Hace pocos días me llamó la atención este pequeño libro durante una imprevista excursión a la Fnac…

Se trata de una una serie de cartas de amor (y no pocas de desamor) escritas por personajes célebres y recopiladas en un coqueto volumen por la editorial DEBOLSILLO.

No voy a emborronar con mis palabras las de otros. Me limitaré a reproducir algunas de las misivas que más impacto me causaron…

Virgina Woolf a Leonard Woolf

28 de mayo de 1941

(Nota de suicidio dirigida a su marido)

Querido:

Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto quiero decirte es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte… todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.

V.

Charlotte Brontë a Constantine Heger

18 de noviembre de 1845

Señor:

Los seis meses de silencio han seguido su curso. Hoy es 18 de noviembre; mi última carta estaba fechada (creo) el 18 de mayo. Por eso puedo escribirle sin faltar a mi promesa.

El verano y el otoño se han hecho muy largos; a decir verdad, han sido necesarios dolorosos esfuerzos por mi parte para mantener hasta ahora la abnegación que me impuse a mí misma. Usted, señor, no puede concebir lo que significa; pero imagínese por un instante que uno de sus hijos fuera separado de usted, a 160 leguas, y que usted tuviera que estar seis meses sin escribirle, sin recibir noticias suyas, sin oír hablar de él, sin saber nada de su salud, y entonces entenderá fácilmente toda la severidad de una obligación así.

Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene en gran estima, atormenta demasiado la mente; y cuando uno ha sufrido ese tipo de ansiedad durante un año o dos, está dispuesto a hacer cualquier cosa para reencontrar la paz. Yo lo he intentado todo; he buscado ocupaciones; me he negado a mí misma por completo el placer de hablar de usted, ni siquiera a Emily; pero no he sido capaz de superar ni mis pesares ni mi impaciencia. Lo cual, de hecho, es humillante: ser incapaz de controlar los propios pensamientos, ser esclava de un pesar, de un recuerdo, la esclava de una idea fija y dominante que gobierna despóticamente la mente. ¿Por qué no puedo recibir tanta amistad de usted, como usted de mí, mi más ni menos? Entonces estaría tranquila, tan libre que podría mantenerme en silencio durante diez años sin esfuerzo.

Mi padre está bien, pero ha perdido la vista casi por completo. No puede leer ni escribir. Pero los médicos han recomendado esperar unos pocos meses antes de intentar una operación. El invierno será una larga noche para él. Se queja muy raramente; admiro su paciencia. Si  la Providencia me destinara la misma calamidad, ¡quiera Él concederme tanta paciencia para sobrellevarla! Me parece, señor, que no hay nada más mortificante en las grandes desgracias físicas que verse obligado a hacer que todos los que nos rodean las compartan. Uno puede ocultar los males del alma, pero los que afectan al cuerpo y destruyen nuestras capacidades no pueden ser encubiertos. Mi padre me permite ahora leerle y que escriba por él; me demuestra, también, más confianza de la que había tenido antes, lo cual es un gran consuelo.

(…) Su última carta fue un apoyo y un sostén para mí, alimento para medio año. Ahora necesito otra y usted me la dará; no porque me deba amistad -no me puede tener mucha-, sino porque usted tiene un alma compasiva y no condenaría a nadie a un sufrimiento prolongado para liberarse de unos pocos momentos incómodos. Prohibirme que le escriba, negarse a responderme, sería arrancarme de mí mi única alegría en la tierra, privarme de mi último privilegio -un privilegio al que nunca consentiré en renunciar voluntariamente-. Créame, maestro, escribiéndome hace una buena acción. En tanto que creo que usted está complacido conmigo, en tanto que tengo esperanzas de recibir noticias suyas, puedo descansar y no sentirme muy desdichada. Pero cuando un silencio prolongado y tenebroso parece amenazarme con el alejamiento de mi maestro, cuando día tras día espero una carta, y cuando día tras día solo llega la desilusión para sumirme en una tristeza abrumadora, y la dulce alegría de ver su escritura y leer su consejo huye de mí como una visión vana, entonces me reclama la fiebre, pierdo el apetito y el sueño y languidezco.

