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En Tokyo hay una adolescente que ha cerrado todas las vías de salida pero mantiene abiertas unas compuertas de acceso que nadie quiere traspasar

Y un padre que se encierra en habitaciones oscuras tratando de entender el silencio en el que se ahoga su hija

Lejos de allí, hay un matrimonio norteamericano al que la fatalidad visita con frecuencia

Y dos niños abandonados en el desierto que no entienden porque a otros les resulta divertido descabezar gallinas 

En Babel hay otros niños, no mucho mayores que aquellos, en otro lugar. Niños marroquíes que juegan a matar gente

Y un guía turístico que acepta recibir cada golpe que le es lanzado devolviendo compasión a cambio

También hay una mujer mexicana que recorre el desierto con zapatos de tacón, traje de fiesta y lágrimas que no ocultan su error… su único error. Uno más, en el caso de su sobrino

En Babel hay un dolor terrible. Un dolor que supera al ya insoportable de “21 gramos”. Y me gustaría saber transmitirlo sin recurrir a tópicos ni a lugares comunes, pero me es imposible. La película de Alejandro González Iñárritu pertenece a la categoría de lo intangible. De lo que no se puede explicar.

¿Cómo podría hacer entender a los que se largaron de la sala mediada la película? ¿Cómo describir la última escena? Una de las mejores escenas finales que he visto en años, puede que en décadas.

¿Cómo agradecer la sutileza del director mexicano a la hora de saber mostrar lo que nadie debe ver ni debe saber? 

Babel es la confirmación de que González Iñárritu tiene el don. Es una adolescente desnuda que mira hacia el vacío creyendo que encontrará la solución de unos problemas que no la tienen. Es un padre que la cubre con su chaqueta y sus brazos porque no sabe qué otra cosa puede hacer para evitar que su hija se rinda. Es un perdido inspector de policía que llora al leer la nota de desesperación que una niña le ha escrito, porque no tiene a nadie más a quien hacerlo. Es una anciana de ojos hundidos que mece una cuna invisible. Es un niño que mata a su hermano pese a haber apuntado en la dirección contraria. Es la indiferencia de un aduanero frente a las lágrimas de una mujer que no entiende el que no la entiendan. Babel es dolor, otra vez. Y ante todo, es esperanza. Entre tanta desesperación, en el universo de Iñárritu siempre hay lugar para la esperanza.

“Babel” es emoción en su estado más puro. ¿Para qué explicarla? No serviría de nada. Quien quiera ver interesados giros argumentales, efectismos o excesos lo seguirá haciendo. Es el riesgo que corren todos aquellos que, como el director mexicano, se exponen de un modo honesto. Aquellos a los que se refirió Fellini cuando habló de los hombres que construyen casas con y sin techos. Unos se protegerán del sol y de la lluvia… Los otros, al anochecer, podrán ver las estrellas.

 

Último posteo del año para la mejor película de un 2006 al que le quedan solo unas horas.

Suerte, amor y sobre todo, salud. Ya saben lo que sigue… Feliz año a todos los que alguna vez se perdieron por aquí.  

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Habría puesto una de esas encuestas que adornan todo blog elegante que se precie. Obviamente, aquí estaría fuera de lugar. Por no hablar de que nadie votaría, salvo tal vez, el tipo que va preñando hermanas (y ahora también primas… en breve tocaré el tema) que visita mi page casi a diario.

Así pues, me encargaré de nominar y premiar con los premios “¿ES MEDICAMENTE POSIBLE MORIR DE VERGÜENZA?”, también conocidos como Chris Peterson Awards (aunque pueden llamarlos coloquialmente: Bochorno Awards) a las películas y actores que tan estomagantes momentos me han hecho pasar en las salas oscuras en este año que fenece.

PEOR ACTRIZ

ANNE HATHAWAY, su cara de circunstancias “qué coño hago ahora” style y su inenarrable pelucón rubio por “Brokeback Mountain”

SHARON “botox” STONE por “Instinto Básico 2”

ELENA “si yo soy actriz ¿esto es Bélgica?” ANAYA  por “Alatriste”

Y el Bochorno goes to: Elena Anaya… Primer y merecido premio para “Alatriste”

PEOR ACTOR

M. NIGHT SHYAMALAN (por aclamación popular, opinión que no comparto) por “La Jóven del Agua”

VIGGO MORTENSEN y su afonía por “Alatriste”

MATT a que acojono DAMON por “Infiltrados”

Esta vez el Bochorno se lo queda: Viggooo por “Alatriste”. Más que merecido premio para el tipo que hizo creible el que un castellano viejo puede ser interpretado por el bosquimano de “Los dioses deben estar locos” sin que notemos la diferencia.

PEOR DIRECTOR

– Agustín Díaz Yanes por “Alatriste”

Agustín Díaz Yanes por “Alatriste”

Agustín Díaz Yanes por “Alatriste”

Y el Bochorno es para… Difícil decisión: Agustín Díaz Yanes por “Alatriste”. Seguro que se sentirá orgulloso de un premio en el que (generosamente) figura la palabra director en la etiqueta. Es más que seguro que Hoppi (el tarado compañero de trabajo de Peter Griffin) habría conseguido un conjunto más coherente que el logrado por Tano.

Y que buen tipo es Tano ¿verdad, Antonio Gasset?. Lo que confirma el viejo axioma lanzado por Kirk Douglas acerca de Kubrick (ya saben, aquel: “Hay buenas personas que son directores de cine terribles e hijos de puta que son genios… Kubrick es un genio…”)  Nada como tener amiguitos y a la mierda la integridad.

PEOR PELÍCULA DEL AÑO (Premio especial – “¿Cuándo coño acaba esto?”)

INFILTRADOS.  Dura tres horas pero parecen diez.

ALATRISTE. ¿Dónde está el Dr. Kevorkian cuando se le necesita?

HAPPY FEET. Que alguien mate a ese puto pingüino, por Dios!!!

