Inspector Uhl: “Entonces, ¿por qué la hace volver?”

Eisenheim: “Por estar con ella”

Podría parecer que el mayor problema de “El Ilusionista” es el narrar una historia de amor desde un plano secundario, pese a ser el motor que alimenta su desengrasada maquinaria.

Podría criticarse la falta de emoción en cada uno de los planos, el redundante clasicismo de una fotografía virada en sepia, o una puesta en escena que nada aporta y nada transmite, si exceptuamos los excelentes números “mágicos” que pretenden presidir la función por encima de la propia trama.

También se podría cargar contra un final tan deplorable como innecesario, en el que se toma por estúpido al espectador, masticándo, digiriendo y prácticamente defecando una resolución aún más inverosimil que una contextuable explicación paranormal.

Se podría cuestionar si Paul Giamatti dejó el piloto automático activado, si Edward Norton llegó a interesarse realmente por el proyecto, o si la hierática Jessica Biel era la Sophie más apropiada, más allá de su brutal belleza.

Sí, se podría atacar a “El Ilusionista” sin piedad, pero eso significaría menospreciar a un Rufus Sewell poderoso en su papel de Príncipe Leopold, se perderían una docena de momentos dignos de no ser olvidados, además de los etéreos momentos mágicos narrados con estimable economía emocional y solvencia visual que terminan por convertirse en la mayor atracción de la función.

Y lo que es peor… Se perderían diálogos sublimes como el que abre este bobo posteo.

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