La mayoría vive para soñar. Trabajan y se alimentan para ello. Sueñan con viajes, premios de lotería o chicas/os de calendario que les conviertan en su centro de atención. Stéphane no. Él sueña para vivir.

Le conoceremos poco a poco. Lentamente. A los dos minutos sabremos que su reino interior es todo lo rico que desearía ser el exterior. A la media hora ya habrá dejado expuestos casi todos sus miedos: La muerte de su padre, del que apenas habla, su temor al rechazo (“ella es todas las mujeres que me hirieron”), una vulnerabilidad que ha terminado por convertirle en naúfrago (“If you rescue me”) En las películas de Gondry los hombres son débiles y patológicamente románticos, mientras ellas son fuertes y pragmáticas… Es Stéphane quien le pide a Stéphanie que se aferre a su mano. Será ella quien la esconda cuando consiga zafarse de sus dedos.

Incapaz de soportar una realidad que le supera (“a la muerte de mi padre se formaron ríos en mis ojos”), Stéphane vive a través de sus sueños. Sabe que un mundo de nubes de algodón y mares de celofán nunca le decepcionará. Es por ello por lo que trata de integrar a los que le importan en él: un compañero de trabajo en permanente erección, su madre, Stéphanie… Terminará por conseguirlo, pagando un elevado precio a cambio.

Perdida definitivamente la noción de la realidad, Stéphane caminará entre los dos mundos tomando lo que le resulta imprescindible de cada uno de ellos. Se reconciliará con su madre, triunfará con su Desastrología y cabalgará junto a Stéphanie en la grupa de un caballo de trapo que les suba a bordo de un barcobosque de madera para navegar en indeterminada ruta hacia el horizonte.

Hay grandes hallazgos visuales y narrativos en “La Ciencia del Sueño”. También un discurso nihilista que juguetea con el viejo mito dual inherente al mundo de los sueños. Se agradece su sentido del humor, tan acostumbrados como estamos a las habituales puntadas de hilo grueso tan consolidadas desde hace tiempo. Hay, también, un románticismo desesperado que la emparenta con la magistral obra anterior de su director, “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”. Pero no es lo sesudo su objetivo. Para desgracia de gafapastas deseosos de encontrar sus claves ocultas y pese a los minutos que tarda en arrancar, su propuesta no es excluyente.

Aunque probablemente, “La Ciencia del Sueño” no sea más que ese espacio intemporal que marca el final y el principio de nuestra cotidianeidad. Cuando nos cubrimos la cabeza con las sábanas y parece, por un momento, que el resto del mundo desaparece. Que cualquier problema terminará por solucionarse. Que mañana será otra vez el primer día del resto de nuestra vida.

La desoladora escena final deja en nuestras manos el destino de Stéphane y Stéphanie. Y es entonces cuando todos desearíamos activar la máquina del tiempo de sólo un segundo durante un periodo adecuado para que la i que les separa se perdiera en algún bucle espacio-tiempo. Pero es sabido que cuando suene el despertador todo ese mundo se desvanecerá…

Y entonces tocará calentarse los pies, otra vez…

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