INSTINTO BÁSICO 2. Toma el dinero, enseña las tetas y corre… Sharon

LA JÓVEN DEL AGUA. De nuevo a petición popular (razzies rules). Conste que para mí es casi perfecta.

Y el Bochorno especial es para… No lo creerán: ALATRISTE Qué gran noche para tan gran coñazo. Más que merecido, sí señor.

Finalmente se entregará el premio especial al momento más embarazoso del año.

MOMENTO MÁS EMBARAZOSO DEL AÑO (aka “Vergüenza ajena ¿eso que es?”)

– ANITA OBREGÓN leyendo los índices de audiencia de su megaguay ¿serie? “Ellas y el sexo débil”    

Perdón, ha habido un error. Los truños televisivos tienen sus propios galardones.

Empecemos de nuevo…

– La batalla final de lanceros de “ALATRISTE”. Qué momento señores. Solo faltó que los lanceros dijeran “huy!!… ay!!” para que la escena pudiera formar parte de la gloriosa “Men in Tights” de Mel Brooks.

– Montxo Arméndariz por su encomiable labor al aguantarse la risa (a duras penas) tras pronunciar el nombre de “Alatriste” como pre-nominada a los Oscars en representación de la academia española.

– La majestuosa aparición de Paco (sí, Paco. El poli nulo de la serie de Antena 3) bien sustentado por varios porteadores, cual bwana blanco, en pleno campo de batalla de Rocroi. Pura épica. Qué diálogos. Qué porte. Qué risa…

– Cada una de las olvidables apariciones de Juan Echanove, caracterizado como Francisco de Quevedo, portando unas indescriptibles gafas compradas en cualquier tienda de todo a un euro, y a las que previamente se retiró la nariz y el bigote de plástico que llevaban de fábrica. Un doloroso esfuerzo del equipo de atrezzo. Aplausos.

– El mágico momento en el que a Viggo Mortensen se le cae el bigote en plena discusión con otro tipo. Me pregunto ¿qué pensaría Tano en aquel momento?: “¿para qué rodar otro plano? Acaso no hemos rodado la batalla de Rocroi con veinte extras y un tambor y ha colao”… Bien hecho, chicos. Ed Wood Jr. se sentiría orgulloso de vosotros.

Y el premio es para: Las gafas de coña de Echanove/Quevedo… Bravo!! Aunque he de reconocer que se lo podría haber llevado cualquiera de los nominados.

Es todo. El año que viene no habrá más. La Antártida se deshiela por momentos. Sean buenos y hagan caso a Al Gore… Un tipo sano, él.

Pues eso. Por pedir…

Se trata de seguir las instrucciones de Catherine Deneuve, así de fácil…

Cuando vi “Piel de Asno” por primera vez tendría seis o siete años. Entonces me importaba bien poco si Jacques Demy perteneció a la Nouvelle Vague o fue un simple adosado (a los que piensan esto último les recomiendo que vean “Los paraguas de Cherburgo”. Cambiarán de opinión). 

Tampoco sabía quién era la impresionante mujer que cocinaba aquel pastel de amor mientras cantaba en una lengua extraña cubierta por la piel de un asno. Preferí dejarme llevar por la bellísima canción de Michel Legrand y compartir mis primeras fantasías (románticas, porque con esa edad otra cosa como que no) junto a la Deneuve a su hipnótico compás.

Lo más curioso es que cuando la volví a ver, no hará ni dos años, volvio a darme igual todo aquello. Simplemente me dejé absorver por escatológicas brujas, reyes de reinos de cartón-piedra, principes y hadas madrinas anacrónicas (no se pierdan como se desplaza la maravillosa Delphine Seyrig).

Por un par de horas todo volvió a ser como cuando tenía seis años… Sólo espero que dentro de siete u ocho años, cuando la vuelva a ver, siga sufriendo el mismo efecto secundario. Sería buena señal… Por aquello de mantener cierto grado de inocencia, digo yo.

Gracias infinitas a Mycroft por este fantástico regalo, del que pueden disfrutar abajo, bajo el título de “Campanas de Navidad”. Un cuento repleto de referencias (gracias antárticas por lo que me toca) que deberían imprimir para leer sin el agobio de una pantalla afilandoles los ojos. Les aseguro que merece la pena echarle un detallado vistazo. 

CAMPANAS DE NAVIDAD
by Mycroft

“I’ll be what I am
A solitary man, solitary man”

Chris Isaak se quejaba amargamente poniendo en marcha el radio despertador. Era casi mediodía y F se levantó hecho polvo. Llevaba dos días de resaca y lo que quedaba por delante. Compartía un piso de estudiantes en la parte vieja de la ciudad, cerca del río. Había estado toda la semana anterior montando fiestas salvajes, pero sus compañeros de piso y amigos comenzaron a desertar, unos agotados, otros alarmados, y finalmente la inminencia de las fiestas se los llevó a casi todos a sus lugares de origen con sus familias. F se acercó a la cocina con la intención de preparar un café, pero vio uno frío del día anterior que había quedado olvidado en el desértico mármol de color blanco. Lo calentó al microondas y le añadió un buen chorro de bayleys para despejar su cabeza.Él había optado por huir de la locura colectiva. Había comunicado a su familia que se quedaba en Valencia para estudiar un examen. Nadie le apremió demasiado, después de lo ocurrido el año anterior.

“-¿Y a Marta que le van a traer sus papas?-dijo inclinándose sobre su pequeña prima de edad indefinida entre cuatro y seis años. Caras de alarma entre los adultos circundantes.

-¿Los papas?-Ha querido decir los Reyes, peque…”

Por supuesto, la había cagado.

A la mierda, no hay nada más triste y más falso que un 25 de diciembre, joder seguro que cuando estaban pariendo a Jesucristo no intuían la parafernalia socioeconómica que se avecinaba. Todavía quedaban dos días para la navidad, pero en la tele ya rezumaba la azucarada falsedad de costumbre.

Encendió un cigarro. Lo sentía por su madre. En cualquier caso no podría enfrentarse a un desenfrenado banquete tras otro para reafirmar el clan familiar, sin pensar en la película de Monty Python en que un hombre come (literalmente) hasta reventar.

