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Un mes después de pedir la baja y quince días desde que me aseguraron que el corte de la línea era cuestión de horas, me quedé sin conexión. Y dado que navegar con modem supera cualquier tortura imaginada por el mismísimo Fu-Manchú (en el tiempo que he empleado en cargar la fotou que ven abajo podría haber leído “La Montaña Mágica” y aún me habría sobrado tiempo de hacerme un bocadillo), tendré que abandonar este lugar a su suerte durante algún tiempo.

Pero cuidado… No se alboroten demasiado y guarden el confetti y los cohetes, porque amenazo con volver en unos diez o quince días, el tiempo necesario para conseguir otro operador.

Para amenizar la espera (ya que una carta de ajuste resultaría más aburrida de lo que este lugar es ya de por sí) les dejo con una fantástica fotou del nuevo look me-mola-tu-rollo-santi-segura de Britney Spears.

Ahí está, maquinilla en mano. Toda sexy, ella.

Aunque, pensandolo mejor, voy a presumir de mi wallpaper invernal, no vaya a ser que cuando me reconecte la primavera haya alterado la burrosfera…

Dos de mis pasiones juntas y revueltas: La lluvia y Zooey Deschanel.

Ésta, con seguridad, será una visión más agradable para hacer tiempo que la calva de la Spears.

Cuídense…

Sí. Como suena. Todo el mundo pensando en que el próximo domingo Ennio Morricone recogerá un premio honorífico cuando en realidad resulta que se lo otorgarán gracias a la sublime partitura compuesta para “Culitos Rotos”.

Y si no me creen, vean:

O mejor, echen un vistazo aquí… (update: umm… tarde. ya lo han arreglado)

Ennio Morricone – Wikipedia

Ya se la han colado a los tipos de la enciclopedia virtual… otra vez.

Para no caer en la trampa del halago fácil (uno más de los muchos que le estarán cayendo al maestro estos días) les contaré cómo sacarle de sus casillas. Por si se lo encuentran por ahí, que nunca se sabe…

A ver… Si el talón de Aquiles de Michael Nyman es la música caribeña (memorable aquella entrevista en la que sonaba una bachata de fondo, en el salón del hotel en el que se llevaba a cabo, que el músico inglés cortó de raíz gritando: “Apaguen esa puta música o la entrevista se acaba aquí”), el de Morricone es una simple combinación de palabras: “Spaghetti Western”.

“Es una camisa de fuerza. No entiendo cómo, después de todos los filmes que he hecho, la gente sigue pensando en “Por un Puñado de Dólares”. La gente está atascada en el tiempo, hace 30 años. Mi producción para películas del oeste es quizá el 7,5 o el 8 por ciento de todo lo que he hecho”

Y es que el lado intimísta de Morricone siempre fue más fuerte que ningún otro. Lo ha demostrado sobradamente de palabra y obra. Siente predilección por recrear los estados del alma con sus sonidos: La euforia mística (“La Misión”), el flechazo amoroso que ya nunca abandonará al que lo siente (“Deborah’s Theme” – “Érase una vez en América”), la evocación de la tristeza (“Malena”), la nostalgia (“Cinema Paradiso”)…

Una de sus piezas predilectas se incluye en la banda sonora de “State of Grace”, rebautizada en España con un título que no deja lugar a la duda: “El Clan de los Irlandeses”. En ella, se le encargó que intentase materializar esa especie de saudade irlandesa (que nada tiene que envidiar a su referente portugués) que mezcla el fatalismo más hosco con un deseo de vivir que ya quisiera el Mr. Jones, que interpretara Richard Gere, en sus mejores y bipolares momentos. Ese estado de gracia que te hace caminar sin posar los pies en el suelo. 

El resultado, insertado en la última escena (BEWARE – SPOILERS) de la revisable película de Phil Joanou de impresionante reparto, fue este…

He dejado un par de minutos de los créditos para que puedan hundirse a gusto en el fango (la tristísima melodía invita a ello). Si desean escuchar la versión completa, además de leer algo más coherente que esta tontería que acabo de escribir, no se pierdan el homenaje que el compositor recibirá en Cineahora en unos días.

