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Sigamos con el repaso más limpio que el cine sucio recibió jamás…

Una de las líneas de búsqueda más frecuentes en Google es “Dead Porn Stars”.  Sí, el viejo mito una vez más: Eros y Tánatos.

Sea como fuere, la muerte y el sexo siempre estuvieron unidos. Más allá de los concursos amateurs de poesía en los que nunca faltan relamidas referencias al orgasmo masculino (como me gusta el recurrido: “Morí dentro de ti”) y del morbo puro y (nunca mejor dicho) duro, son los suicidas los que se llevan la palma a la hora de ser reverenciados por una masa no siempre compuesta por aficionados al mundo del cine azul.

Uno de los casos más conocidos es el de Shannon Wilsey, más conocida por su nombre de guerra, Savannah.

 

Groupie vocacional, la lista de rockeros que la conoció carnalmente podría cubrir cuadernos completos. Vince Neil, Billy Idol, Axl Rose, Marky Mark (Mark Wahlberg) y David Lee Roth, entre otros muchos, la usaron a tiempo parcial. Pero fue Slash, guitarrista de Gun ‘n Roses, quien la hizo creer que para él era algo más que una diversión. Cuando, como era de esperar, Slash se cansó de masturbarse con el cuerpo de la rubia californiana, Shannon cayó un una espiral autodestructiva (problemas financieros, drogas y un extraño accidente de coche que marcó su perfecto rostro) que concluyó la madrugada del 11 de julio de 1994 con una semi-automática apuntando a su sien. Murió nueve horas más tarde en un hospital angelino.

El mismo método fue el elegido por Randy Layne Potes, alias Cal Jammer, actor porno muy activo a principios de los noventa.

 

En su caso fue su caracter depresivo el que le empujó a dar el paso fatal. Bud Lee, quien le dirigió en varias ocasiones, puso el epitafio a tan corta y desgraciada vida: “Era un hombre extraño. Apenas se relacionaba con nadie. En una ocasión, durante un rodaje, cortó una escena para ir al baño. Media hora después, preocupados porque no regresaba, fuimos a buscarle pensando que se estaría colocando. No fue así. Le encontramos tirado en el suelo, llorando”.

Se voló la cabeza en la casa de su ex-esposa, Adrianne Moore, también actriz porno, que, tras la muerte de su marido (y por ahogar penas, supongo), terminó por convertirse en una de las grandes estrellas de la década bajo el nombre de Jill Kelly.

La única presencia europea en este monográfico es ella…

 

Se trata de la francesa, Karen Bach (Karen Lancaume); eXpectacular morena que protagonizó “Base Moi”, uno de esos habituales “escandalos” coyunturales que brinda el cine comercial.

A principios de 2005 visitó a unos amigos parisinos. Apareció muerta la mañana siguiente, víctima de una sobredosis al parecer intencionada. A falta de un regalo conque agasajar a sus anfitriones, les dejó una nota de despedida en la que en lugar de pedir perdón por semejante marrón, garabateó un simple: “Trop pénible”…

Demasiado doloroso, sí. Nadie dijo que fuera fácil.

Megan Leigh, preciosa y rubia actriz muy popular en los años ochenta, fue más críptica a la hora de decir adiós.

 

Eternamente atormentada por la desaprovación materna a su estilo de vida, gastó todo el dinero conseguido durante sus años como actriz porno en la compra de una suntuosa casa valorada en medio millón de dólares. Una vez hubo terminado todos los trámites, a principios de junio de 1990, envió las llaves a su madre y compró una Beretta de segunda mano con el dinero restante. Su cuerpo fue encontrado pocos días más tarde, el 16 de junio, junto a una nota de despedida en la que, además de pedir perdón a su madre una y otra vez, divagaba acerca de irresolubles problemas personales y sentimentales.

Según parece, su madre no rechazó el presente…

Y si el mundo está lleno de hipócritas, también lo está de insatisfechos.

 

Chester Anuszak, más conocido como Jon Dough, nunca pareció tener bastante. En una entrevista, incluida en una de sus primeras películas, se adelantó en el tiempo al Lester Burnham de “American Beauty”: “Cuando era un adolescente fantaseaba con hacermelo con las chicas que aparecian en las películas porno que escondía mi padre. Pero ahora sé que todo eso no era más que una mentira. Disfrutaba más entonces, masturbandome, que ahora, follando con una chica distinta cada día. Para mí, el mejor momento del día es cuando vuelvo a casa abro una cerveza y veo deportes por televisión”. La fantasía de Al Bundy hecha realidad. Si bien, esa supuesta apatía con relación al sexo no le impidió cubrir una longeva carrera de más de veinte años.

Finalmente, sus problemas con las drogas terminaron por ganarle la batalla. Una sobredosis se lo llevó la noche del 27 de agosto de 2006. Fue metódico en su hora final; dejó dos cartas: una para su esposa y otra para su hija de cuatro años, que no podrá abrir hasta haber cumplido la mayoría de edad.

Alex Jordan, pizpireta actriz de principios de los noventa, era conocida por su caracter alegre y desenfadado. Por ello, por inesperada, su muerte conmocionó a la familia azul un 2 de julio de 2005.

 

Amaneció ahorcada en un armario de su casa californiana. No se encontraron notas de despedida ni se hallaron indicios de las motivaciones que la llevaron a su personal cadalso. Por esa razón, se especuló con un posible asesinato que nunca pudo demostrarse.

El mismo halo de misterio envolvió la extraña muerte de Megan Serbian, rebautizada para el universo hardcore como Naughtia Childs.

El siete de enero de 2002, Serbian practicó el vuelo libre lanzandose desde el cuarto piso de un edificio de apartamentos de L.A. Oficialmente, se atribuyó su acción al LSD que la actriz consumía en aquel instante junto a unos amigos. Sin embargo, la investigación policial determinó que el punto de caida del cuerpo no se correspondía con el impulso que supuestamente debió tomar para efectuar su salto final. Ante la falta de pruebas el caso se cerró, pese a los esfuerzos de un detective del LAPD que siguió investigandolo por su cuenta, apiadado por las ansias de justicia de los padres de Megan.

Lo cierto, a día de hoy, es que los tipos que la acompañaban en el día fatídico, todos ellos relacionados con el mundo del rap angelino (mundo en el que ella estaba involucrada como productora y ocasional cantante), quedaron en libertad sin cargos.

Pero fue la muerte de Colleen Applegate la que marcó para siempre a la industria azul.

Hay una escena de “Tierra Prometida”, descorazonadora película sobre sueños rotos dirigida por el otrora prometedor Michael Hoffman, en la que un débil Kiefer Sutherland vuelve a su pueblo natal convertido en camello de baratillo. Se fue de aquel perdido agujero del interior de los States como un recien licenciado repleto de ilusiones, y regresó del brazo de una prostituta deslenguada (Meg Ryan). La escena en cuestión ocurre la noche antes de llegar al pueblo. Ryan se encierra en el baño durante horas provocando la intranquilidad de Sutherland. Al salir, ha recortado su pelo y eliminado el tinte que lo cubría. Al día siguiente, dejará su top demasiado escotado y su minifalda de cuero en el armario para comprar lo que ella define como “un traje decente”.