De todas formas, aunque procuraba ser el más sobrio, y evitaba cualquier conversación ajena al frío que hacía o el coste de la vida, su ausencia no sería destacable. A veces estando presente se está más ausente todavía.

Y podría beber. Con su familia prefería aparecer sobrio y mesurado (¿Puedo sugerirle, caballero, que si desea un disfraz impenetrable para el baile de máscaras, vaya usted sobrio? Decía un tal S. Foote. Lo leyó en un libro raído de una biblioteca de barrio, escabulléndose del estudio), cuando en realidad últimamente conocía la sobriedad solo de oídas. La realidad es una alucinación provocada por la falta de alcohol, decía otra famosa cita.

Estadísticamente la navidad es la época del año indicada para los fraticidios.Los divorcios. Las disputas hereditarias. Los “hoy duermes en el cuarto de invitados”. Los suicidios de dos adolescentes japoneses porque no podían comprarse la nueva videoconsola con la que jugando pudieran escaparse un poco de la tarea de vivir.

Se vistió y bajó a la calle. El sol le dañó los ojos. Hoy tenía una cita importante, que podía joderle la vida. Se fue hacia el centro, pero al ver la nueva perfumería que habían abierto en la calle lo pensó mejor. El clima artificioso sacado de “Un mundo feliz” de Huxley, con sus personajes alienados comprando cosas que creen que quieren pero que no necesitan, como ratones en un laberinto siguiendo el sendero de un queso que resulta ser falso, entre guirnaldas, adornos, abetos, estrellas, luces, más putos abetos, escaparates bombardeados de purpurina, figuras de belén con carteles anunciando la próxima apertura de un Starbucks, confeti, absurdos personajes mitológicos con sacos llenos de regalos cuya factura te llegará el mes que viene, todo aquello le echó para atrás. Tomó la tienda de perfumes como la avanzadilla de una guerra abierta entre las zonas comerciales del centro y de las afueras, y su zona intermedia, barrio antiguamente de las afueras que con la expansión de la ciudad había quedado casi céntrico, a la vera del río convertido en parque, del parque convertido en monumental complejo turístico, arruinado por Calatrava.

Esa gran cadena de tiendas de perfumes era el cáncer que había olfateado una nueva y relativamente sana célula de calles viejas atestadas de pequeños comerciantes. F. había crecido en aquellas calles de fachadas planas, viejas y feas, aunque su familia se había largado él se quedó, rezagado, incapaz de acabar sus estudios pero aún más incapaz de dejar aquel barrio.Decidió llamar a N, su vecino. Era un joven que había protagonizado algunas noches sonadas, y los excesos se habían cebado con su rostro, prematuramente castigado. Era su contacto para conseguir un poco de marihuana. Tenía que sobrevivir de algún modo a aquello.

Bajó y quedaron un poco lejos de la finca común para no despertar suspicacias entre los vecinos, ni de la familia del chaval. La conversación comenzó coloquial, pero derivó hacia caminos extraños.

Tras hablar un poco de las vacaciones y del frío, de marcas de cerveza, de vecinas con las que merecía la pena coincidir en el ascensor… y completar la transacción, surgió una cuestión insospechada:

N- ¿Y sigues escribiendo?

F- ¿Eh? Tú cómo sabes eso…

N- Leí el relato que escribiste en el instituto. Ruló por todas las clases, incluso las de los más pequeños como yo.

F- No lo sabía…

(F escribió un relato literario para un concurso estando en COU. El contenido alarmó tanto a profesores y padres que por recomendación del centro comenzó a ir a terapia psicológica)

N- Estaba de puta madre. Se acabó filtrando cuando te expulsaron. Alguien lo robó del despacho del director.

F- La verdad, fue todo un poco excesivo… Algo he escrito desde entonces, pero hace tiempo que no lo retomo.

N- Tienes que hacerlo. En serio-Sonrió maliciosamente como solo N sabía hacerlo, como quién conoce tu más jodido secreto. F se estaba cansando de la conversación.

F- Si te gustó deberías leer algo de Easton Ellis, aunque por entonces no sabía quién era… es mucho mejor que mi “Virtuoso de la Violencia”. En esa época leía mucho a Kafka-en ese momento pensó ¿Estoy hablando en serio de Kafka con mi camello? ¿Sabrá este tipo con camiseta de Limp Bizkit y gorra roja, quién es Franz Kafka? ¿A dónde vamos a llegar?- Creó que quería hacer algo importante pero acabó siendo un batiburrillo pesado y paranoico. Una mezcla de “El proceso” y Expediente X. Y bueno, claro, la Naranja Mecánica sobre todo…

Me tengo que ir, nos vemos…

F se alejó. No quería hablar de aquella época de su vida en que todos empezaron a pensar que iba a enloquecer, decidieron medicarlo de un modo brutal, y acabó enloqueciendo por ello. Hubo incluso momentos desesperados en que creía que Michael Stipe, el cantante de R.E.M., había pinchado su teléfono y pensaba seguirle. Así de loco acabó (aunque en seguida lo pensó mejor… ¿

Qué tenía Stipe contra él…? Solo era un empleado de la Telefónica que se le parecía asombrosamente).

Se dirigió al centro comercial en dónde un amigo estaba trabajando. Promocionaba una famosa marca de telefonía móvil cuyas consignas habían sustituido las referencias religiosas en el imaginario colectivo navideño.

Repetía eslóganes, disfrazado de mago, junto a unos carteles en el que podía leerse el lema “La Antártida empieza aquí”. Le acompañaban dos chicas más jóvenes, de unos dieciocho años, vestidas precariamente de “hadas” pasando un frío de muerte. Una de ellas se había sometido a varias operaciones quirúrgicas de estética. Saltaba a la vista. Uno puede intuir si un pecho anteriormente fláccido había sido manipulado. Tal vez un regalo de reyes. F. no era quién para juzgar, él se pedía botellas de McCallan.

