Danielle (Reese Witherspoon) tiene 14 años, una hermana de 17 llamada Maureen y unos padres preocupados porque a su hija mayor le acompaña un halo de tristeza impropio de su edad y belleza.

Los mastuerzos chicos del pueblo en el que crece no le interesan. Prefiere cubrir sus noches de sábado junto a Dani, escuchando discos de Elvis, comiendo chocolate y compartiendo confidencias que nunca abandonarán las cuatro paredes en las que fueron lanzadas.

Y así será… hasta que Court aparezca.

Es mucho lo que emparenta la primera obra notable de Robert Mulligan, “Matar a un ruiseñor”, con la última, “The Man in the Moon”. Ambas comienzan con el balbuceo de una niña momentos antes de dar por iniciados los créditos. Las dos comparten universo y angustia; la adolescencia y el dolor que produce crecer. La música, los personajes, el tono melancólico, demasiadas coincidencias para ser tomadas como tales.

Mulligan se despidió del cine a lo grande. Se atrevió con un dramón al que rebajó maniqueismos elevando su tensión al tiempo. Lo hizo con suavidad, con ternura. Economizando emociones de catálogo para potenciar miradas y gestos que supieran transmitir lo que las palabras no pueden hacer.

El resultado fue insuperable. La escena en la que el padre de las chicas (ambas enamoradas de Court y enfrentadas entre sí por ello) regresa a casa para romper la tensión en espera de noticias acerca de un accidente en el que se ha visto envuelto Court, es toda una lección de cine. Un último regalo del viejo maestro.

Disfrutenla (y disculpen la pésima calidad del vídeo… hice lo que pude para, al menos, calibrar sonido e imagen por una vez)…

El rostro desencajado del padre de las chicas (Sam Waterston). El discreto modo de retirarse de Maureen para descargar su pena en soledad. El pudor del director a la hora de filmar un momento tan íntimo como es un funeral, colocando la cámara escondida en los ojos de Dani, como quien espía a través de la rendija de una puerta. Y finalmente la utilización de la soberbia partitura del por entonces poco conocido James Newton Howard, para acentuar sin estridencias el dolor de ver por última vez a un ser querido sin poder evitar el apartar la vista al hundirse en la tierra el ataud que se lo lleva… Y todo ello sin emplear una sóla palabra. Marcando cada tiempo con miradas, sollozos y gestos.

Me reencontré con esta maravilla el pasado mes de diciembre, en la Fnac. Una buena ocasión para jubilar mi gastada copia de vídeo. Pero como la mala suerte parece haber acampado cerca de mí, resultó que la copia era defectuosa. Fui a cambiarla días más tarde para encontrarme con el resultado de que la película está descatalogada. Al parecer, la copia que encontré medio perdida no tiene recambio posible. No tuve más remedio que hacerme con otro título. Antes, cuando entregué el ticket a los “expertos” de la sección cinéfila, no consiguieron encontrarla en su ordenador. El título que figuraba en la factura era el original, como si la justicia divina hubiese borrado el espantoso bautismo al que fue sometida por algún distribuidor tocapelotas. Finalmente, tras sacarles yo mismo del error, el título apareció en pantalla. Lo que desembocó en lo que sigue…

“Anda!! ¿Has visto de quién es la película?”

“¿De quién?” 

“Del tío que hizo Matar a un ruiseñor

“Ah, ¿pero tiene más?”

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