Pues la misma escena debió ocurrir la noche previa al día de Acción de Gracias de 1983, cuando Colleen Applegate, ahora convertida en Shauna Grant, regresó a su conservador pueblo natal del brazo de su novio, Bobby Hollander, productor pornográfico que la superaba veinte años en edad. Eliminó el carmín de su rostro, además de cualquier otro rastro de maquillaje. Se vistió como si fuese a asistir a una ceremonia religiosa e insistió a su novio de que hiciera lo propio. De poco sirvió, pues su familia la recibió con la frialdad propia del desterrado.

Para más inri, durante su visita sus fotos porno fueron exhibidas por los garrulos locales, provocando una situación insostenible que degeneró en una visita abortada a las pocas horas de ser iniciada.

Colleen Marie Applegate nació en Bellflower (California) en el seno de una conservadora y católica familia de clase media. Poco tiempo después, sus padres se mudaron a Farmington (Minnesota), lugar en el que creció como modélica estudiante y cheerleader del equipo de football del instituto local. Desde su adolescencia, su eterea belleza no pasó desapercibida, como tampoco lo hicieron sus constantes problemas emocionales (protagonizó un intento de suicidio a los quince años). Su estancia en el pequeño pueblo del medio-oeste no se alargaría por mucho tiempo; pocos días después de lograr su mayoría de edad, se fugó con su novio en busca de una nueva vida en Los Angeles.

Una vez en California, los problemas para conseguir empleo llevaron a Colleen a posar para revistas masculinas. Primer paso que la llevaría a sumergirse de lleno en el emergente mundo del porno de principios de los ochenta.

Convertida en estrella en tiempo record merced a su deslumbrante físico, su popularidad creció hasta el punto de compartir estrado con Francis Ford Coppola (oh, viejo sátiro) en la entrega de los premios del cine para adultos de 1983. La embriagadora corriente que le envolvía fue demasiado intensa para su frágil equilibrio emocional, lo que terminó por dirigir sus pasos hacia la cocaina, de la cual, se dice, consumía tremebundas cantidades diarias. Solía presentarse en los rodajes colocada, siempre acompañada de un pequeño frasco color rosa repleto de polvo blanco. Tal fue la magnitud de su adicción que sus compañeros de trabajo la apodaron “Applecoke”.

A sus perennes problemas de conciencia, derivados de su fe católica y la mala relación con su familia, se sumó, poco más tarde, una destructiva relación con el actor Jamie Gillis, basada en juegos sadomasoquistas y mentales que terminaron por desequilibrar su siempre inestable mente.

En diciembre de 1983, un año después de su llegada al universo azul, Shauna Grant anunciaba su retiro, asqueada, según sus propias palabras, con el mundo del porno. Sin embargo, su caracter autodestructivo y su complejo de Electra siguieron funcionando. Inició una relación con Jake Ehrlich, camello de poca monta, veinticuatro años mayor que ella. Su degradación, tanto física como mental, se aceleró culminando la madrugada del 21 de marzo de 1984. Una carabina del calibre 22 hizo el resto. Sólo unos días antes, sus padres habían respondido a su llamada de auxilio ofreciendole costearle un tratamiento de desintoxicación, además de unos estudios universitarios que nunca llegó a cursar.

Fue enterrada en la iglesia católica de St. Michael, en la ciudad que la vio crecer, Farmington. Ningún miembro del mundo del porno asistió a su funeral.

Su muerte provocó una demonización inmediata del submundo del hardcore. La administración Reagan endureció su acoso, provocando el cierre de muchas productoras. La opinión pública se indigno ante el relato (adulterado) de su triste vida en varios documentales y una película para la televisión (“Shattered Inocence”) que explotaron su figura tanto o más de lo que lo hizo el mundo del porno.

En una de las múltiples páginas web dedicadas a su memoria, se afirma que la última frase escrita en su diario personal fue “Sólo quería que alguien me quisiera…”. Sea o no real dicha frase, Colleen consiguió su objetivo de modo indirecto, pues se cuentan por cientos de miles los pornográfos, mitómanos y pajilleros varios que aún se declaran platónicamente enamorados de ella.

Y lo cierto es que raro es el día en que la sobria lápida que decora su tumba amanezca sin una flor recien cortada postrada en su regazo…

Me ha quedado largo de narices… Mis disculpas.

De que “300″ no sea más que un pedazo de vistoso cartón-piedra, perfecto para adornar espacios tan vacíos como su propuesta, no es responsable su escaso rigor historico (más que escaso, ausente). No es de recibo exigir a una película que ejerza labores divulgativas. Tampoco se puede culpar a su premisa estética, dirigida a mentes vírgenes, amamantadas con vídeosjuegos y vídeoclips de Rammstein, siempre predispuestas a dejarse deslumbrar por el estruendo del trueno pese a que éste sea acompañado de una tormenta seca. En realidad, su gran deficit es la nada que generan sus impostados excesos.

Y es que no hay otra cosa, tras la fachada de este cómic animado, salvo descalibrado exceso. Todo aquello que en la novela gráfica supone una virtud, se convierte en lastre al trasladarse a celuloide; y eso es algo que Frank Miller, con la sumisa complacencia del director Zack Snyder, parece no entender. La fortuna que acompañó a su “Sin City”, al caer en manos de un prestidigitador del talento de Robert Rodriguez, no se repite en esta ocasión, para la que Snyder parece haberse limitado a asentir a cada uno de los deseos del testoterónico creador del cómic, lo que termina por conducir la película a un desfiladero tan profundo como el que sirve de pretexto a su emponzoñado guión.

“300″ no es mala. “300″ simplemente no es. No es más que un énfasis constante que termina por generar cefaleas al espectador descreido y fervor guerrero al entregado. Ante la ausencia de coherencia en el guión, la narrativa se desplaza a trompicones en busca de la siguiente frase lapidaria que permita dar paso a una nueva escena de batalla filmada en slow motion; todo para salpicar, una y otra vez, la pantalla de sangre. No parecen buscar otro objetivo. Ni parecen necesitarlo, pues no hay motivaciones ni hilo que enebre su presunta textura dramática. Buenos, malos y traidores; eso es todo. Y de hecho, eso es todo lo que emparenta a este péplum con su infinitamente más estimable predecesor, “El León de Esparta”: la simpleza de su discurso (por pura vergüenza ajena, prefiero no ahondar en sus torpes referencias políticas y filogays).