Le visualizó y se acercó:

Hola mamarracho-saludó- ¿De qué vas, de Duende Verde?

De mago. Si te pasas de listo te convierto en asno, aunque para eso no hace falta mucha magia…

Su amigo se llamaba H. Tenía una nariz picuda, tez asombrosamente bronceada, facciones duras pero estilizadas, pelo engominado y tieso formando pequeñas estalactitas… Habían crecido juntos y había un entendimiento natural entre ellos. Además para él la navidad solo era una oportunidad de volver a ver alguna que otra película de Chevy Chase. Estaban en el mismo barco (uno que se hundía).

Le contó que al acabar la jornada su supervisor montaba una fiesta, que las hadas acudirían, que eran unas chavales estupendas, aunque un poco pavas…

Narró la epopeya de vender falsa ilusión patrocinada por una firma comercial. La gente le rehuía, se apartaban de su ruta, le miraban, señalaban, se reían, murmuraban…

Era un símbolo ambulante, un monstruo del inconsciente colectivo, con su casaca roja imitación de Papá Noel, bajo la cual se escondía una persona.

Estaba obviamente fumado. No sabía si dar crédito a sus palabras respecto a su afirmación de que dos hombres trajeados le habían preguntado por el propio F.

Ah, y para la fiesta de nochevieja, no podré ir- se excusó H.- pero me he encontrado a tu amigo Martin Eden, y no andaba muy animado. Sus cuentos no se están vendiendo muy bien, y me da la impresión de que tampoco tiene mucha compañía esta navidad…

Pues ya me tiene a mí. Y a mi colección de cervezas – añadió F.

Es que me ha surgida algo con las hadas -murmuró sotto voce H.-, pues las chicas no andaban lejos y continuaban acercándose a la gente para comerles el tarro. F. temía lo peor y se imaginó solo y borracho aquella noche, esperando las “campanadas a medianoche” de las que hablaba Orson Welles con palabras prestadas por Shakespeare.

¿Sabes? Con ese traje pareces Billy Bob Thornton en Bad Santa.

¿Nadie te ha dicho nunca que eres un cabronazo?

Continuamente. Yo también te aprecio, H.

Son insectos -afirmó H. cambiando de tema, haciendo un ademán con la cabeza hacia la multitud que deambulaba por los pasillos del complejo comercial. Aquella errática manada provocaba estupor, buscando un objeto, un item definitivo, que les diera una pequeña porción de una felicidad que no llegaba, a un módico precio. Ellos no poseían los objetos, sino que eran poseídos por aquello que compraban. Chocaban unos con otros, y se miraban aturdidos evitando visualizar los ojos del otro.

En el hilo musical sonaba irónicamente “The Winner takes it all” de ABBA.

En aquello se había convertido la jodida fiesta. Una celebración pagana reverenciando al vacío.

Si miras al abismo, el abismo acaba devolviéndote la mirada… Tal vez la Navidad solo era el reflejo en el espejo de nuestra propia ruina moral.

Son muertos vivientes, esto es una epidemia a nivel nacional -dijo F.- Aunque si se contagia por transmisión sexual, estamos a salvo. Ya nos veremos, hoy es el día.

Ah sí, tu encuentro con tu padre, ¿cómo lo llevas?

Mal. Ya no vemos, ya te contaré…-F. se alejó. Aquella herida aún dolía.

Había quedado con su padre biológico, en el aeropuerto. Iba a conocerlo. No le había dicho nada a su madre. No sabía qué esperar de aquel desconocido, cuya ausencia había planeado sutilmente sobre su vida hasta que había conseguido deshacerse de aquel fantasma en particular. Y ahora volvía. Y se daba cuenta de que nunca había desaparecido aquel agujero en su maldito corazón. Mierda.

Al salir contempló como la gente miraba con ojos fríos un amasijo de mantas y carne humana, tendido en el suelo sobre un colchón. El ayuntamiento de Valencia había cerrado dos refugios, y los miserables ya no solo ocupaban los puentes del río, sino que literalmente anidaban dónde podían.

Pero has de sonreír, has de sonreír, has de sonreír. Es obligatorio aparentar felicidad en esta época, no importa si estás enfermo, si te estás muriendo, si estás solo en el Hospital con las manos frías, la mirada perdida y una sonda drenando tus tripas.

No importa si los bomberos han derribado la puerta con un hacha para comprobar que tú, un anciano olvidado y solitario, sigues vivo. No importa si tu padre esquizofrénico ha dejado la medicación y grita que le queréis matar, y pega a tu madre con el puño cerrado, nada de eso importa porque es Navidad y hay que ser feliz o parecerlo.

Una niña le pregunta a su padre señalando al mendigo ¿Papá, que le pasa a ese señor?

Que ha sido malo, este año no tendrá regalos. El padre contempla al objeto de su desdén desde la distancia, con frío en su corazón.

F. recuerda una película en que la gente comenzaba a morir inexplicablemente. Era algo del corazón, les pasaba a las personas solitarias y tristes, amargas y sin ilusión. Los transeúntes se habían acostumbrado a ver cuerpos derribados en la calle por la extraña y mortal enfermedad de la tristeza, y pasaban como si nada, incluso por encima de los cuerpos, sonriendo, siguiendo con la conversación.

F. temió por su corazón.

Pasó junto a una librería, y entró para ojear los volúmenes más baratos. Sin embargo un libro le llamó la atención. Se titulaba “El Virtuoso de la Violencia” como aquello que escribió en su juventud. Lo sostuvo incrédulo entre las manos, mirando la portada (una ilustración de Delacroix). Desvió la mirada a un lado y a otro, seguro de que debía tratarse de una broma. De pronto el peso del libro entre sus manos se aligeró hasta desparecer. Cuando volvió a dirigir la mirada hacia ese punto, sencillamente el libro ya no estaba, se había evaporado. El montón del que lo había cogido era un puñado de novelas de bolsillo de Sutter Kane, y un ejemplar de “Confesiones de un artista de mierda” de Philip K. Dick.