La idea no es nueva, pero tampoco se puede pedir originalidad a un programa tan amarillista como es “El Buscador”. De hecho, además de ser un reportaje “trucado” (la colocación de un cuadro sin que la organización sea consciente no se la cree ni el insufrible calvo conductor del programa), la idea es una gilipollez: Haz que un grupo de niños pinten un cuadro y colócalo en las paredes de ARCO, esa feria de huecas vanidades en la que desembocan snobs de todo pelaje, despistados y turistas que a duras penas logran contener su “asombro” ante obras tan magnas como “Cabeza de buey en formol”. Obra consistente en una pecera rebosante de formol con la autentica cabeza de un buey dentro (para que luego digan que el arte conceptual es críptico). Tal vez sería más fácil si alguien le dijese al autor que la provocación aplicada al arte resulta hoy tan obsoleta como una fábrica de braseros.

Por supuesto, no faltará quien se ridiculice al comentar la obra de los niños con frases lapidaridas tipo “El contenido sexual del cuadro sólo puede ser obra de un hombre maduro”.

Hace algunos-bastantes años, Televisión Española emitió una microserie satírica dirigida y protagonizada por Albert Boadella y sus chicos de Els Joglars. En ella, se burlaban amargamente de cada tópico asociado a este país torturado: Desde el garrulo dominguero hasta la maruja cotilla.

Entre los estereotipos lapidados por los monjes vengadores que purgaban las conciencias patrias cada semana, figuraba un pintor llamado Antonio Tapión. Resulta obvio a quién se pretendía parodiar.

En uno de los sketches protagonizados por él, una limpiadora olvidaba una botella de lejía en una vitrina, siendo comprada ésta a precio de caviar por un snob millonario, previa firmita de Tapión, por supuesto, quien no dudó en garabatear la botella a cambio de una suculenta recompensa.

Pues en el vídeo encontrarán a unos cuantos como él, con menos dinero (aparentemente) pero con la pedantería y desvergüenza suficiente para calificar al cuadro-engaño como una obra de arte.

Si lo desean, pasen y echen un vistazo…

Cartas del General Tadamichi Kuribayashi a su esposa…

14 de Febrero de 1945

Querida mía:

(…)

Nuestra única fuente de agua es la lluvia. Para lavarme dispongo de una taza de agua diaria. En realidad, sólo me lavo los ojos y, después, el teniente Fujita, utiliza la misma agua. Cuando ha terminado, el resto lo utilizo yo para las abluciones. Los soldados no suelen tener ni eso. Cada día, tras  haber inspeccionado las defensas, sueño en vano con un vaso de agua fresca…

9 de Marzo de 1945

Querida mía:

Ignoro si estas letras acabarán algún día en tus manos, ya que ninguna de mis anteriores cartas, dirigidas a ti, llegaron a abandonar la isla (…)

La situación es incontenible, todo está perdido. Ayer, en contra de mis órdenes, unos 2000 hombres, con la bayoneta calada y un cinturón de bombas, se lanzaron contras las líneas enemigas. Apenas quedaron supervivientes (…)

Has sido durante largo tiempo una excelente esposa para mí y una buena madre para mis tres hijos. En adelante, tu vida será más dura y precaria. Cuida la salud y vive largo tiempo. Tampoco será fácil el futuro de nuestros hijos. Cuídalos mucho después de mi muerte.

No resulta difícil imaginar la honda emoción que la lectura de estas cartas causaron en Clint Eastwood. De hecho, fue aquella lectura, junto a la visita que realizó al cementerio que alberga los cuerpos de los 20.000 soldados japoneses muertos en la batalla, lo que le llevó a interesarse por la historia vista con otros ojos.

Durante la promoción de “Cartas desde Iwo Jima” en Tokio, el director criticó con dureza a los políticos japoneses que, década tras década, se han ido encargando de enterrar aquel “vergonzoso” episodio de su historia…

“Ni uno sólo de los actores japoneses con los que trabajé conocía nada sobre Iwo Jima…” -declaró-

Y la mejor forma de rendir homenaje a aquellos 20.000 hombres que murieron por nada fue sintetizar sus historias en una sola. La de Saigo, el panadero.

El flashback (pocos, brillantes y perfectamente encajados, por cierto) en el que se recoge su reclutamiento es, además de la mejor escena de la película, el momento que esconde todas la claves y motivaciones de Eastwood para con esta obra magna que crece por momentos en mi cabeza al recordarla.