De su poca credibilidad, más allá de lo visual, no se puede responsabilizar al poco o mucho esfuerzo empleado por los actores en hacer creibles sus personajes. Su debilidad nace en otro lugar. Una y otra vez, las serias carencias de su poco carismático reparto, se resuelven con gritos de arenga ante cualquier situación, de tal modo que por momentos es difícil comprender si las motivaciones de los personajes obedecen al alma de un guerrero en liza por su libertad o a la de un psicópata sediento de sangre. De tan desdibujado modo son presentados sus protagonistas. Ése es todo el apoyo que reciben los actores de tan desastrado guión en su búsqueda por dan carnalidad a sus papeles.

Así, entre esteticistas efectismos a cámara lenta, planos-postal con eterno fondo gris e incontables jodidas llamadas al honor y al orgullo espartano, transcurren dos horas de enfático vacío. Mientras, la crítica se divide entre los apóstatas que denuncian su pobreza y los aliados con un público, mayoritariamente adolescente, que la ha coronado indiscutible reina de la taquilla (180 millones de dólares recaudados al escribir estas líneas).

No hay más que decir. El pueblo ha hablado. Ha nacido un nuevo clásico. Alabemos, pues, a la impostura confundida con arte cinematográfico. Alabemos a la nada…

Comienzo la semana dedicada al cine azul repescando este viejo posteo…

Tenía 15 o 16 años cuando un amigo robó “Garganta profunda” de las partes oscuras de la videoteca paterna para cedermela durante todo un fin de semana.

Mi gozo acabó en un pozo. No conseguí verla. Era complicado en una casa permanentemente repleta de gente, dotada de una sola televisión para compartir. Así que la cinta se convirtió en un secreto de estado, guardada bajo la cama de la habitación que compartía con mi hermano mayor. Durante un largo fin de semana lo único que pude hacer fue fantasear con las maravillas que escondería aquella sugerente carátula. Pero tuve que contentarme con soñar con las habilidades bucales de aquella pecosa chica feucha que aparecía en la contraportada. Cuando por fin llegó el temido lunes y tuve que devolverla a su dueño, la película se convirtió en toda una obsesión que tardaría años en satisfacer… Ocho, exactamente.

Y como suele suceder con todo aquello que la imaginación alimenta y mitifica, la película supuso una decepción total. Primero, porque para entonces el sexo había dejado de ser un misterio para mí, y todas aquellas estúpidas aventuras de una mujer que tenía situado el clítoris en la garganta, no consiguieron excitarme demasiado, así que, a mitad de la cinta, decidí visionar lo que restaba utilizando el viejo recurso del fast review. Después supe de la peripecia de la peli. De como la mafia la había producido por apenas 15.000 dólares y se había embolsado la totalidad de los multimillonarios beneficios que generó. Linda Lovelace, su desgraciada protagonista, apenas cobró 1.200 por protagonizar la película más productiva de la historia del cine. Hay quién habla de una recaudación total que a día de hoy que superaría los 100 millones de dólares.

Linda Lovelace, aquella chica no demasiado agraciada de la contraportada que atormentó aquel interminable finde, murió no hace mucho tiempo en un accidente de coche. Murió cristiana ortodoxa (o renacida, como prefieran), renegando de su pasado y jurando haber sido amenazada de muerte durante el rodaje de su obra magna. La cinta que la convirtió en inmortal.

Su peripecia vital, a efectos públicos, se inicia con su boda con Chuck Traynor, buscavidas que más tarde se casaría con otro mito del porno (Marilyn Chambers), y se cierra tras su matrimonio con un tipo de la costa Este que, además de arreglar teléfonos, le dió dos hijos. Fue portada de Time. Escribió cuatro autobiografías que oscilaron entre la lujuria más o menos comercial de la primera y la acusadora y arrepentida de la cuarta. Fue candidata a la presidencia de los States y (pre)nominada a mejor actriz principal de los Oscars del año 74. Sufrió malos tratos, amenazas y extorsiones. Acusó a Traynor de haberla introducido en el porno a la fuerza, y fue chantajeada con la salida a la luz de un loop (cosa que finalmente ocurrió), en el que practicaba sexo con un perro.

Hubo mucho más… Una entrada en el Dorothy Chandler Pavillion, en plena ceremonia de los Oscars, a lomos de un caballo, ensombreciendo la estrella del mismísimo Paul Newman quien coincidió con ella en la alfombra roja. Hubo entrevistas para Playboy y Esquire. Efímeros romances con estrellas de la época. Tres películas más… y una retirada prematura que engrandeció su mito, como si de la Garbo se tratase.

 

Para erotómanos de todo el mundo siempre será Linda Lovelace.

Para sus hijos y su ex-marido mecánico telefónico, posiblemente el único que la amó sinceramente, siempre será Linda Marchiano.

Para mí será la chica pecosa de la contraportada de una cinta de vídeo que nunca pude ver.

Hace pocos días me llamó la atención este pequeño libro durante una imprevista excursión a la Fnac…

Se trata de una una serie de cartas de amor (y no pocas de desamor) escritas por personajes célebres y recopiladas en un coqueto volumen por la editorial DEBOLSILLO.

No voy a emborronar con mis palabras las de otros. Me limitaré a reproducir algunas de las misivas que más impacto me causaron…

Virgina Woolf a Leonard Woolf

28 de mayo de 1941

(Nota de suicidio dirigida a su marido)

Querido:

Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto quiero decirte es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte… todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.

V.

Charlotte Brontë a Constantine Heger

18 de noviembre de 1845

Señor:

Los seis meses de silencio han seguido su curso. Hoy es 18 de noviembre; mi última carta estaba fechada (creo) el 18 de mayo. Por eso puedo escribirle sin faltar a mi promesa.

El verano y el otoño se han hecho muy largos; a decir verdad, han sido necesarios dolorosos esfuerzos por mi parte para mantener hasta ahora la abnegación que me impuse a mí misma. Usted, señor, no puede concebir lo que significa; pero imagínese por un instante que uno de sus hijos fuera separado de usted, a 160 leguas, y que usted tuviera que estar seis meses sin escribirle, sin recibir noticias suyas, sin oír hablar de él, sin saber nada de su salud, y entonces entenderá fácilmente toda la severidad de una obligación así.

Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene en gran estima, atormenta demasiado la mente; y cuando uno ha sufrido ese tipo de ansiedad durante un año o dos, está dispuesto a hacer cualquier cosa para reencontrar la paz. Yo lo he intentado todo; he buscado ocupaciones; me he negado a mí misma por completo el placer de hablar de usted, ni siquiera a Emily; pero no he sido capaz de superar ni mis pesares ni mi impaciencia. Lo cual, de hecho, es humillante: ser incapaz de controlar los propios pensamientos, ser esclava de un pesar, de un recuerdo, la esclava de una idea fija y dominante que gobierna despóticamente la mente. ¿Por qué no puedo recibir tanta amistad de usted, como usted de mí, mi más ni menos? Entonces estaría tranquila, tan libre que podría mantenerme en silencio durante diez años sin esfuerzo.