Estaba alucinando. De pronto recordó esa sensación de no tener los pies en la tierra, de que la realidad comenzara a fallarte. Pero aquello lo había solucionado hacía tiempo, joder.

Salió a toda prisa de allí y decidió que ir a correr un rato le calmaría. Necesitaba centrarse y no perderse en las difusas fronteras de la paranoia. Sin embargo recordó una frase. De Burroughs.

“Que seas paranoico no significa que no vayan a por ti”.

Hacía tiempo que tenía la impresión de que un tipo vestido de Armani y cierto parecido con el actor Christian Bale le estaba siguiendo. Rió nerviosamente. Y echó a correr.

En un par de calles lo había perdido. Falsa alarma. Tenía que calmarse, era solo el nerviosismo. Demasiado café aderezado con alcohol. Demasiados canutos. Tocaba hacer deporte. Tranquilizarse.

Fue a su casa y se cambió. En unos minutos estaba en el río, calentando. Por lo general prefería ir a correr al anochecer, para cuando acababa comenzaban a distinguirse los astros y él pensaba que lo que respiraba apresuradamente no era aire, sino el mismísimo firmamento estrellado. Pero empezaba a hacer demasiado frío para eso.

Era un adicto. Dopamina, adrenalina, endorfinas, opiáceos y demás drogas endógenas que segregaba el cerebro.

También era adicto a otra cosa. Solía dar vueltas a un mismo trayecto del río, un trayecto que formaba un rectángulo. En muchas ocasiones se encontraba haciendo casi el mismo trayecto, pero en sentido contrario, a una chica cuyos ojos le hechizaban. Corría más deprisa y más tiempo solo por volver a mirarla, y acababa agotado y un tanto decepcionado de no ser capaz de acercarse a ella y decirle algo.

Volvió a ocurrir esta vez. Se la encontró dos veces, de frente (la primera vez sonaba “Hapinnes is a Warm Gun” de los Beatles en su mp3. La siguiente vez, “Love me, please love me” de Polnareff). A la siguiente vuelta, ya no estaba. Mierda.

Estaba pasando por debajo de un puente, junto a un improvisado campamento de inmigrantes y demás infraseres al borde de la nada, cuya existencia todos estaban intentando negar cerrando los ojos con fuerza, con mucha mucha fuerza.

En ese momento pisó mal y se torció el tobillo. Cayó y quedó tendido en el borde del camino adoquinado a cuyos lados se erigían hornillos, colchones, y precarias parodias de viviendas hechas de cartón.

En un momento se vió rodeado de extraños que lo contemplaban desde la lejanía de un desierto del alma, el desierto de quién ha perdido su hogar, docenas de Ulises atrapados por Circe.

Era consciente de lo lejos que quedaba su casa río abajo, y de que tendría que esperar a que el dolor desapareciera. Le ayudaron a ponerse en pie, y buscaron a un mendigo que hablaba español.

Era un rubicundo alemán, con barba y nariz roja. Apestaba a vino, pero le ayudó y le llevó a un banco del parque. Lo depositó allí, y se fue a buscar su carro, repleto de cachivaches. Regresó con él.

¿Cómo estás chaval?

Mejor, si no es por ustedes. Muchas gracias.

Para que veas, y nos tienen aquí pelándonos el culo de frío -sonrió- Me llamo Gulliver Foyle, y soy inventor- dijo con un deje de orgullo.

F. supo al instante que aquella conversación no iba a contribuir a su paz mental. F. se presentó, mientras miraba el campamento improvisado, sintiendo la dureza de sus sentimientos: aquello parecía otro planeta, tan alejado de su mundo, que no sentía (no era capaz de sentir) nada.

Ningún tipo de empatía o sentimiento. Recordó el relato de Dickens y la versión que protagonizó Bill Murray, “Los Fantasmas atacan al jefe”. ¿Se había convertido él mismo en un bastardo como Scrooge?

Lo curioso era que ya había pensado en otra película de Bill Murray aquella misma mañana.

¿Ha leído este libro?- Le preguntó Foyle, enseñándole un viejo y desgastado volumen titulado “La filosofía de los viajes en el tiempo” de una tal Roberta Sparrow.

No, no me suena.

Puedo viajar en el tiempo -rió Foyle- podría evitar que te torcieras el tobillo…

En ese momento un chaval de unos dieciséis años que había estado merodeando junto a otro muchacho por alrededor se abalanzó hacia el carro de Foyle con la intención de robarlo. F. reaccionó sorprendentemente, poniéndose de pie y empujando el carro contra el ladrón con fuerza, haciéndolo caer, para una vez en el suelo acercarse cojeando y retorcerle un brazo.

¿No te da vergüenza robar a un pobre viejo indefenso?

Lo retuvo, mientras su amigo, que no había intervenido, los amenazaba de lejos. Pasó un rato y llegó una patrulla en bicicleta, alertada por alguien. En ese momento el tipo que se mantenía a distancia decidió huir.

Explicó la situación, y tras un rato de declaración, se llevaron al joven.

Muchas gracias, si algún día necesitas viajar en el tiempo no dudes en decir las palabras mágicas -dijo Foyle, mientras susurraba una especie de mantra. Estaba evidentemente perturbado.

F. regresó cojeando a casa. Tenía el tiempo justo para ducharse, cambiarse, e ir al aeropuerto.

De camino a casa vio a un hombre que tocaba villancicos con un violín en la calle. Le entraron ganas de estampar el instrumento contra una pared. Se parecía mucho a su propio profesor de música. Recordaba unas navidades en que debía tocar en el “Palau de la música”. Su profesor le había atormentado y forzado, le gritaba que no estaba preparado, que era un perdedor, que era estúpido. Le hizo llorar. Él solo era un niño. No fueron unas buenas navidades. Se cayó del programa del concierto, asistió de espectador, y aquella noche soñó que un bombardero arrasaba el “Palau” y las enormes cristaleras levemente esferoides salías disparadas como metralla, saltando por los aires, expedidas con fuerza, como disparos de cristal, brillando a la luz del atardecer, estallando…

Le pareció ver al tipo que se parecía a Christian Bale frente a su edificio. Subió rápidamente en el ascensor sumamente alarmado, confuso y aturdido. Decidió fumar un poco de hierba antes de irse al aeropuerto.

