… pero Grady sí. Grady lo sabe.

Hará unos seis años, mi hermano mayor y su esposa vivían como a diez minutos de mi casa. En su no demasiado extenso piso, había una habitación con grandes ventanales por los que entraba la luz incluso cuando el sol casi se había puesto. Le visitaba, con cualquier pretexto, al menos dos o tres veces por semana. Allí, en aquella pequeña habitación habilitada como una especie de sala de juegos (ordenador, libros, dardos) leí “El Péndulo de Foucault”. También, entre otros, aquel cachondo libro escrito por un falso monje budísta que tanta fama adquirió en los años setenta.

Y por alguna razón, aquella confortable habitación siempre me recuerda al despacho Grady, el confuso profesor universitario protagonista de “Wonder Boys”.

Grady solo quería pasar un fin de semana de acción de gracias tranquilo. Fumaría algo de hierba y trataría de hacer progresar su eternamente inacabada segunda novela. Pero los planes nunca se dan tal y cómo deseamos.

Grady (Michael Douglas) convive con Hannah (Katie Holmes, cuando prometía ser lo que no ha sido… ni será, me temo), alumna veinteañera enamorada de él que ha hecho realidad la fantasía de todo edípico al conseguir alquilar una habitación en la misma casa de su objeto de deseo y que aprovecha sus ausencias para dormir en su cama, arropada por las páginas de su inacabado manuscrito. Ya en la cincuentena, Grady supera la tentación del romance intergeneracional gracias al profundo amor que siente hacia su novia, Sara (Frances McDormand). Amor que le hará echar a correr en cuanto la sombra del compromiso asome su fea cara en forma de inesperado embarazo.

En el accidentado fin de semana de Grady se cruzará James (Tobey Maguire, en un papel mucho más ajustado a su sombría presencia que el superhéroe en mallas que le ha dado la fama), talentoso alumno con tendencias suicidas además de mentiroso compulsivo, cuya arraigada sensibilidad le induce al llanto a la mínima oportunidad.

Una fiesta, una chaqueta que perteneció a la princesa judía, un perro muerto por accidente, un tipo negro con malas pulgas llamado Vernon… o tal vez no, un hedonísta editor (qué grande Robert Downey Jr.) dispuesto a todo y una camarera de intensa aura y hombros del tamaño adecuado, escoltarán la caída a los infiernos de Grady. Paso previo y necesario para levantarse.

Fue una de las mejores películas del año 2000, sino la mejor. Curtis Hanson engañó al destino una vez más y nos hizo creer que su talento no tenía límites. Steve Kloves volvió a firmar un guión muy rico, a la altura del de “Los fabulosos Baker Boys” (fijense, per example, en los detalles aparentemente nímios… por ejemplo en los pequeños “accidentes” que jalonan la peripecia de Grady a lo largo de la película, la nada azarosa inclusión de pedazos de la magistral versión firmada por Albert Lewin de “El retrato de Dorian Gray” o la impotente figura de Grady frente a un folio en blanco). Un par de portentosas canciones de Dylan, probablemente interpretadas en estado etílico, que nos hacen recordar por unos minutos lo que fue. Incluso, por salir bien, hasta la lluvia interminable de Pittsburgh concedió treguas cuando fue necesario hacerlo.

Diluviaba del mismo modo en que lo hace durante gran parte de la peli cuando salí del cine en que la vi. Recuerdo que, tomando unas cervezas, comenté con el amigo que me acompañaba lo mucho que me recordaba el despacho de Grady a determinada habitación de la casa de mi hermano…. No mucho después, la vendió. Ahora vive más lejos, en una casa más amplia y sin grandes ventanales…

Y creo que echo de menos aquella época. Eso o es la jodida melancolía navideña que está haciendo efecto desde hace unos días.

En fin… Qué gran película, “Wonder Boys”.  

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