En ella, la esposa de Saigo recibe la nota de reclutamiento de su marido con desesperación (“No me lo quitéis. Sólo nos tenemos el uno al otro…”). Tras aceptar, él, la órden que le ha sido impuesta, tratará de tranquilizarla, asegurándole que volverá para ver crecer a su hijo y conocer al que está a punto de llegar… “Muchos hombres se marcharon y ninguno regresó”; Será todo lo que ella acertará a decir. El resto de la noche transcurrirá en silencio, tratando de que la impotencia no les haga desperdiciar ni un sólo segundo de la que (saben) será última velada que compartirán.

He tratado de escenificar ese momento mediante fotografías, apoyándome en la propia, bellísima y minimalista, banda sonora de la película. Y aunque el vídeo dura un minutito de nada, me ha llevado toda la tarde conseguir, tratar y editar las dichosas fotos.

Si alguien lo ve, espero que le guste…

Mi teoría de que todo galardón es estúpido por definición se confirma en cada ocasión en la que se celebra una ceremonia de entrega de premios… Basta con repasar las listas de ganadores para confirmarlo.

Pero hay ocasiones en las que la diarrea mental de los que los otorgan supera todo lo imaginable. La estupefacción que me causó el ver a “United 93” como nominada a mejor película documental, según los eruditos usuarios de IMDb, quedó en simple anécdota cuando supe que el estupendo Walter Vidarte, a sus 77 años y con 73 películas a cuestas, había sido nominado a los Goya como mejor actor revelación.

Quiero creer que le fue concedido tal “honor” por encuadrarle en algún lugar (a modo de homenaje), ya que su presencia entre los actores “veteranos” se debía ver complicada (que los amiguetes se tienen que votar entre sí, y la mayoría de los de Vidarte deben estar a dos metros bajo tierra a esta alturas). Menudo homenaje, sí señor… Los premios por compasión deberían ser canjeables por vales descuento. Serían más útiles. 

Por cierto… ¿Saben cómo correspondió el actor de origen uruguayo a tan emotivo gesto?… No acudiendo a la ceremonia.

Bien por él…

Niles le pidió la mano a Daphne. Y por supuesto, nada salió como estaba previsto… Fue mejor…

Como siempre, disculpen la pobre calidad y bla, bla, bla… Si algún fan de la serie se atreve a verlo, le sugiero que lo haga con la pantalla gorda (osease, pulsen en la tecla de ampliar pantalla).

Cuenta Boris Izaguirre en “El armario secreto de Hitchcock” * una anécdota, acaecida durante el rodaje de “Recuerda”, en la que la conocida libido del director inglés se desató como nunca…

Según parece, Ingrid Bergman solía acudir a los rodajes sin sostén, al igual que hizo Tallulah Bankhead durante el rodaje de “Naúfragos” (para solaz del equipo técnico encargado de echarle cubos de agua por encima y sin pausa). El inevitable bamboleo ejercido por la gravedad sobre busto de la actriz sueca nubló la razón del director que, en un momento dado, no pudo evitar avalanzarse sobre él. Osease, (y como diría Boris) que le tocó una teta… o las dos. Este incidente, que bien le podría haber costado la carrera de haberse producido hoy día, quedó en nada gracias al caracter bondadoso de la Bergman, quien le quitó importancia al asunto dando como buena la simple explicación de Hitch “lo siento, no pude contenerme…”. Prueba de ello es la amistad que mantuvieron hasta la muerte del genio inglés. Bergman fue, de hecho, una de las últimas personas en verle con vida al visitarle, cuando nadie le llamaba siquiera, en su casa angelina poco después de su ochenta cumpleaños. Donald Spoto, en su monumental biografía dedicada a Hitch, recogió aquel encuentro en boca de la actriz:

“Tomó mis dos manos y las lágrimas rodaron por sus mejillas, y dijo: Ingrid, voy a morirme, a lo que yo le contesté: Por supuesto que sí, todos moriremos algún día, y por un momento la lógica de todo aquello pareció hacerle sentirse más en paz”

Más conocidas son las miradas que le dedicó la Loren al escote sin fin que lució Jayne Mansfield durante una entrega de premios, allá por los cincuenta…

Qué mala es la envidia…

Pues bien, resulta que hace pocos días se entregaron los Directors Guild of America Awards. Premios a los que acudió la turbadora Leelee Sobieski con todo su poderío por delante…

Pinchen abajo y disfruten de las vistas…

Leelee

La noche alcanzó su momento álgido cuando a la Sobieski le tocó el turno de entregar uno de los premios…

 

Al parecer, el murmullo en la sala (cosa del público masculino supongo, somos así qué le vamos a hacer) fue tal que la siguiente presentadora, la maravillosa Maria Bello, no pudo evitar hacer un chiste al respecto…

… llevandose las manos a los pechos, dijo algo así: “Lo siento señores, esto es lo que hay…”

Hay quien tiene clase, hay quien no… a la Bello le sobra. Las carcajadas que su comentario generó en la sala lo confirman.

