¿Qué tienen que ver las comedias ochenteras de los ZAZ con una película de animación protagonizada por un oso gorrón al que la magia del doblaje a dotado de acento cubano, chico…? 

Pues muchas cosas, aunque resulte difícil de creer…

Puede que la más llamativa sea esa habilidad por los gags múltiples encuadrados en un solo plano, situación que se repite en varias y jocosas ocasiones. También su tendencia por el humor grueso con cierto regusto surrealista, hábilmente filtrado para ser digerible por todo tipo de estómagos. Y por último, por la sinrazón que guía los actos de sus personajes, todos ellos tronados y conscientes de ello, pese a la domesticada ( y obligada) moraleja final que debe coronar a toda película destinada a un público infantil.

No resulta fácil encariñarse con los dos protagonistas. Un ciervo enano preso de su torpeza y egoísmo y un oso perezoso asimilado a las comodidades que le ofrece el mundo de los humanos. Y no es fácil, tanto por la torpeza con que están construídos los personajes, como por el espantoso doblaje (Alexis Valdés y Pepe Viyuela – glups!! -)  que cambia por completo la identidad de los personajes originales, hasta el punto de convertir en andaluzas (viva el topicazo, again) a un grupo de marrulleras ardillas.

Superado, no sin dificultad, este primer escollo, la cinta crece minuto a minuto gracias a los impagables personajes secundarios que van apareciendo poco a poco en escena. Y si aquellas aguerridas ardillas andaluzas (escocesas en el original) son imprescindibles, no lo son menos el pato francés traumatizado (cual piloto veterano de guerra), el erizo pusilánime, el grupo de altivos ciervos comandados por un émulo de Zach Brannigan o el despreciable cazador némesis de los protagonistas.

Los gags se sucenden de un modo fluído y sutil, mezclando lo escatológico con referencias clásicas, (memorable ese homenaje a ricitos de oro: “¿Quién se ha comido mi chocolate?, ¿quién ha usado mi mecedora?… ¿quién se olvidó de tirar de la cadena?”), con evidentes referencias a Pixar, ya sea en forma de esquematicas canciones coladas con calzador en la trama, o en la propia y convencional estructura de la historia, que sigue fielmente los dictados trazados por los referentes creados por John Lasseter.

La crítica se ha cebado con ella, considerandola prescindible. Ya se sabe que los pecados del padre son menos punitivos y poco importa que los últimas películas de la productora de Lasseter no sean más que aparentes ejercicios de onanismo. Películas sin alma cuya perfección técnica es su mayor aval.

“Colegas en el bosque” es visualmente (e intencionadamente) más sucia que cualquier película Pixar. Y si técnicamente no le tiene nada que envidiar (ahí está la fantástica escena de la riada), desgraciadamente, sufre del mismo mal que afecta a la Pixar en sus últimos trabajos: la ausencia de emoción.

Al menos, este debut de Sony en el mundo de la animación infográfica, podrá presumir de haber servido para demostrar que hay vida más allá de la productora del flexo. Sin el brillo que podría haber alcanzado, sí… Pero con un gamberro regusto ZAZ que otros tal vez no puedan permitirse.

  

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