Comienzo la semana dedicada al cine azul repescando este viejo posteo…

Tenía 15 o 16 años cuando un amigo robó “Garganta profunda” de las partes oscuras de la videoteca paterna para cedermela durante todo un fin de semana.

Mi gozo acabó en un pozo. No conseguí verla. Era complicado en una casa permanentemente repleta de gente, dotada de una sola televisión para compartir. Así que la cinta se convirtió en un secreto de estado, guardada bajo la cama de la habitación que compartía con mi hermano mayor. Durante un largo fin de semana lo único que pude hacer fue fantasear con las maravillas que escondería aquella sugerente carátula. Pero tuve que contentarme con soñar con las habilidades bucales de aquella pecosa chica feucha que aparecía en la contraportada. Cuando por fin llegó el temido lunes y tuve que devolverla a su dueño, la película se convirtió en toda una obsesión que tardaría años en satisfacer… Ocho, exactamente.

Y como suele suceder con todo aquello que la imaginación alimenta y mitifica, la película supuso una decepción total. Primero, porque para entonces el sexo había dejado de ser un misterio para mí, y todas aquellas estúpidas aventuras de una mujer que tenía situado el clítoris en la garganta, no consiguieron excitarme demasiado, así que, a mitad de la cinta, decidí visionar lo que restaba utilizando el viejo recurso del fast review. Después supe de la peripecia de la peli. De como la mafia la había producido por apenas 15.000 dólares y se había embolsado la totalidad de los multimillonarios beneficios que generó. Linda Lovelace, su desgraciada protagonista, apenas cobró 1.200 por protagonizar la película más productiva de la historia del cine. Hay quién habla de una recaudación total que a día de hoy que superaría los 100 millones de dólares.

Linda Lovelace, aquella chica no demasiado agraciada de la contraportada que atormentó aquel interminable finde, murió no hace mucho tiempo en un accidente de coche. Murió cristiana ortodoxa (o renacida, como prefieran), renegando de su pasado y jurando haber sido amenazada de muerte durante el rodaje de su obra magna. La cinta que la convirtió en inmortal.

Su peripecia vital, a efectos públicos, se inicia con su boda con Chuck Traynor, buscavidas que más tarde se casaría con otro mito del porno (Marilyn Chambers), y se cierra tras su matrimonio con un tipo de la costa Este que, además de arreglar teléfonos, le dió dos hijos. Fue portada de Time. Escribió cuatro autobiografías que oscilaron entre la lujuria más o menos comercial de la primera y la acusadora y arrepentida de la cuarta. Fue candidata a la presidencia de los States y (pre)nominada a mejor actriz principal de los Oscars del año 74. Sufrió malos tratos, amenazas y extorsiones. Acusó a Traynor de haberla introducido en el porno a la fuerza, y fue chantajeada con la salida a la luz de un loop (cosa que finalmente ocurrió), en el que practicaba sexo con un perro.

Hubo mucho más… Una entrada en el Dorothy Chandler Pavillion, en plena ceremonia de los Oscars, a lomos de un caballo, ensombreciendo la estrella del mismísimo Paul Newman quien coincidió con ella en la alfombra roja. Hubo entrevistas para Playboy y Esquire. Efímeros romances con estrellas de la época. Tres películas más… y una retirada prematura que engrandeció su mito, como si de la Garbo se tratase.

 

Para erotómanos de todo el mundo siempre será Linda Lovelace.

Para sus hijos y su ex-marido mecánico telefónico, posiblemente el único que la amó sinceramente, siempre será Linda Marchiano.

Para mí será la chica pecosa de la contraportada de una cinta de vídeo que nunca pude ver.

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