Con esa asombrada expresión, el rapero, y actor ocasional, Puff Daddy también fue “cazado” mientras echaba una mirada al balcón de Jessica Biel. Apropiado instante para hacerlo, ya que se produjo en los momentos previos a la entrega de los Globos de Oro.

  

… Por mi parte, sigo pensando que lo mejor de la Biel se ubica en su tramo posterior, sin olvidar su kilométrica lengua, of course.

Pero fue el caso del incontinente Stanley Tucci el que más revuelo levantó en Tinseltown en el último año…

Anne Hathaway, compañera de reparto en “El Diablo Viste de Prada”, se quejó amargamente del acoso al que se sintió sometida por el actor, quien, al parecer, no quitó el ojo de encima a sus pechos durante el rodaje de la película.

“Los miraba lascivamente a cada momento. Me dijo que estaba fascinado por mis senos. Un día, durante una escena, terminó por darme un codazo en el pecho. Entonces me giré y le dije ‘Stanley, ¿podrías mantenerte alejado de mis tetas?’, a lo que él respondió ‘Qué quieres que haga, con esos melones revoloteando a mi alrededor todo el día es como si fuera temporada de cosecha’. Se comportó como un viejo verde.”

Finalmente, el director de la película, David Frankel, consiguió restablecer la paz y el rodaje pudo terminarse sin mayores incidentes… 

Aunque… ¿Creen que Stanley aprendió la lección?

Echen una mirada a una foto de la premiere de la película y compruébenlo ustedes mismos…

Nada, que no hay remedio.

Pues eso. Otro día otra tontería.

* (Como no he leído el libro de Boris, matizo que contó la anécdota, durante la promoción que hizo de él, en una cadena de televisión)

Y es esa terrible sensación de desasosiego la que transmite “The Brown Bunny”, película maldita entre malditas dirigida por Vincent Gallo.

¿Y quién mejor para hacerlo que él? El tarado que decidió abandonar una prometedora carrera dentro del mainstream más rancio por seguir su propio y tortuoso camino.

Qué fácil es odiar a un bocazas que declara lo mucho que le desagrada el olor que emanan las pelirrojas, al tiempo que las equipara con el olor de los negros “Por eso se atraen tanto mutuamente”. Sus desafortunadas palabras muestran más el perfil de un provocador con tendencias autodestructivas que a un racista. Con sus continuas salidas de tono, Gallo demuestra lo mucho que le encanta fustigarse. Más aun que sean otros quienes lo hagan.

Siempre narcisista, excesivo, egocéntrico… Su “Buffalo ’66” es EXTRAORDINARIA. Así, escrito con mayusculas y en negrita. Y como tal fue recibida por una crítica entregada y deseosa por domar a la bestia. No lo consiguieron. Contra todo y todos sacó adelante “The Brown Bunny”probablemente la mejor y más pura road movie desde “Vanishing Point”. 

En ella, Gallo narra una tormentosa pesadilla no apta para mojigatos ni palomiteros berreantes. Mejor así, porque en “The Brown Bunny” son los angustiosos silencios los que deben taponar los oídos.

Bud, su protagonista, un inestable piloto de carreras desolado por la reciente muerte de su novia, inicia un viaje, que él presiente final, sin mayor objetivo que el de superar el dolor unas horas más, el tiempo suficiente para llevarle a otro lugar en donde pueda recomenzar la cuenta atrás.

La descarnada escena de la gasolinera, la primera con diálogo de la película, muestra al destruido que sin nada que perder también es consciente de que no tiene nada que ganar. Al hombre que se expone por completo a los demás renegando de toda regla de comportamiento social. 

