“Hay muy pocas cosas que una vez hayan cambiado vuelvan a cambiar. Un recuerdo disminuye con cada año que pasa. Vivo con el sonido de un arpa de voces dentro de mi cabeza que cuenta historias. Habla constantemente y su voz es la de Dolly… Es el arpa de hierba, y sé que cuando yo muera también contará mi historia”

La emoción se sugiere, no se muestra abiertamente, resultaría obsceno el hacerlo. Así lo entendió Capote y del mismo modo lo interpretó Charles Matthau, hijo de Walter, que en 1995 adaptó al cine la maravillosa novela de Truman Capote, “El arpa de hierba”.

Lo hizo sin alardes, pecando de un academicismo previsible que hizo que la película pasase prácticamente desapercibida en su día, pese a un puñado de buenas críticas que quizás llegaron demasiado tarde.

Era una película excelente cuando se estrenó y sigue siéndolo hoy día. El delicado trazo de Matthau se limitó a colorear un conjunto intencionadamente gris para indicar, sin forzar la narración en momento alguno, el camino de salida a seguir por todos aquellos que no desean que la mediocridad se instale en sus vidas permanentemente.

Y aunque no es fácil encontrar una árbol adecuadamente robusto en la gran ciudad, si lo encuentran, no lo duden, solo trepen…

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