Condujo hacia Manises con sensación de terror en el estómago. No sabía qué esperar. No quería ser un sentimental. Reuniones familiares por navidad. Qué tópico. Sin embargo era algo que tenía que hacer. Cuando llegó al aeropuerto, una multitud con carteles bramaba y se desgañitaba. Los habían dejado en tierra, al quebrar su compañía aérea. Algunos habían ahorrado años para pagar el billete. Otra de las formas de pasar las fiestas que escapa a lo habitual.

Había quedado en la cafetería. Tenía una fuerte sensación de Deja Vu. Sonrió entre dientes recordando a Bruce Willis en “12 Monos”. Intentando huir, sin ninguna posibilidad ante la paradoja temporal en que estaba atrapado.

En ese momento le cogieron el brazo desde atrás. Se giró. Era el hombre que se parecía al Christian Bale de “American Psycho” con pinta de ejecutivo triunfador, elegantemente pertrechado.

Le acompañaba un tipo con pinta de mormón de esos que predican por las calles, también encorbatado.

Señor F., debemos hablar con usted. Es un asunto oficial.

¿Es por lo del mendigo? Solo trataba de ayudar. Ya sabe, espíritu navideño.

¿Mendigo? Me temo que no es consciente. Hemos venido a ayudarle con algo. Un problema del que tal vez no se ha percatado– Christian Bale frunció el ceño, no parecía saber cómo explicárselo.

Se trata de la continuidad… ¿Ha leído el “Cuento de Navidad” de Dickens? Nosotros venimos a ser, mmmm, los “fantasmas de las navidades futuras”…

-¿Pero de qué coño va esto…?

En ese momento sintió un dolor punzante. Alguien se había acercado por detrás. Era un carterista que aprovechaba el caos y el tumulto del aeropuerto para mangar. Pero era también el compañero del chaval que había intentado robar al viejo mendigo. Le clavó una navaja en el jodido hígado. De pronto los ruidos se hicieron más sordos. Estaba de rodillas. Estaba tumbado. Ya casi no oía a Raphael cantar la canción de Wham en el hilo musical del aeropuerto.

Supuso que su padre pensaría que no había acudido a la cita. Que no quería conocerle, que solo lo había citado para vengarse, para causarle dolor.

Pensó que debía haberle dicho algo a la chica que corría todos los días en dirección contraria. Que las palabras que no había dicho le quemaban en la boca. Pensó en su familia, observando el teatro de sombras chinescas del televisor, junto al fuego, refugiándose los unos en los otros para sobrevivir a diciembre.

Pensó en la película de Bill Murray. La película de Bill Murray, recordó. Dijo unas palabras, las palabras que Gulliver Foyle le había enseñado. Es una tontería, pensó…

Oyó al tipo que parecía Christian Bale hablar como de muy lejos:

Creo que no hemos deshecho el bucle

bucle

bucle

bucle

bucle…

“I’ll be what I am
A solitary man, solitary man”

Chris Isaak se quejaba amargamente poniendo en marcha el radio despertador. Era casi mediodía y F se levantó hecho polvo. Llevaba dos días de resaca y lo que quedaba por delante.

Y una canción de Navidad… La mejor, al menos para mí. Incluída en la película “Cita en Saint Louis” (elegida, no hace mucho, por algunos iluminados como mejor película musical de siempre).

Si no se emocionan mínimamente al escucharla mientras un soldado decora un árbol de navidad con granadas de mano, mi enhorabuena; Han logrado el objetivo de toda persona mayor de 15 años con respecto a estas fechas: La inmunidad.

Feliciten a Mycroft, que lo merece y Merry Fucking Christmas para todos, que diría el Sr. Garrison.

… pero Grady sí. Grady lo sabe.

Hará unos seis años, mi hermano mayor y su esposa vivían como a diez minutos de mi casa. En su no demasiado extenso piso, había una habitación con grandes ventanales por los que entraba la luz incluso cuando el sol casi se había puesto. Le visitaba, con cualquier pretexto, al menos dos o tres veces por semana. Allí, en aquella pequeña habitación habilitada como una especie de sala de juegos (ordenador, libros, dardos) leí “El Péndulo de Foucault”. También, entre otros, aquel cachondo libro escrito por un falso monje budísta que tanta fama adquirió en los años setenta.

Y por alguna razón, aquella confortable habitación siempre me recuerda al despacho Grady, el confuso profesor universitario protagonista de “Wonder Boys”.

Grady solo quería pasar un fin de semana de acción de gracias tranquilo. Fumaría algo de hierba y trataría de hacer progresar su eternamente inacabada segunda novela. Pero los planes nunca se dan tal y cómo deseamos.

Grady (Michael Douglas) convive con Hannah (Katie Holmes, cuando prometía ser lo que no ha sido… ni será, me temo), alumna veinteañera enamorada de él que ha hecho realidad la fantasía de todo edípico al conseguir alquilar una habitación en la misma casa de su objeto de deseo y que aprovecha sus ausencias para dormir en su cama, arropada por las páginas de su inacabado manuscrito. Ya en la cincuentena, Grady supera la tentación del romance intergeneracional gracias al profundo amor que siente hacia su novia, Sara (Frances McDormand). Amor que le hará echar a correr en cuanto la sombra del compromiso asome su fea cara en forma de inesperado embarazo.

En el accidentado fin de semana de Grady se cruzará James (Tobey Maguire, en un papel mucho más ajustado a su sombría presencia que el superhéroe en mallas que le ha dado la fama), talentoso alumno con tendencias suicidas además de mentiroso compulsivo, cuya arraigada sensibilidad le induce al llanto a la mínima oportunidad.