Mi padre está bien, pero ha perdido la vista casi por completo. No puede leer ni escribir. Pero los médicos han recomendado esperar unos pocos meses antes de intentar una operación. El invierno será una larga noche para él. Se queja muy raramente; admiro su paciencia. Si  la Providencia me destinara la misma calamidad, ¡quiera Él concederme tanta paciencia para sobrellevarla! Me parece, señor, que no hay nada más mortificante en las grandes desgracias físicas que verse obligado a hacer que todos los que nos rodean las compartan. Uno puede ocultar los males del alma, pero los que afectan al cuerpo y destruyen nuestras capacidades no pueden ser encubiertos. Mi padre me permite ahora leerle y que escriba por él; me demuestra, también, más confianza de la que había tenido antes, lo cual es un gran consuelo.

(…) Su última carta fue un apoyo y un sostén para mí, alimento para medio año. Ahora necesito otra y usted me la dará; no porque me deba amistad -no me puede tener mucha-, sino porque usted tiene un alma compasiva y no condenaría a nadie a un sufrimiento prolongado para liberarse de unos pocos momentos incómodos. Prohibirme que le escriba, negarse a responderme, sería arrancarme de mí mi única alegría en la tierra, privarme de mi último privilegio -un privilegio al que nunca consentiré en renunciar voluntariamente-. Créame, maestro, escribiéndome hace una buena acción. En tanto que creo que usted está complacido conmigo, en tanto que tengo esperanzas de recibir noticias suyas, puedo descansar y no sentirme muy desdichada. Pero cuando un silencio prolongado y tenebroso parece amenazarme con el alejamiento de mi maestro, cuando día tras día espero una carta, y cuando día tras día solo llega la desilusión para sumirme en una tristeza abrumadora, y la dulce alegría de ver su escritura y leer su consejo huye de mí como una visión vana, entonces me reclama la fiebre, pierdo el apetito y el sueño y languidezco.

Volveré a escribirle el próximo mayo: sería mejor esperar un año, pero es imposible: demasiado tiempo.

(…) Me gustaría poder escribirle cartas más alegres, porque cuando releo esta la encuentro triste de alguna manera -pero, perdóneme, mi querido maestro-; no se irrite por mi tristeza…

(…) Adiós, mi querido Maestro, que Dios le proteja con sumo cuidado y le corone con bendiciones especiales.

George Sand a Gryzmala

(sobre Chopin)

12 de mayo de 1847

Hace siete años (es decir, desde 1840 en Nohant) que vivo como una virgen con él y con los demás, sin esfuerzo ni sacrificio; hasta tal punto estaba harta de pasiones y desilusionada. (…) Ya sé que muchos me acusan; unos de haberle agotado por la violencia de mis sentidos, los otros de haberle desesperado con mis negativas. Tú conoces la verdad del asunto. Él se quejaba de que yo le mataba con mi frialdad mientras que yo tenía la seguridad de matarle si me portaba de otra manera.

Emily Dickinson a “el maestro”

Verano de 1861

Maestro:

Si usted viera cómo una bala alcanza a un pájaro, y él dijera que no está herido, puede que llorase ante su amabilidad, pero con toda seguridad dudaría de su palabra. Una gota más de la cuchillada que ensucia el pecho de vuestra Margarita… Dios me creó, Maestro. No fui yo misma. Yo no sé cómo ocurrió. Él construyó el corazón en mí. Golpe a golpe, creció más que yo y, como una pequeña madre con un hijo mayor, me cansé de cargar con él. Me enteré de que existía algo llamado “Redención”, algo que hacía descansar a hombres y mujeres. Se acordará que le pregunté por ella: usted me ha dado algo distinto. Olvidé la Redención… (No se lo dije durante mucho tiempo, pero usted me había cambiado) y estaba cansada… Me siento más vieja -esta noche, Maestro- pero el amor es el mismo, y también lo son la luna y la media luna. Si la voluntad del Señor hubiera sido que respirase donde usted respiraba y encontrase el lugar -por mí misma- en plena noche; si nunca puedo olvidar que no estoy con usted ni que la tristeza y el fracaso están más cerca que yo; si deseo con una fuerza que no puedo reprimir que mío sea el lugar de la reina, el amor del Plantagenet es mi única disculpa…

(…) Digamos que esperaré por usted.

Digamos que no necesito ir con ningún extraño al, para mí, país desconocido. He esperado mucho tiempo, Maestro, pero puedo esperar todavía más, esperar hasta que mi pelo color de avellana esté moteado y usted utilice bastón, entonces podré mirar mi reloj y, si el Día está en el lejano ocaso, podemos tentar a la suerte en el Cielo.

¿Qué haría conmigo si vengo “de blanco”? ¿Tiene usted la fuerza para darle vida?

Quiero verle más, Maestro, que todo lo que anhelo en este mundo, y el deseo, ligeramente alterado, será el único en los cielos.

¿Puede venir a Nueva Inglaterra este verano? ¿Vendría a Aamherst? ¿Le gustaría venir, Maestro?

¿Podría perjudicarnos, aunque los dos seamos temerosos de Dios? ¿Le desilusionaría la Margarita? No, no lo haría, Maestro. Sería consuelo eterno; solo el mirar su rostro mientras usted mira el mío, entonces podría jugar en los bosques, hasta el anochecer, hasta cuando usted me lleve donde el sol que se pone no pueda hallarnos, y la verdad venga, hasta que la ciudad esté llena. (¿Me dirá que si lo hará?)

No pensaba decirlo, usted no vino a mí “de blanco”, ni me dijo nunca por qué…

No soy una Rosa, aunque me sentí florecer,

No soy Pájaro, aunque crucé el Éter.

Otro día repasaré algunas de las escritas por varones. Hoy era el turno para ellas.

Creo que ha llegado el momento, ahora que “Prison Break” se ha sumido por completo en un desmelenado disparate que crece semana tras semana al mismo ritmo que la adicción que provoca (conste que Mycroft ya me puso sobre aviso de lo que estaba por llegar), de que cuelgue mi personal Top Ten dedicado a las fugas carcelarias… 

10 – EVASIÓN O VICTORIA (VICTORY. John Huston 1981)

Esto debía ir con un texto como el que sigue…

¿De qué va?: Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de prisioneros aliados planea su fuga aprovechando la celebración de un partido de fútbol “amistoso” frente a una selección alemana.

Briefing: Un orgulloso Stallone se puso farruco y se negó por sus webs a dejarse colar un penalty poniendo en peligro el éxito de la fuga y la vida de sus compañeros con tan noble gesto que le situa por méritos propios a la altura del Alec Guinness de “El Puente sobre el Río Kwai”. Afortunadamente para ellos, el público asistente al partido (20.000 furibundos franceses con las baguettes y el vino racionado), por una vez fue el jugador número 12.

