La presentación es la base de todo. Lo dijo Hitchcock, y el gordo inglés sabía aplicar a sus películas esa tesís como pocos. Buen ejemplo de ello es “La ventana indiscreta”, en cuya primera escena basta un barrido para que sepamos, sin palabras de por medio, que Jimmy Stewart es fotógrafo, que está enrollado con Grace Kelly y que una pierna rota + un balcón estratégicamente situado + unos prismáticos, darán más juego que el inocente espionaje de la señorita corazón solitario o la pareja de recien casados.

En ocasiones las claves se insinuan en los propios créditos. Y los de “Matar a un ruiseñor” resultan ejemplares en ese aspecto.

Ya el balbuceo de una niña pone sobre aviso del territorio que se pisa. Acto seguido, bastará con mostrar el interior de una caja en la que sólo caben los tesoros de un niño, para prologar lo que llegará después: Las figuras de madera de los hermanos Finch talladas por Bo Ridley, un reloj de bolsillo sin tiempo que marcar (obvia metáfora que atañe Bo, para quien el tiempo se detuvo demasiado pronto), llaves, canicas, una armónica, un silbato, monedas y pinturas de cera. Herramientas suficientes para sumergir al espectador en el estado emocional adecuado en tan sólo un par de minutos, gracias en gran medida a la delicada partitura compuesta por Elmer Bernstein (Mulligan era extremadamente puntilloso en lo que se refería a los scores de sus películas).

El torpe dibujo de un ruiseñor quebrado violentamente en la parte final supone la pista final que da paso a la narración. Cumplida su telonera función, el espectador ha sido informado, casi sin que se de cuenta, del mundo que rodea a los hermanos Finch. 

Sería injusto darle el mérito de esta maravilla al director de la película, Robert Mulligan, pues, al parecer, se limitó a dar el visto bueno al trabajo realizado por Stephen Frankfurt, otro de esos nombres anónimos sin los que este invento no sería posible.

Creo que merece la pena echarle un nuevo vistazo…

  

Anuncios