Su desarraigo es demasiado profundo como para ignorar cualquier mínima muestra de calor que le sea ofrecida. Aunque ésta sea fruto de la cortesía más elemental. Su desesperado intento por esquivar la soledad le ha convertido en un ser patético y peligroso a ojos extraños…

Aquí lo dejo. Desgraciadamente los silencios (tan importantes) no se pueden reproducir adecuadamente de forma escrita. Lo lamento, he sido incapaz de extraer la escena del DVD.

Bud: Hola

Dependienta: Buenas

Dependienta: ¿Vienes del circuito?… ¿Has ganado?

Bud: No

Bud: ¿Cuánto es…?

Dependienta: Dos dólares

Dependienta: ¿Vas a volver a correr?

Bud: Me voy a California. Tengo que estar allí el viernes

Dependienta: Ahh… California. Siempre he querido ir a California

Bud: ¿En serio?

Dependienta:

Bud: Es bonito

Dependienta: ¿Sí? Eso imaginaba

Bud: ¿Te llamas Violet?

Dependienta:

Bud: ¿Quién ha hecho el collar?

Dependienta: Yo

Bud: ¿Te gustaría venir conmigo?

Dependienta: Ni siquiera te conozco

Bud: Por favor…

Bud: Por favor…

Bud: Por favor, ven conmigo…

La mayoría vive para soñar. Trabajan y se alimentan para ello. Sueñan con viajes, premios de lotería o chicas/os de calendario que les conviertan en su centro de atención. Stéphane no. Él sueña para vivir.

Le conoceremos poco a poco. Lentamente. A los dos minutos sabremos que su reino interior es todo lo rico que desearía ser el exterior. A la media hora ya habrá dejado expuestos casi todos sus miedos: La muerte de su padre, del que apenas habla, su temor al rechazo (“ella es todas las mujeres que me hirieron”), una vulnerabilidad que ha terminado por convertirle en naúfrago (“If you rescue me”) En las películas de Gondry los hombres son débiles y patológicamente románticos, mientras ellas son fuertes y pragmáticas… Es Stéphane quien le pide a Stéphanie que se aferre a su mano. Será ella quien la esconda cuando consiga zafarse de sus dedos.

Incapaz de soportar una realidad que le supera (“a la muerte de mi padre se formaron ríos en mis ojos”), Stéphane vive a través de sus sueños. Sabe que un mundo de nubes de algodón y mares de celofán nunca le decepcionará. Es por ello por lo que trata de integrar a los que le importan en él: un compañero de trabajo en permanente erección, su madre, Stéphanie… Terminará por conseguirlo, pagando un elevado precio a cambio.

Perdida definitivamente la noción de la realidad, Stéphane caminará entre los dos mundos tomando lo que le resulta imprescindible de cada uno de ellos. Se reconciliará con su madre, triunfará con su Desastrología y cabalgará junto a Stéphanie en la grupa de un caballo de trapo que les suba a bordo de un barcobosque de madera para navegar en indeterminada ruta hacia el horizonte.

Hay grandes hallazgos visuales y narrativos en “La Ciencia del Sueño”. También un discurso nihilista que juguetea con el viejo mito dual inherente al mundo de los sueños. Se agradece su sentido del humor, tan acostumbrados como estamos a las habituales puntadas de hilo grueso tan consolidadas desde hace tiempo. Hay, también, un románticismo desesperado que la emparenta con la magistral obra anterior de su director, “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”. Pero no es lo sesudo su objetivo. Para desgracia de gafapastas deseosos de encontrar sus claves ocultas y pese a los minutos que tarda en arrancar, su propuesta no es excluyente.

Aunque probablemente, “La Ciencia del Sueño” no sea más que ese espacio intemporal que marca el final y el principio de nuestra cotidianeidad. Cuando nos cubrimos la cabeza con las sábanas y parece, por un momento, que el resto del mundo desaparece. Que cualquier problema terminará por solucionarse. Que mañana será otra vez el primer día del resto de nuestra vida.

La desoladora escena final deja en nuestras manos el destino de Stéphane y Stéphanie. Y es entonces cuando todos desearíamos activar la máquina del tiempo de sólo un segundo durante un periodo adecuado para que la i que les separa se perdiera en algún bucle espacio-tiempo. Pero es sabido que cuando suene el despertador todo ese mundo se desvanecerá…

Y entonces tocará calentarse los pies, otra vez…