Pero por no resultar cansino, lo he eliminado para hacer más fluido, cual arroyo zen, la digestión de esta prescindible lista…

9 – EVASIÓN EN LA GRANJA (CHICKEN RUN. Nick Park y Peter Lord 2000)

8 – EL FUGITIVO (THE FUGITIVE. Andrew Davis 1993)

7 – TOMA EL DINERO Y CORRE (TAKE THE MONEY AND RUN. Woody Allen 1969)

6 – PAPILLON (PAPILLON. Flanklin J. Schaffner 1973)

5 – EL EXPRESO DE MEDIANOCHE (MIDNIGHT EXPRESS. Alan Parker 1978)

4 – FUGA DE ALCATRAZ (ESCAPE FROM ALCATRAZ. Don Siegel 1979)

3 – CADENA PERPETUA (THE SHAWSHANK REDEMPTION. Frank Darabont 1994)

 

2 – LA GRAN EVASIÓN (THE GREAT ESCAPE. John Sturges 1963)

1 – LA EVASIÓN (LE TROU. Jean Becker 1960)

Contaba la sita Ice en un posteo de su desaparecido blog una anécdota relatada por la Coixet a propósito de un encuentro casual con Marcello Mastroianni. Recuerdo que le respondí contándole mi encuentro con Pedro Almodóvar en un semáforo. En realidad no me he encontrado con demasiados famosos, sin embargo han sido tres mis encuentros con el director manchego. Ninguno de ellos relevante, en cualquier aspecto, detesto incordiar, resultar molesto o cargante. Así pues, he procurado no molestar con absurdas demandas de fotografías o autógrafos a los pocos famosos con los que me he cruzado.

La primera vez que le vi, atravesaba una plaza acompañado de otras dos personas camino del psiquiatrico de Cucumberland (Leganés). Por entonces, rodaba “Átame” en aquel pantagruélico edificio que parte literalmente en dos la ciudad. Todos los que han vivído en la ciudad pepino saben de lo irónico que resulta que el viejo manicomio esté situado en la calle de la Luna. Y es que hay veces que el azar es más cabrón que caprichoso en sus designios.

La calle de la Luna es una angosta franja que lleva al centro de la ciudad para los que viven (vivíamos) en la zona sur de la ciudad-dormitorio. Era el camino más corto para acceder, en mi caso, al lugar en el que estudiaba. El edificio mudéjar que albergaba a los enfermos estaba adornado con una serie de falsos balcones enrejados desde los que los pacientes se asomaban en busca de luz, aire y… cigarrillos. Porque era sobre todo cigarrillos lo que solían demandar a todo el que pasaba por allí. Al menos antes de que cambiasen de acera asustados.

Entre los habituales “enrejados” se encontraba un tipo de expresión agria, voz cazallera y pelo blanco. Hubo una época en la que raro era el día en el que no cruzabamos nuestras miradas. Una en demanda de un pitillo. Otra, la del niño, fijada en el suelo, entre avergonzada y asustada.

Un día, tras la boda de un primo materno, me las arreglé para hacerme con una de esas minicajetillas de recuerdo que suelen repartirse en los banquetes. Recuerdo que su inmaculado color blanco estaba coronado por dos anillos serigrafiados con los nombres de los novios. Dentro, cuatro cigarrillos de al menos tres marcas diferentes. Dos de ellos quebrados por el traqueteo de los días. El tercero algo rebanado en su extremo inferior. El cuarto, impecable.

Por alguna razón, que hoy no recuerdo, pensé que sería un buen regalo para el tipo de mirada feroz que, pensaba, me tendría fichado después de tantos desplantes a su desesperada búsqueda de pitillos.

Durante toda la semana siguiente paseé a paso reducido por la acera estigmatizada que todo el mundo procuraba evitar. Sin suerte. Como si hubiese sido tragado por la tierra, el tipo canoso no apareció.

Así ocurrió durante las dos semanas que le siguieron. De tal modo que terminé por regalar tres de los cuatro cigarros a mis compañeros de clase, precoces fumadores quienes no parecieron darle importancia al mal estado en que se encontraban tras semanas bailoteando en mis bolsillos.

Me arrepentí de hacerlo, pues casi un mes después de la boda de mi primo, el tipo de la mirada fija volvió berrear su habitual: “Eh, chaval ¿Tienes un cigarrillo?” Así que le extendí el único que me quedaba, el quebrado. Ahora, más que quebrado, dividido en dos partes asimétricas. Lo miró y lo olisqueó para, a renglón seguido, soltar un exabructo tipo “Qué cabrón, ¡¡pero si está jodido!!” En realidad no recuerdo las palabras exactas, pero sí que fueron ofensivas. Decidí entonces largarme atravesando el hueco de dos coches aparcados cuando escuché detrás mío: “Gracias, chaval” acompañado del gesto de su mano extendida a través de las rejas azul palido en busca de la mía. No correspondí a su ofrecimiento y seguí mi camino.

El tipo era Leopoldo María Panero, lo supe años más tarde. No lo hice tras leer uno de sus libros de poesía ni tras ver su fotografía en alguna parte, sino tras visionar la más amarga película que ha dado el cine español en sus más de cien años de historia: “El Desencanto”, dirigida por Jaime Chavarri.

Nunca se ha rodado nada parecido a “El Desencanto”. En pocas ocasiones una familia se ha prestado a radiografiarse de un modo tan desolador. Todo en ella emana una belleza muerta que conmociona tanto por el eco de los dolorosos testimonios prestados por los desmembrados miembros de la familia Panero como por el tono empleado por el director, en busca de acentuar lo menos posible la esdrújula peripecia de unas personas destruidas que ni siquiera tratan de saber el por qué un velo negro se posó sobre ellos cebándose de modo tan cruel.

Cada diálogo de la cinta es estremedor. Podría elegir cualquiera y sustituirlo por otro sin que se mellase su crudeza.

Pero como debo eleguir una…

Durante el velatorio de Felicidad Blanc, esposa de Leopoldo Panero (otro de los poetas “oficiales” del regimen franquista), Leopoldo María se acercó al cadáver y le besó en los labios. Ante la estupefacción de los allí presentes, el edípico poeta les dijo: “Quiero conseguir que se despierte, como Cenicienta”.

Es imposible transmitir mejor la angustia de la pérdida de un ser querido que negándose a aceptarla.

Años más tarde, escuché que tuvo una novia (escritora y esquizofrénica, como él) durante su estancia en el manicomio de la calle Luna. Sé, también, que ella cerró capítulo saltando por una ventana poco después de ser dada de alta. Sé que de vez en cuando aparece en programas de televisión literarios en los que divaga sin rumbo consiguiendo mayor lucidez en sus palabras de la que muchos quisieran escuchar. Suele burlarse de los que tratan su enfermedad. Y fuma. Sigue fumando sin parar. No hace mucho le escuché decir que en el sanatorio de Mondragón conseguía mamadas de otros internos a cambio de cigarrillos. Y a veces me da por pensar en el curioso destino que aguardó a aquel Fortuna roto que salió de una boda y un crío guardó en sus bolsillos durante semanas.


