En una ocasión, durante el rodaje de “Un lugar en el sol”, Monty Clift y Shelley Winters visitaron un mercadillo. Un pañuelo delicadamente bordado despertó el entusiasmo del actor “¿No es lo más bonito que has visto?” preguntó a la Winters, a lo que ella contestó que sí, que lo era, pero que no llevaba dinero encima para comprarlo. Sin pensarlo dos veces, Monty lo hizo, pese a su abusivo precio, para ofrecerselo en aquel mismo lugar a Shelley.

Así lo contó ella, ya anciana, en uno de esos tontos programas-tributo que, por supuesto, pasó por alto toda la mierda esparcida por Monty en los últimos años de su vida. Años que la Winters vivió en primera persona, pero que nada significaron para ella comparados con aquel momento específico que llegó a provocarle lágrimas al recordarlo.

Se supone que los gestos deben ser espontaneos para tener algún valor. Como aquella ocasión en la que Emil Zatopek “la locomotora humana”, uno de los mejores atletas de la historia, fue humillado por los rusos, durante la ocupación de la antigua Checoslovaquia en la primavera del 68.

Ya retirado por entonces, el coronel Zatopek fue obligado a barrer las calles para su escarnio público. Lo que los rusos no esperaban es que cientos de checos saliesen a la calle con escobas para acompañar al viejo héroe. Para evitar que esa situación se repitiese, decideron entonces que lo hiciera de madrugada… y los habitantes de cada casa desafiaron el toque de queda para barrer su parcela de terreno a medida que el cepillo de Emil avanzaba en busca de su suelo.

Los ciudadanos de Milán arrojaron paja en las cercanías de la casa de Verdi, por evitar el ruído de los carruajes cuando éste agonizaba. Tolkien, quien escribía de madrugada, dejó de hacerlo al enfermar su esposa (y en contra de los deseos de ella), por no agravar sus migrañas con el teclear de su máquina de escribir. Hay miles de historias/gestos de este tipo.

Pero uno de mis favoritos (e inesperados) ocurrió un domingo por la noche de 2002, cuando los espectadores presentes en el teatro Kodack y el resto de los que veíamos en directo la ceremonia de los Oscars de aquel año, vimos entrar en el escenario al tipo que dijo que jamás pisaría aquel lugar por tener perennemente comprometidas sus noches de lunes (la ceremonia se celebraba en ese día cuando dijo aquello)

Ni presentó premios, ni recibió homenajes. Habló de lo que más ama: Nueva York. Se limitó a dar paso a un brillante corto dedicado a la gran manzana y se largó. No creo que vuelva. Supongo que son sus tardes de domingo las que ahora están ocupadas.

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