Una fiesta, una chaqueta que perteneció a la princesa judía, un perro muerto por accidente, un tipo negro con malas pulgas llamado Vernon… o tal vez no, un hedonísta editor (qué grande Robert Downey Jr.) dispuesto a todo y una camarera de intensa aura y hombros del tamaño adecuado, escoltarán la caída a los infiernos de Grady. Paso previo y necesario para levantarse.

Fue una de las mejores películas del año 2000, sino la mejor. Curtis Hanson engañó al destino una vez más y nos hizo creer que su talento no tenía límites. Steve Kloves volvió a firmar un guión muy rico, a la altura del de “Los fabulosos Baker Boys” (fijense, per example, en los detalles aparentemente nímios… por ejemplo en los pequeños “accidentes” que jalonan la peripecia de Grady a lo largo de la película, la nada azarosa inclusión de pedazos de la magistral versión firmada por Albert Lewin de “El retrato de Dorian Gray” o la impotente figura de Grady frente a un folio en blanco). Un par de portentosas canciones de Dylan, probablemente interpretadas en estado etílico, que nos hacen recordar por unos minutos lo que fue. Incluso, por salir bien, hasta la lluvia interminable de Pittsburgh concedió treguas cuando fue necesario hacerlo.

Diluviaba del mismo modo en que lo hace durante gran parte de la peli cuando salí del cine en que la vi. Recuerdo que, tomando unas cervezas, comenté con el amigo que me acompañaba lo mucho que me recordaba el despacho de Grady a determinada habitación de la casa de mi hermano…. No mucho después, la vendió. Ahora vive más lejos, en una casa más amplia y sin grandes ventanales…

Y creo que echo de menos aquella época. Eso o es la jodida melancolía navideña que está haciendo efecto desde hace unos días.

En fin… Qué gran película, “Wonder Boys”.  

En la revista PREMIERE, algo así como el Fotogramas yankee, son muy aficionados a las gililistas…

Las tienen de todo tipo: Las estrellas más sexies, Las películas imprescindibles, Los personajes más poderosos… Ellos se divierten así, que se le va a hacer. A la masa le gustan las listas y alguien debe proporcionales su ración de opio.

Toda lista es un error en sí misma, por muchas y farragosas razones que sobra enumerar. Y es que algunas se las traen… Echen un vistazo a ésta: 

LAS 20 PELÍCULAS MÁS SOBREVALORADAS DE LA HISTORIA

CHICAGO

El mayor acierto de la lista, y casi el único. Tostoncete en clave revival que se cree innovador pese a su poco disimulado olor a naftalina. Solo los crujidos de Gere a la hora de bailar tienen cierta gracia.

Enhorabuena… Habeís acertado una. Unbelievable!!

CLERKS

Inofensiva bobada que pasará a la historia por el chiste de la mamadas de la novia de Dante.

No vale mucho, la verdad. Y con el tiempo aún menos. Claro que comparada con la onanista segunda parte es una obra capital.

2 de 2.

FANTASÍA

En cualquier caso, la película de Disney debería estar en la lista antagónica a esta. Ganó algún Oscar en su día, pero no la vieron ni los academicos que la votaron. Peor para ellos. Se perdieron una obra maestra adelantada a su tiempo.

La cagasteis.

CAMPO DE SUEÑOS

Te puede gustar o no Kevin Costner. Puedes odiar el baseball, deporte marciano como ninguno. Seguro que aborreces la tormenta de buenos sentimientos que arrecia en la granja reconvertida en diamante… De acuerdo. Pero es innegable que esta película funciona. Y a toda máquina, además.

Perdiendo facultades… 2 de 4.

CARROS DE FUEGO

ANATEMA!! Pero quién puede negar la poética grandeza de la única peli buena de Hugh Hudson. Por Dios. Empiezo a creer que para hacer esta lista se han basado en las películas afortunadas de directores (luego) caidos en desgracia. Y menuda caida la de Hudson… Ni el Coyote se pegó tal sopapo.

Buen ojo, sí señor. Donde estén las películas de Shaquille O’Neill que se quiten estas pijadas britanicas ¿verdad?

EL INDOMABLE WILL HUNTING

Para considerar sobrevalorada a una película, primero debería haber sido valorada, digo yo. Y es que el este extraño híbrido solo sirvió para premiar a Robin Williams con un Oscar por repetir el papel de la sobresaliente “El club de los poetas muertos”, además de agasajar a Damon y Affleck con unos (inmerecidos) honores que ni en sus mejores sueños…

Ay Gus, Gus… Y lo peor estaba por llegar.

3 de 6

FORREST GUMP

Lo cierto es que siempre he pensado que el director no fue consciente de la película que hizo. Pero Zemeckis es muy bueno, por mucho pan y sal que le niegen los puretas. Ha firmado algunas de las mejores películas palomiteras de los últimos 30 años. Y tal vez por eso, por el tono ligero que imprime a su obra, su maravillosa “Forrest Gump” nunca ha sido tratada con el respeto que merece. 

Mal, mal… Nuevo y gordo error.

JULES Y JIM

juas juas juas… En fin.

HORREUR!!!

UNA MENTE MARAVILLOSA

Vaya, esto les sirve de redención. Ron Howard, maestro de la nada, filmó la película que los academicos querían ver para poder premiar de una vez su aséptica carrera.

No hay emoción, ni pasión, sencillamente porque Howard no sabe narrarla. De poco sirvió que Russell Crowe se dejara el alma y las cejas en una interpretación memorable que le valió un Oscar. Otro más destinado a personajes con alguna deficiencia física, mental o “social”.

Aquí lo han clavao. Bravo!! 

MONSTER’S BALL

Bufff… Película difícil de clasificar. Todas sus buenas intenciones, que son muchas, se pierden debido a una narración torpe y a un desdén por los detalles impropio de su meticuloso director, Marc Forster. O es que hubo alguien que no se pasó la película entera preguntandose de dónde coño había salido el niñosaurio que supuestamente es hijo de Halle Berry. Porque de su útero seguro que no…

Lo dejamos en el limbo.