En la ceremonia de los Oscars del 99, Billy Crystal robó todo protagonismo al megalómano más pagado de sí mismo del mundo, Mr. James Cameron, gracias al memorable vídeo de apertura de la ceremonia.

En aquella presentación de lo mejor del año, Crystal se incrustó en las películas nominadas parodiandolas con su humor cínicoamable… Hasta que le llegó el turno a “Titanic”, para la cual se dibujó a sí mismo colgado de una de las varandillas del megabarco emulando a Leo DiCaprio…

En ese momento, Crystal-DiCaprio exclamó: “Dios mío… Nunca vi un desastre semejante” A lo que, un par de varandillas más abajo, un Crystal travestido del cartero que interpretara Kevin Costner, apostilló: “¡¡Yo sí!!”

El bueno de Costner sabe bien lo que es hostiarse en taquilla. Y es que los desastres taquilleros siempre gozaron de un aura cuasi mística que, aliada con el tiempo, convirtió a la mayoría de ellos en obras de culto.

Puedo imaginar a Orson Welles presidiendo ese Olimpo de grandes desastres, películas inacabadas y proyectos que no fueron… A un apasionado Coppola sufriendo infartos en la jungla filipina durante el rodaje de “Apocalipse Now” A Michael Cimino con la pistola en la sien tras el aquel desastre que fue “La Puerta del Cielo”

Pero será mejor ilustrar todo esto echando un vistazo a mi particular Top Ten sobre el tema…

EL DORADO (1988)
Carlos Saura

Fue concebida como la gran apuesta patria por conseguir emular el magnifico cine de época británico y francés. Pero Saura se olvidó de la épica, de la historia y de paso del propio Lope de Aguirre para centrarse en sus propias obsesiones, consiguiendo como resultado un híbrido desagradable a la vista que ya nació muerto.

Su presupuesto inicial fue de 1.000 millones de pesetas de la época… Finalmente, tras multiples problemas durante el rodaje, éste se disparó hasta los 1.500, posiblemente más… Desconozco la recaudación final, aunque apostaría a que no llegó a recuperar ni un tercio de la inversión.

CORAZONADA (1982) Francis Ford Coppola

El gran defecto de todo genio es la megalomanía que por otra parte les distingue.

Un envalentonado Coppola soñó con recuperar el género músical y no se le ocurrió idea mejor que construir una réplica de la ciudad de Las Vegas en los estudios de la Zoetrope de San Francisco.

Mandó construir edificios enteros, asfaltó carreteras de pega e iluminó todo ello con cientos de letreros luminosos. Contrató a una secundaria resultona (Teri Garr) para llevar el peso de semejante mastodonte y colocó a su poco glamuroso primo (Frederick Forrest) como su partenaire en un nuevo acto de depotismo a los que el genio italoamericano nos tiene acostumbrados.

La película resultó ser un brillante juego de manos. Un truco de magia tan superficial como llamativo. Y como era de esperar, se estrelló en taquilla.

Costó 26 millones de dólares…. Recaudó poco más de medio millón… De paso, condenó a Francis Ford Coppola a malvenderse durante el resto de su vida para afrontar las enormes perdidas generadas. De hecho, a día de hoy, aún no ha cubierto las deudas (infladas por los tremebundos intereses bancarios generados) que provocó la película.

LA PUERTA DEL CIELO (1980) Michael Cimino

La mayor de las catastofres. Al menos, la que peores consecuencias generó.

Cimino se creyó Dios y se convirtió en el mensajero de las verdades absolutas al idear este atípico western en el que sustituyó indios y caravanas por amistades confrontadas e inmigrantes centroeuropeos.

El rodaje fue un infierno del que pocos salieron indemnes. Se contó que gastó más de un millón de dólares sólo en una multitudinaria escena de baile que apenas dura tres minutos. La United Artist se vio obligada a triplicar el presupuesto inicial que terminó siendo de 44 millones de dólares… Recaudó poco más de 3, provocando la desaparición efectiva de la mítica productora, que fundaran Chaplin, D. W. Griffith, Douglas Fairbanks y su esposa Mary Pickford, obligada a fusionarse con la Metro para hacer frente a una deuda insoportable.

La carrera de Cimino no murió, sin embargo. Aún tuvo tiempo de regalarnos “Manhattan Sur”. Después desapareció enterrado entre encargos y películas fallidas.

AVARICIA (1924)Erich Von Stroheim

Durante el rodaje de “La viuda alegre”, Von Stroheim exigió que los armarios estuviesen llenos de ropa, y que esa ropa fuese fiel al estilo de la época. Todo ello a pesar de que los armarios permanecieron cerrados durante las escenas. A tal punto llegaba el perfeccionismo del genio alemán.

Con “Avaricia” habría agotado la paciencia del mismísimo Job… Se largó a rodar al Valle de la Muerte durante meses sin dar cuenta a los productores de sus progresos. Sus demandas de dinero y metros de película fueron atendidos durante algún tiempo, hasta que finalmente el grifo se cerró.

La productora le arrebató el material rodado y se dispuso a tratar de dar forma a las más de 30 horas de película rodadas. Von Stroheim renegó del resultado final (una obra maestra, a su pesar), reclamando su derecho a realizar él mismo un montaje que (prometió) no superaría las tres horas. No se lo concedieron. Finalmente la película se estrenó con un metraje de 140 minutos.

Costó más de un millón de dólares… No recaudó ni la mitad de su coste.

THE LAST MOVIE (1971) Dennis Hoper

De un modo entre inconsciente y profético, Dennis Hoper tituló a este disparate “La última película”. No fue así. La buena estrella de este buscavidas se manifestó como nunca al conseguir salir vivo de aquel rodaje.

Avalado por el éxito de “Easy Rider” consiguió financiación para rodar una alucinante historia de cine dentro de cine en la que ni él mismo creía.

Se marchó a Perú en dónde se fumó la mayor parte del dinero en orgías con putas locales y cocaína sin límite. Tanto él como la mayor parte de su equipo, solían filmar colocados y sin horarios definidos, lo que provocó deserciones, algunas sobredosis y mucho descontento por parte de los productores.

Costó un millón de dólares… No hay datos sobre su recaudación. Y casi mejor que sea así.

HOWARD EL PATO (1986)Willard Huyck

No le pregunten a George Lucas por esta peli, a riesgo de ganarse un buen mamporro (no crean que no es capaz. que se lo pregunten a Denis Finch).

Y es que la adaptación al cine de este popular cómic, sólo trajo quebraderos de cabeza y bolsillos vacíos a sus responsables.

Las disparatas aventuras de un detectivepato malhablado y enamorado de una hembra humana (Lea Thompson) fueron domesticadas para poder pasar el tamiz de la censura yankee y poder ser estrenada como apta para menores.

Dio igual… Costó 30 millones de dólares. Recaudó 16.

INTOLERANCIA (1916)David Ward Griffith

De una tacada, Griffith creó la primera obra maestra indiscutible de la historia del cine y el primer gran fiasco.