Volveré a escribirle el próximo mayo: sería mejor esperar un año, pero es imposible: demasiado tiempo.

(…) Me gustaría poder escribirle cartas más alegres, porque cuando releo esta la encuentro triste de alguna manera -pero, perdóneme, mi querido maestro-; no se irrite por mi tristeza…

(…) Adiós, mi querido Maestro, que Dios le proteja con sumo cuidado y le corone con bendiciones especiales.

George Sand a Gryzmala

(sobre Chopin)

12 de mayo de 1847

Hace siete años (es decir, desde 1840 en Nohant) que vivo como una virgen con él y con los demás, sin esfuerzo ni sacrificio; hasta tal punto estaba harta de pasiones y desilusionada. (…) Ya sé que muchos me acusan; unos de haberle agotado por la violencia de mis sentidos, los otros de haberle desesperado con mis negativas. Tú conoces la verdad del asunto. Él se quejaba de que yo le mataba con mi frialdad mientras que yo tenía la seguridad de matarle si me portaba de otra manera.

Emily Dickinson a “el maestro”

Verano de 1861

Maestro:

Si usted viera cómo una bala alcanza a un pájaro, y él dijera que no está herido, puede que llorase ante su amabilidad, pero con toda seguridad dudaría de su palabra. Una gota más de la cuchillada que ensucia el pecho de vuestra Margarita… Dios me creó, Maestro. No fui yo misma. Yo no sé cómo ocurrió. Él construyó el corazón en mí. Golpe a golpe, creció más que yo y, como una pequeña madre con un hijo mayor, me cansé de cargar con él. Me enteré de que existía algo llamado “Redención”, algo que hacía descansar a hombres y mujeres. Se acordará que le pregunté por ella: usted me ha dado algo distinto. Olvidé la Redención… (No se lo dije durante mucho tiempo, pero usted me había cambiado) y estaba cansada… Me siento más vieja -esta noche, Maestro- pero el amor es el mismo, y también lo son la luna y la media luna. Si la voluntad del Señor hubiera sido que respirase donde usted respiraba y encontrase el lugar -por mí misma- en plena noche; si nunca puedo olvidar que no estoy con usted ni que la tristeza y el fracaso están más cerca que yo; si deseo con una fuerza que no puedo reprimir que mío sea el lugar de la reina, el amor del Plantagenet es mi única disculpa…

(…) Digamos que esperaré por usted.

Digamos que no necesito ir con ningún extraño al, para mí, país desconocido. He esperado mucho tiempo, Maestro, pero puedo esperar todavía más, esperar hasta que mi pelo color de avellana esté moteado y usted utilice bastón, entonces podré mirar mi reloj y, si el Día está en el lejano ocaso, podemos tentar a la suerte en el Cielo.

¿Qué haría conmigo si vengo “de blanco”? ¿Tiene usted la fuerza para darle vida?

Quiero verle más, Maestro, que todo lo que anhelo en este mundo, y el deseo, ligeramente alterado, será el único en los cielos.

¿Puede venir a Nueva Inglaterra este verano? ¿Vendría a Aamherst? ¿Le gustaría venir, Maestro?

¿Podría perjudicarnos, aunque los dos seamos temerosos de Dios? ¿Le desilusionaría la Margarita? No, no lo haría, Maestro. Sería consuelo eterno; solo el mirar su rostro mientras usted mira el mío, entonces podría jugar en los bosques, hasta el anochecer, hasta cuando usted me lleve donde el sol que se pone no pueda hallarnos, y la verdad venga, hasta que la ciudad esté llena. (¿Me dirá que si lo hará?)

No pensaba decirlo, usted no vino a mí “de blanco”, ni me dijo nunca por qué…

No soy una Rosa, aunque me sentí florecer,

No soy Pájaro, aunque crucé el Éter.

Otro día repasaré algunas de las escritas por varones. Hoy era el turno para ellas.

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