En Tokyo hay una adolescente que ha cerrado todas las vías de salida pero mantiene abiertas unas compuertas de acceso que nadie quiere traspasar

Y un padre que se encierra en habitaciones oscuras tratando de entender el silencio en el que se ahoga su hija

Lejos de allí, hay un matrimonio norteamericano al que la fatalidad visita con frecuencia

Y dos niños abandonados en el desierto que no entienden porque a otros les resulta divertido descabezar gallinas 

En Babel hay otros niños, no mucho mayores que aquellos, en otro lugar. Niños marroquíes que juegan a matar gente

Y un guía turístico que acepta recibir cada golpe que le es lanzado devolviendo compasión a cambio

También hay una mujer mexicana que recorre el desierto con zapatos de tacón, traje de fiesta y lágrimas que no ocultan su error… su único error. Uno más, en el caso de su sobrino

En Babel hay un dolor terrible. Un dolor que supera al ya insoportable de “21 gramos”. Y me gustaría saber transmitirlo sin recurrir a tópicos ni a lugares comunes, pero me es imposible. La película de Alejandro González Iñárritu pertenece a la categoría de lo intangible. De lo que no se puede explicar.

¿Cómo podría hacer entender a los que se largaron de la sala mediada la película? ¿Cómo describir la última escena? Una de las mejores escenas finales que he visto en años, puede que en décadas.

¿Cómo agradecer la sutileza del director mexicano a la hora de saber mostrar lo que nadie debe ver ni debe saber? 

Babel es la confirmación de que González Iñárritu tiene el don. Es una adolescente desnuda que mira hacia el vacío creyendo que encontrará la solución de unos problemas que no la tienen. Es un padre que la cubre con su chaqueta y sus brazos porque no sabe qué otra cosa puede hacer para evitar que su hija se rinda. Es un perdido inspector de policía que llora al leer la nota de desesperación que una niña le ha escrito, porque no tiene a nadie más a quien hacerlo. Es una anciana de ojos hundidos que mece una cuna invisible. Es un niño que mata a su hermano pese a haber apuntado en la dirección contraria. Es la indiferencia de un aduanero frente a las lágrimas de una mujer que no entiende el que no la entiendan. Babel es dolor, otra vez. Y ante todo, es esperanza. Entre tanta desesperación, en el universo de Iñárritu siempre hay lugar para la esperanza.

“Babel” es emoción en su estado más puro. ¿Para qué explicarla? No serviría de nada. Quien quiera ver interesados giros argumentales, efectismos o excesos lo seguirá haciendo. Es el riesgo que corren todos aquellos que, como el director mexicano, se exponen de un modo honesto. Aquellos a los que se refirió Fellini cuando habló de los hombres que construyen casas con y sin techos. Unos se protegerán del sol y de la lluvia… Los otros, al anochecer, podrán ver las estrellas.

 

Último posteo del año para la mejor película de un 2006 al que le quedan solo unas horas.

Suerte, amor y sobre todo, salud. Ya saben lo que sigue… Feliz año a todos los que alguna vez se perdieron por aquí.  

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