Tenía pensado hacer un posteo ranking, como solía hacer en mi vieja y añorada choza. El tema: las diez mayores meteduras de pata (osease, cagadas) de la historia de Tinseltown. Pero tras muchos intentos por completar la lista… me quedé estancado en siete, por lo que he decidido abandonarlo, cual tullido en expedición antártica. 

El repaso incluía desde el suicidio accidental de Lupe Velez hasta la megalomanía de Coppola a la hora de reconstruir la ciudad de Las Vegas bajo techo. Sin embargo, no me resisto a contar una de ellas. Puede que la menos espectacular y más desconocida de todas. La que tiene como protagonistas a una de las grandes divas del mudo, Alla Nazimova y al jóven prodigio que cambió la industria al modernizar los procesos de producción, Irving Thalberg.

Intentaré ser breve…

Alla Nazimova, nacida Miriam Edez en la Rusia zarista, pasó, casi sin pausa, de ser niña prodigio (era una virtuosa del violín) a convertirse en la favorita del mítico director teatral, Stanislavsky, quien no sólo la convirtió en su favorita, sino que la transformó, en poco tiempo, en la gran diva de la escena teatral rusa.

Los crecientes problemas surgidos en el caldeado ambiente de la Rusia pre-revolucionaria le obligaron a tomar la decisión de abandonar su país en 1905, aprovechando una gira europea.

Conoció París, Berlín y finalmente, Londres, lugar en el que se estableció para asombrar al mundillo intelectual britanico, seducir (y humillar) a Isadora Duncan y completar una concienciación política (merced a sus contactos con el influyente movimiento sufragista local) extremadamente liberal para la época.

Poco más tarde, llegó a los Estados Unidos doce años antes de que existiera Hollywood. Lo hizo como una estrella. Como la diosa a la que le bastaba arquear su largo cuello para fascinar a su audiencia. Primero conquistó el teatro. Después, atraida por el dinero, se convirtió en una de las primeras estrellas indiscutibles del nuevo arte cinematográfico.

La incognita consiste en averiguar cómo una carrera tan sólida se destruyó de la noche a la mañana. Y no fue su nada disimulado lesbianismo (pecado mortal para la puritana sociedad de aquella época) lo que la precipitó en el abismo del fracaso. Tampoco sus sonadas orgias, de las que se cuenta se servía cocaína a los asistentes en bandejas de plata. En realidad, fue una “confusión” generada por su caracter altivo lo que sirvió de detonante.

Al parecer, durante una fiesta, la intocable Nazimova (cuya gloria, por entonces, había permitido que fuese levantado un teatro bautizado con su nombre) ofendió a Thalberg al “confundirle” con un camarero.  Tras pedirle en reiteradas ocasiones que le sirviera una copa, Thalberg abandonó enfurruñado la fiesta, ante el jolgorio de la diva, orgullosa de ser capaz de desafiar a los mismísimos dueños del negocio.

Su carrera comenzó, entonces, un lento e imparable declive que culminó, pocos años más tarde, con la estrella suplicando un trabajo en una película sonora para la Metro. Sentado, frente a ella, se encontraba Thalberg, a punto, al fin, de completar su venganza. La Nazimova no recordaba su pasado encuentro; Thalberg lo hacía al dedillo.

Tras escuchar la súplicas de la apagada estrella durante media hora, Thalberg le respondió un seco: “Jamás, Madame. Nunca mientras esté yo aquí”.

Irónicamente, la que había sido estrella de la Metro antes de la llegada de Mayer y Thalberg, regresaría al cine en 1940, envejecida y gastada. Lo hizo con una película de la Metro. Y lo más paradojico de todo, Norma Shearer, viuda de Thalberg, figuraba en los créditos dos nombres más abajo de la antigua diva.

Y como diría el narrador de “Magnolia”  “Ésto, no puede ser casualidad”.

Disculpen la insustancial chapa.

Anuncios