Modeló el lenguaje cinematográfico al simultanear varias tramas que desembocaban en un mismo resultado: La imnominia humana a través de los tiempos. Su genialidad tan sólo consiguió confundir a un público que no estaba preparado para semejante salto, acostumbrado a tramas simples y estructuras narrativas lineales.

La leyenda del gran incomprendido se agigantó así con “Intolerancia”. Casi tanto como las terribles perdidas económicas que produjo.

No existen datos fiables acerca de su costo, varía entre los 300.000 dólares y el millón. Su recaudación se estima en un diez por ciento de su presupuesto.

AT LONG LAST LOVE (1975)Peter Bogdanovich

Y otro potencial genio que se fue al carajo.

Bogdanovich ya había conseguido ganarse a la crítica y al público, ahora sólo necesitaba una película que le asentase en tan privilegiado lugar. Pero la combinación de juventud y ego suele jugar malas pasadas. Se equivocó tratando de resucitar los sofisticados músicales de los años treinta haciendo cantar a Burt Reynolds y a Cybill Shepard…

La calidad de la película fue inversamente proporcional a la respuesta que recibió del público. Un duro castigo para una brillante comedia músical y para un tipo obligado a acostumbrarse a las tragedias después de aquello (cómo duele recordar a Dorothy Stratten).

Su presupuesto fue de 6 millones de dólares… Recaudó apenas uno y medio.

BRAZIL (1985)Terry Gilliam

Hubo juicios. Retrasos en el estreno (años de retraso). Pésima distribuición. Aún así, Gilliam fabricó una de las mejores películas de la década.

Todo en ella es mágico. Desde un afinado reparto, hasta la asfixiante puesta en escena. La imaginación del ex-Monty Python se desbordó como nunca en esta fábula de un futuro sin esperanza.

Costó 15 millones de dólares… Tan sólo recaudó 9.

EL CUARTO MANDAMIENTO (1942)Orson Welles

Welles la rodó a su estilo, osease, haciendo lo que le vino en gana. Después decidió posponer su post-producción largándose a Brasil para rodar un documental que le mantuvo en el país sudamericano durante casi un año.

Durante ese tiempo, la RKO montó (mutiló, según Welles) la película y aún tuvo tiempo de secuestrar el material rodado en Brasil para almacenarlo en sus almacenes.

El resultado… La mejor película de la historia según algunos de esos estúpidos rankings con los que de vez en cuando las academías bombardean las páginas de los periodicos… Aunque, por una vez, estoy de acuerdo (y que Orson me perdone).

Su presupuesto se cifró en torno al millón de dólares… Apenas consiguió recaudar la mitad.

REVOLUCIÓN (1985)Hugh Hudson

Y como corresponde, lo mejor para el final…

Y es que ya lo dijo Ford: “Entre la leyenda y la realidad, quédense con la leyenda”. Lo cierto es que no fue muy inteligente, por parte del director de “Carros de Fuego”, el contar la historia de la revolución americana tal y como fue, situando como heroe a un cobarde alistado a la fuerza (pobre Pacino, cuatro años sin hacer cine después de esto) en un entorno carente de buenos y malos. Todo ello utilizando dinero americano.

Pacino logró recuperarse. Hudson no. Y la peli al final, resultó ser una mediocridad que tal vez no mereció destino tan cruel.

Sin duda la película menos rentable de la historia. Costó 28 millones de dólares… Recaudó cerca de 200.000… Y no, no es broma.

Mis felicitaciones para quién haya conseguido leer hasta el final de este enrevesado listado… Trataré de ser breve y no atormentar con más megaposteos.

Publicado originalmente en mi viejo blog. Allá por diciembre de 2005. Lo recupero por hacer bulto. Y por pereza, vamos…

Todos los días, a las seis de la tarde, un tipo vestido con el mismo traje gris aparecía en la redacción de Cahiers para recoger a su mujer. Cada día, Truffaut, Rohmer, Godard y Rivette se cruzaban con él en los pasillos. Su presencia se había convertido en algo familiar pese a que la mayoría tan sólo le conocía por ser el marido de Jeanette, la secretaria de la revista.

Su nombre era Jean Eustache. Tras la melancólica estampa que le proporcionaba su rostro afligido y su pelo largo y lacio, a la manera de los poetas del XXVIII, se escondía un hombre de cine que coleccionaba premios gracias a sus cortos.

Rápidamente, Eustache, consiguió hacerse con un nombre dentro del mundillo del corto y mediometraje francés. Sus obras se comparaban con las de Vigo. La cúpula de la Nouvelle Vague simpatizó de inmediato con él. Truffaut, que carecía de estudios universitarios como él, se sintió primero identificado con el hombre y después fascinado por su obra. Rohmer, intelectual exquisito, se rindió al magnetismo trágico que emanaba su melancólica figura.

Conseguido el éxito, gracias al favor de la crítica, y convertido en lo que siempre quiso ser, un artísta romántico al estilo de Rimbaud, Eustache comenzó a frecuentar los más lúgrubes bares de Montparnasse dejándo de lado a su mujer a cambio de multitud aventuras ocasionales, lo que terminaría por costarle su matrimonio. La lenta debacle emocional comenzó entonces. Su caracter depresivo se agudizó tras el suicidio de una ex-novia que no pudo soportar el verse retratada en “La madre y la puta”, la gran obra del director. Al tiempo, los excesos con el alcohol sirvieron para alimentar su eterna insatisfacción, agudizando una marcada paranoia que terminó con un intento de suicidio mientras se hallaba en un hotel griego. La caida de cinco pisos no acabó con su vida, pero le dejó físicamente incapacitado.

Un año más tarde, en 1981, ya con una carrera completamente destrozada, tuvo más suerte. Apareció muerto en su apartamento parisino. No dejó nota alguna de despedida. Tenía 43 años, aparentaba 60.

Tan sólo dirigió dos largos. El más notable, “La madre y la puta”, ya se consideró una obra de culto en vida de su autor. Narra la historia de Paul, joven pretencioso y despreocupado que, tras romper una relación con una mujer madura, se involucra en un triángulo amoroso formado, además, por una enfermera promiscua llamada Veronika y por Gilberte, treintiañera y madre, que ve en Paul su última oportunidad de alcanzar la felicidad.

Durante más de tres horas y media jalonadas por silencios, los tres expondrán sus miedos y deseos sin llegar a dejarse ver en ningún momento. Serán los gestos los que les delaten. Las miradas del eternamente insatisfecho Paul en dirección a otras mujeres, inventando vidas paralelas. Los desvaríos de Veronika, deseosa de ser amada por cualquiera que vea en ella algo más que un culo bonito. La frustración de Gilberte, que observa embobada a Paul, sin el que ella no cree que su mundo tenga ningún sentido.