HECHIZO DE LUNA

Norman (quiero y no puedo) Jewison, nos encontramos de nuevo.

La película sufre del mal frecuente en la obra de Jewison: Calienta pero no quema. Un quiero y no puedo constante que apunta grandes cosas y entierra otras muchas en su fría realidad. De nada sirvieron los exagerados ademanes de Nicholas Cage ante la frígida presencia de Cher. Curiosamente, el Oscar se lo llevó ella. Para que luego digan que el vudú no funciona.

No sé, no sé… Para mí, un acierto raspado. 

MYSTIC RIVER

¿Seguro que esta lista no está confeccionada en clave cómica? Porque si incluir a la peli del tío Clint es un chiste, es de los peores que he visto.

Cagada en grado sumo.

NASHVILLE

Acierto en grado sumo. Y conste que es de lo mejor que hizo Altman. No digo más. 

Apuntaos una copa a mi cuenta, chicos.

EL MAGO DE OZ

Que un clásico kitsch no sea valorado en su medida, ofende. Y es que cuesta entender por qué una película tan intencionadamente excesiva siga siendo tomada en serio por tantos.

Por cierto. Quien piense que “El mago de Oz” es cursi (pese a la exhibición de crueldad desplegada en su metraje), debería ver la del pingüino; el Equipo A comparada con ella es “Hellraiser”. 

No, no y no.

UN AMERICANO EN PARÍS

De acuerdo en que no es lo mejor de Minelli, ni por asomo. Demasiado ensimismada, algo inconexa. Tiene los suficientos baches como para ser considerada una película menor elevada de rango… Pero es que la partitura de Gershwin es tan buena.

Valeee, esta pase.

EASY RIDER

Juzgar lo que no se entiende es un juego peligroso. Dudo mucho que los que han hecho esta lista tengan idea de lo que es y lo que fue “Easy Rider”. No se trata de dos tipos en moto dando vueltas por un país desestructurado.  Tampoco es la historia de dos hippies zumbandose a todas las tías que se ponen a tiro. Es mucho más… Pero para darse cuenta de ello, primero hay que aprender a ver.

Otro error como este y recibireis un anónimo nada amistoso.

LAS ZAPATILLAS ROJAS

El anónimo está en camino… 

2001: UNA ODISEA EN EL ESPACIO

Lo dicho… Antes de juzgar hay que saber apreciar. Qué torpes por Dios… Si Kubrick viviera gozaría torturando a estos cretinos. O puede que no… ¿Para qué perder el tiempo si la Duvall está cerca?

Craso e imperdonable error.

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

Definitivamente, Victor Fleming no cae muy bien.

A ver… Exactamente ¿cuantas neuronas han perdido estos tíos viendo películas de Pauly Shore? No hay nada peor que negar la evidencia y esta película es una verdad absoluta. Su calidad no puede medirse con varemos al uso al igual que ocurre con El Grito de Munch o el David de Miguel Angel.

Menuda guinda!!! Qué burros…

Ale… Otra porquería de lista para rellenar los minutos de espera en la consulta de un dentista. Al fin y al cabo, para lo que se creó PREMIERE

Ya, ya… imagino que poco…  Pero ya que el Señor Yume ha cometido la temeridad de publicarlo en su page… pinchen aquí:

“El Decálogo de Kieslowski”

… Y si les motiva algún comentario, por favor, háganlo allí. Esto es solo a título informativo.

Otro de esos posteos que a nadie importan, sí. Lo siento, no me siento motivado últimamente. 

A ver… Resulta que debo haber fotografíado los servicios (con frecuencia, no merecen tal nombre)  de cada garito de Madrid y Suburbia que he pisado. Todo comenzó cuando un amigo aprensivo me pidió que entrase antes que él a uno de ellos para comprobar su estado… Por supuesto le engañé, describiendole una ciénaga inmunda como si de un palacio versallesco se tratara. Desde entonces (y dado que siempre llevo la cámara encima) me exigió material gráfico como prueba.

El resto es historia…

Myself: “¿Habeís visto el “tigre”?… Alguien ha escrito esto

J: “¿Y quién coño se dedica a fotografiar cagaderos?”

otro J: “Esa tía de la esquina no deja de mirarme”

Myself: “No he hecho una foto del retrete. Se la he hecho a la pared”

J: “Estoy hasta los huevos de ese puto anuncio”

otro J: “Me está mirando, seguro”

M y S (llegando, tras una visita al baño que confirma la famosa leyenda atribuida a las mujeres): “¿Qué haceis?”

J: “Viendo fotos de cagaderos”

Myself: “Forma parte de un estudio sociológico. En realidad, lo hago por la ciencia”

otro J: “Creo que me está mirando, ¿no creeís?”

M: “Álex, estás enfermo. Y tú, también (a J). Y tú, si te está mirando ¿por qué hay un tío de metro noventa tocándola el culo?”

Myself: “Pues a mí me gusta el anuncio. Si sale Bruce Lee me gusta cualquier cosa”

J: “Ese no es Bruce Lee, es la imagen de una puta campaña comercial que quiere venderte un puto coche”

M (a S.): “¿Tú entiendes algo?”

otro J: “¿Sabéis cómo ha quedado el Barça?”

Note: Los diálogos, excepto el último parrafo, pueden variar levemente.

No, no era una leyenda urbana. Barry White versionó a Joselito en una grabación que fue secuestrada por un comando compuesto por fans del pequeño mercenario liderado por José Manuel Parada.

Imagino que el gran Barry, apesadumbrado por tan traumática experiencia, decidió cambiar de peinado tras tan amargo día, decisión que lamentamos desde la Antártida.

Pasen y vean… Y no se pierdan el acojonante quejío final…

http://www.youtube.com/watch?v=D2–ZDtf8wE

Y si no han tenido bastante, echen un vistazo a la chunga versión del “Dame Veneno” que se marcaron The Beatles.

El entusiasmo de Ringo es impagable, pero no se pierdan a Paul arengando a su entregado público “Olé paya…”.