Cobb


“Amo este juego. Lo amo tanto que jugaría gratis sólo por el hecho de jugar”
– Joe Jackson (Ray Liotta) en la película “Campo de sueños”



En 1919 los Chicago White Sox eran el mejor equipo del mundo. Y Joe Jackson, a quién debido a sus origenes humildes apodaban “El descalzo”, su mejor bateador.

Se proclamaron campeones de su conferencia sin problemas. En las series finales, les esperaban unos asustados Cincinnatti Reds. Las apuestas en contra de los Sox eran altas, los sueldos de los jugadores bajos y Chicago una ciudad proclibe a la corrupción…

Ocurrió entonces. Chick Gandil, primera base titular de los Sox fue contactado por un apostador profesional relacionado con la mafia. El plan en un principio, consistía en captar a varios de sus compañeros para dejarse ganar un par de partidos de las finales. Siete fueron los hombres que siguieron a Gandil…

Todo se complicó gradualmente. La mafia les engañó haciéndoles firmar una serie de contratos de honor tan draconianos como si hubiesen pactado con el mismo diablo. En ellos se comprometían a perder las series mundiales a cambio de cien mil dólares. Muchos de ellos ni siquiera sabían leer. Joe Jackson, rellenó el espacio reservado para su firma con una X…

Los Reds dominaban las series por 5-1. Las sospechas de conspiración llegaron entonces a la prensa local. Los rumores eran tan intensos que Dickie Kerr, capitán del equipo, reunió a sus hombres minutos antes del séptimo partido. Mirándoles a los ojos les pidió honestidad y orgullo… Los Sox ganaron los dos siguientes partidos…

Pero casi toda historia de redención termina mal. La mafia temió por su inversión y entró en acción. La noche anterior al noveno partido, varios jugadores fueron amenazados de muerte. La esposa de “Lefty” Williams, pitcher de apertura, fue “visitada” por unos matones que la golpearon delante de sus hijos. Otros recibieron llamadas teléfonicas amenazantes. Algunos recibieron cartas bajo sus puertas que incluían fotografías de ataudes.

La tarde siguiente, los Cincinnatti Reds ganaron las series mundiales.

El escandalo no estalló inmediatamente. No fue hasta un año después, cuando Eddie Cicotte y Joe Jackson, confesaron. El siguiente paso lo dio la Major League al decidir expulsar de por vida a los ochos hombres implicados:

“Shoeless” Joe Jackson – Eddie Cicotte – Oscar “happy” Felsch – Claude “lefty” Williams – Arnold “chick” Gandil – Fred McMullin – Charles “swede” Risberg – George “buck” Weaber

Sus fotografías fueron retiradas de los anuarios, de las colecciones de cromos, de las oficinas del club. Joe Jackson fue excluído del Hall of Fame, el Olímpo en el que se conserva la memoria de los más grandes. Sus nombres fueron borrados de los documentos del club. Sus taquillas quemadas. Desde aquel momento, sus nombres marcados fueron sinónimo de vergüenza.

Es aquí donde nace la leyenda de Joe “el descalzo” Jackson.

Durante el juicio, Jackson defendió su inocencia. Admitió haberse unido a la conspiración pero afirmó haberla abandonado después del segundo partido debido a los remordimientos. Sus estadísticas avalaron sus palabras. Sus porcentajes de bateo en las series fueron similares sino mejores a los de la temporada regular. Pero no hubo clemencia para él.

Comenzó entonces a viajar por el país usando identidades falsas. Jugó en ligas estatales, locales, en ligas de pueblo. Jugó a cambio de comida y techo, purgando su culpa a cambio de ropa y unos zapatos nuevos.

Los rumores acerca del tipo que jugaba como los ángeles terminaron por perseguirle allí dónde iba. No hubo pueblo en América en el que una docena de personas no afirmasen haberle visto jugar. Cuando las sospechas arreciaban, Joe hacía su petate y se marchaba a otro condado, a otro pueblo en el que a nadie sonase su cara.

Murió en 1951, solo. Como únicas pertenencias, la ropa que llevaba puesta, siete dólares en los bolsillos y un reloj de mano con el emblema de los Sox, que fue regalado a los jugadores que participaron en la victoria de las series mundiales de 1917. Incluso en sus momentos finales, la culpa siguió dictando sus actos. Sus últimas palabras fueron: “Dios sabe que soy inocente. Él me juzgará”.

Años más tarde, el escritor W. P. Kinsella publicó su novela “Shoeless Joe”, que terminaría dando forma a la película “Campo de Sueños”. En ella, los ocho de Chicago arrastran su tristeza por el limbo en espera de la redención, del perdón. Vagando por campos de trigo en espera de que los Sox vuelvan a ganar el título que ellos les arrebataron.

… Y hace tan sólo unos pocos días, los White Sox de Chicago ganaron las series mundiales de Baseball, 80 años después de lograr su último título.

Descanse en paz, “Shoeless” Joe Jackson.