Eustache dio carpetazo final a la Nouvelle Vague con una obra amarga que expresa su fracaso. Convirtió la lujuria por vivir que imaginaron los cachorros surgidos de Cahiers du Cinema en una desesperanzada utopía que viene a demostrar lo que ya sabíamos;  que estamos solos, sin importar cuanta gente se mueva a nuestro alrededor.

El célebre monólogo de Veronika, ninfómana emocional más que física, parte el corazón. Su decepción va más allá de sexos. Su frustración es la todos. Es la de un hombre (Eustache) que nunca encontró su lugar. La de todos aquellos que nunca fueron amados. Fue la puya a un movimiento que cambió el cine, pero que fue incapaz de encontrar una vía de escape cuando debió combatir con la realidad.

(…) Para mí no hay putas. Para mí, una chica que se deja follar por cualquiera no es una puta. No hay putas. Se la puedes chupar a cualquiera y no serás un puta por eso. No hay putas sobre la Tierra, compréndelo. La mujer que está casada y es feliz, que fantasea con hacérselo con el jefe de su marido, o por cualquier puto actor, o por el lechero o su fontanero… ¿Acaso es una puta?. No existen las putas. Me dejo follar por cualquiera, sí. Ellos me follan y yo me quedo a gusto. ¿Por qué le dais tanta importancia al sexo? ¿Me follas? Bien. Gritas “Oh, como te quiero. Sólo tú puedes hacérmelo así. Sólo existo para que me folles como tú sabes”, y toda esa mierda que ellos quieren escuchar. La cuestión es graciosa para nosotras. Pero suena como algo horrible y sórdido. ¡Joder, qué cosa tan sórdida! (…)

(…) Y no estoy borracha porque llore. Lloro por toda mi vida pasada. Mi vida sexual pasada, que es tan corta. Cinco años de vida sexual es muy poco. ¿Lo ves, Maria?, te cuento esto porque te quiero. Tantos hombres me besaron. Me desearon porque tenía un buen culo, que puede ser eventualmente deseable. Porque tengo pechos muy hermosos. Mi boca tampoco está mal. Y muchos hombres me desearon por eso, no me vieron a mí, desearon el vacío. Besaron el vacío. Follaron el vacío. Me besaron como a una puta. Pero ¿Sabes?… Creo que un día un hombre vendrá y me querrá y me hará un niño. Lo hará porque me querrá. Y el amor sólo es valioso cuando se quiere tener un niño juntos. Si los dos queremos tener un hijo es porque nos queremos. Una pareja que no quiere tener hijos no es nada. Es una mierda. Es un polvo. (…)

(…) Mi tristeza no es un reproche, lo sabes. Es una vieja tristeza que anda vagabundeando desde hace cinco años. Sólo es eso. Pero da igual. Estáis bien juntos. Sabed que vais a ser felices…

Enhorabuena, Marty. Días más negros se vieron, pero pocos más injustos como el que te vio recoger tan caritativa estatuilla por tan fofa película. Más, después de haber podido comprobar hace pocos días que el original chino es infinitamente superior a la hueca y efectista ensalada de muertos que a ojos de los académicos es mejor película que “Toro Salvaje” o “Taxi Driver”. Espero que los que la votaron como tal cuiden su vista con esmero pues el alma ya está perdida. Qué pena dan los premios por compasión, y lo que es peor, qué pena da ver como el agraciado se engaña a sí mismo al recogerlo con tan hipócrita sonrisa.

Qué razón tenía Dickens cuando escribió “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…”, pues en la misma ceremonia, contra viento, marea y pronóstico, fue premida una de esas películas que te revuelven las tripas hasta el límite del vómito, como le ocurría a Jack en el remake de “El cartero siempre llama dos veces” al ser incapaz de contener su deseo cuando Jessica Lange hacía escasear el aire con su presencia.

 

Es posible que Guillermo del Toro no consiga liberarse de la cara de idiota que se le quedó al escuchar que “La vida de los otros” eran las palabras que resonaban en la sala. A cambio todos hemos ganado una obra maestra de proporciones bíblicas que merece un homenaje aparte, en unos días.

Cambiando de tema, un anónimo mensaje recibido durante mi ausencia (conste que no olvido los de gueena, natalia y rayuela palatina… gracias!!) consiguió llegar a lo más hondo de mi ser…

Recibí su visita en un viejo posteo, que casi nadie conoció, dedicado a muertes míticas de celuloide. Todo el trabajo de documentación que precisó (tampoco mucho, la verdad), todo el tiempo empleado en que su lectura fuese ligera, breve y mínimamente digna, todo, se fue al cuerno ante semejante apreciación:

“az la foto de las tias en volas mas grande”

Pocas veces tan clamorosos errores ortográficos expresaron algo con más nitidez.

Pues nada hombre, está de suerte, aquí tiene una fotou fija (difícil de encontrar, que pertenece a la colección privada de mi admirado Luis Gasca) de dicha escena…

TIAZ EN VOLAS

Confio en que la gallarda resultante sea satisfactoria.

Por cierto, colgando la fotou en el Flickr, aún no había terminado de cargarse y ya tenía marcada una visita  O_0. Lo que me ha hecho recordar las palabras de David Serrano, en un encuentro con universitarios emitido por el plus a propósito del estreno de su “Días de Cine”. Palabras con las que loaba una vieja película titulada “La Trastienda”, cinta de contenido político-social ambientada en Pamplona durante las fiestas de San Fermín, que terminó convirtiendose en un inesperado hit taquillero gracias a los 1’7 segundos en los que María José Cantudo mostraba su cuerpo desnudo.

Parece que después de todo tampoco hemos cambiado tanto. Y qué viva España, que diría Nathalie Poza, quien se sentaba a la diestra del director, y a quien, en la misma sesión, escuché una de las más hermosas frases que han llegado a mis oídos en meses:

“El Apartamento” es una comedia, ¿no?. Es curioso, a mí me hace llorar.

Y fin a tan inconexo posteo. Disculpen, cosa de la falta de práctica tras tan larga ausencia que, en algún momento, creí sería definitiva…  

Primero fue un router:

Y aunque no estaba averiado, la incompetencia de los tipos de telefónica les llevó a enviarme otro para solucionar el molesto incoveniente de no recibir señal alguna…

Así pues… Luego fueron dos:

Y por supuesto, el problema siguió ahí…

Muchos días, un sospechoso cambio de número de teléfono (sin notificación ni permiso de por medio), docenas de horas al teléfono tratando de explicar el problema a operadoras que prefieren no escuchar y tres heróicos técnicos que nunca llegaron, más tarde, me rendí y, más alterado que un zingaro, decidí darme de baja de un servicio que nunca llegué a utilizar pero que seguro van a cobrar.

Y todo para acabar igual que estaba hace un mes…

De hecho, el nuevo bicho que me han instalado los tipos de ONO es hasta más mono que el anterior.

En fin, que aunque este lugar parezca tan solitario como un pueblo del Far West, bala de paja atravesando la calle incluida, sigo por aquí…