Contaba la sita Ice en un posteo de su desaparecido blog una anécdota relatada por la Coixet a propósito de un encuentro casual con Marcello Mastroianni. Recuerdo que le respondí contándole mi encuentro con Pedro Almodóvar en un semáforo. En realidad no me he encontrado con demasiados famosos, sin embargo han sido tres mis encuentros con el director manchego. Ninguno de ellos relevante, en cualquier aspecto, detesto incordiar, resultar molesto o cargante. Así pues, he procurado no molestar con absurdas demandas de fotografías o autógrafos a los pocos famosos con los que me he cruzado.

La primera vez que le vi, atravesaba una plaza acompañado de otras dos personas camino del psiquiatrico de Cucumberland (Leganés). Por entonces, rodaba “Átame” en aquel pantagruélico edificio que parte literalmente en dos la ciudad. Todos los que han vivído en la ciudad pepino saben de lo irónico que resulta que el viejo manicomio esté situado en la calle de la Luna. Y es que hay veces que el azar es más cabrón que caprichoso en sus designios.

La calle de la Luna es una angosta franja que lleva al centro de la ciudad para los que viven (vivíamos) en la zona sur de la ciudad-dormitorio. Era el camino más corto para acceder, en mi caso, al lugar en el que estudiaba. El edificio mudéjar que albergaba a los enfermos estaba adornado con una serie de falsos balcones enrejados desde los que los pacientes se asomaban en busca de luz, aire y… cigarrillos. Porque era sobre todo cigarrillos lo que solían demandar a todo el que pasaba por allí. Al menos antes de que cambiasen de acera asustados.

Entre los habituales “enrejados” se encontraba un tipo de expresión agria, voz cazallera y pelo blanco. Hubo una época en la que raro era el día en el que no cruzabamos nuestras miradas. Una en demanda de un pitillo. Otra, la del niño, fijada en el suelo, entre avergonzada y asustada.

Un día, tras la boda de un primo materno, me las arreglé para hacerme con una de esas minicajetillas de recuerdo que suelen repartirse en los banquetes. Recuerdo que su inmaculado color blanco estaba coronado por dos anillos serigrafiados con los nombres de los novios. Dentro, cuatro cigarrillos de al menos tres marcas diferentes. Dos de ellos quebrados por el traqueteo de los días. El tercero algo rebanado en su extremo inferior. El cuarto, impecable.

Por alguna razón, que hoy no recuerdo, pensé que sería un buen regalo para el tipo de mirada feroz que, pensaba, me tendría fichado después de tantos desplantes a su desesperada búsqueda de pitillos.

Durante toda la semana siguiente paseé a paso reducido por la acera estigmatizada que todo el mundo procuraba evitar. Sin suerte. Como si hubiese sido tragado por la tierra, el tipo canoso no apareció.

Así ocurrió durante las dos semanas que le siguieron. De tal modo que terminé por regalar tres de los cuatro cigarros a mis compañeros de clase, precoces fumadores quienes no parecieron darle importancia al mal estado en que se encontraban tras semanas bailoteando en mis bolsillos.

Me arrepentí de hacerlo, pues casi un mes después de la boda de mi primo, el tipo de la mirada fija volvió berrear su habitual: “Eh, chaval ¿Tienes un cigarrillo?” Así que le extendí el único que me quedaba, el quebrado. Ahora, más que quebrado, dividido en dos partes asimétricas. Lo miró y lo olisqueó para, a renglón seguido, soltar un exabructo tipo “Qué cabrón, ¡¡pero si está jodido!!” En realidad no recuerdo las palabras exactas, pero sí que fueron ofensivas. Decidí entonces largarme atravesando el hueco de dos coches aparcados cuando escuché detrás mío: “Gracias, chaval” acompañado del gesto de su mano extendida a través de las rejas azul palido en busca de la mía. No correspondí a su ofrecimiento y seguí mi camino.

El tipo era Leopoldo María Panero, lo supe años más tarde. No lo hice tras leer uno de sus libros de poesía ni tras ver su fotografía en alguna parte, sino tras visionar la más amarga película que ha dado el cine español en sus más de cien años de historia: “El Desencanto”, dirigida por Jaime Chavarri.

Nunca se ha rodado nada parecido a “El Desencanto”. En pocas ocasiones una familia se ha prestado a radiografiarse de un modo tan desolador. Todo en ella emana una belleza muerta que conmociona tanto por el eco de los dolorosos testimonios prestados por los desmembrados miembros de la familia Panero como por el tono empleado por el director, en busca de acentuar lo menos posible la esdrújula peripecia de unas personas destruidas que ni siquiera tratan de saber el por qué un velo negro se posó sobre ellos cebándose de modo tan cruel.

Cada diálogo de la cinta es estremedor. Podría elegir cualquiera y sustituirlo por otro sin que se mellase su crudeza.

Pero como debo eleguir una…

Durante el velatorio de Felicidad Blanc, esposa de Leopoldo Panero (otro de los poetas “oficiales” del regimen franquista), Leopoldo María se acercó al cadáver y le besó en los labios. Ante la estupefacción de los allí presentes, el edípico poeta les dijo: “Quiero conseguir que se despierte, como Cenicienta”.

Es imposible transmitir mejor la angustia de la pérdida de un ser querido que negándose a aceptarla.

Años más tarde, escuché que tuvo una novia (escritora y esquizofrénica, como él) durante su estancia en el manicomio de la calle Luna. Sé, también, que ella cerró capítulo saltando por una ventana poco después de ser dada de alta. Sé que de vez en cuando aparece en programas de televisión literarios en los que divaga sin rumbo consiguiendo mayor lucidez en sus palabras de la que muchos quisieran escuchar. Suele burlarse de los que tratan su enfermedad. Y fuma. Sigue fumando sin parar. No hace mucho le escuché decir que en el sanatorio de Mondragón conseguía mamadas de otros internos a cambio de cigarrillos. Y a veces me da por pensar en el curioso destino que aguardó a aquel Fortuna roto que salió de una boda y un crío guardó en sus bolsillos durante semanas.


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