De entre las muchas maneras de interpretar “La Vida de los Otros”, destaca el color. El paraíso socialista que lideró Eric Honecker es mostrado como blanco y negro desteñido en gris. Así lo ve Florian Henckel-Donnersmarck y así lo muestra. Más que triste, es un lugar sin alma. Sin coches ahogando sus impecables carreteras, ni gente en sus calles. Los suicidios se solapan y los teatros se llenan con vociferantes miembros del partido que aplauden obras creadas por otros miembros. La endogamia social adornada por bares gélidos y prostitutas obesas. Nadie hace preguntas porque nadie tiene respuestas. Un lugar habitado por nadie sin más opción para escapar de la mediocridad que el entregarse a otro.

Su denuncia es pobre, sin embargo. Con frecuencia, se percibe la impresión de que para el nóvel director poco importa que la acción transcurra en Berlín o en Tombuctú. Su recorrido traza marcas emocionales más que políticas.

“La Vida de los Otros” funciona como convencional thriller, mengua en su propuesta política y conmociona como drama. Usando el viejo pretexto del espía empático, abandona corsés y convenciones, manteniendo el difícil equilibro de la contención sin el que su historia se habría convertido en paródica. Cierto que abusa de la elipsis narrativa, probablemente porque su joven director considera que el público ni es estúpido ni necesita que le muestren piedras cayendo del muro berlinés para saber que la era comunista toca a su fin. Pocos aspectos negativos se pueden añadir a esta obra redonda. A una obra maestra absoluta que produce efectos secundarios en forma de nudos firmemente aferrados al estómago. Nudos que nacen, crecen y se deshacen al ritmo que marca el rígido funcionario obsesionado por pasiones ajenas de las que él parece haber sido privado.

En el trayecto que le llevará de la indiferencia al sacrificio, el capitán Wiesler (soberbio, Ulrich Mühe) nos guiará en cada estación de paso con la única referencia de sus espasmos nocturnos clavado en su silla y su mirada inerte. Se convertirá en fetichista emocional, tratando de impregnarse de la vida de los otros a través de sus objetos personales. Sentirá la necesidad de interactuar con sus cobayas. De hacerles saber cuánto les necesita. Se compadecerá ante sus debilidades. Les mentirá, amenazará y traicionará del mismo modo en que ellos mismos lo harán entre sí. Descubrirá toda una gama de emociones ignoradas hasta entonces. Se humanizará… antes de inmolarse.

Finalmente volverá al gris…

En la escena final, ya en la Alemania unificada, ya en color, Wiesler se sigue viendo gris. Ya no llena cárceles, sino buzones. Nada ha cambiado para él. Al menos hasta llegado el momento de abrir la cubierta de un libro y descubrir, haciendo buena la máxima Gilliamniana (por Terry), que en la vida de nadie también son posibles los destellos azules.

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