Me encontré, o me encontró (creo en el azar, el destino y demás tonterías),  “Matadero 5” una tarde de julio que amenazaba tormenta. Fue en la bien surtida biblioteca de una base aérea. Al principio pensé que se trataba de un error; un libro tan antibelicista no podía formar parte de un catálogo castrense, pensé. Después, llegué a imaginar que algún elemento subversivo lo habría depositado allí adrede, junto al guión de “Taxi Driver” y a la biografía de Buñuel, como si me encontrase inmerso en el “Brazil” de Gilliam. Pero no. La dejadez y desorganización en aquel lugar era tal que los documentos clasificados como secretos se guardaban en archivos sin candados y los mensajes cifrados eran transportados por los gastadores de la entrada como si de personal cualificado se tratase.

Por entonces, la escasez de efectivos había llevado a los mandos de la base a reorganizar los turnos de guardia, habitualmente reservados para los miembros de la PA (Policía Militar). Uno de cada dos soldados de unidades tendría que hacer garitas durante todo aquel verano. Y para variar, la suerte me señaló a mí.

Los tipos de la PA utilizaban Zetas (ametralladoras) y cascos de color blanco. A nosotros se nos asignaba un fusil de asalto (CETME) del que debíamos cuidar durante todo nuestro secuestro legal; por esa razón nos referíamos a él como “la novia”. Con él y un tres cuartos debíamos cubrir las cuatro horas de guardia salteadas en varios turnos durante un día completo. Estaba prohibido leer, obviamente, pero todos se apañaban para esconder algún cómic (generalmente pornográfico) para engañar al reloj. El mejor sitio para hacerlo eran los bolsillos laterales: enormes y fácilmente camuflables bajo el tres cuartos. Allí introduje el ejemplar de la novela de Vonnegut, y de allí lo extraje aquella tarde en la que las nubes cambiaron del gris al negro en cuanto el sol dejó de brillar. Las garitas tenía una iluminación básica: una débil bombilla con luz amarillenta cuyo influjo apenas llegaba al suelo. Las paredes eran de adobe, tan estrechas que resultaba imposible cruzar el “chopo” si no era en posición vertical. Así que para leer, el único modo plausible era apoyándose en las paredes.

Sobre las tres de la madrugada, cuando llegó la lluvia, hacía tiempo que las bombas caían sobre Dresde. Los relampagos iluminaban las enomes siluetas de los Hércules que no habían encontrado acomodo dentro de los hángares del mismo modo que lo hacían los bombas de fósforo lanzadas desde los bombarderos aliados. La electricidad estática me lanzaban descargas al menor contacto de mi piel sobre las paredes de adobe. Las patrullas, en sus jeeps sin techar, iban repartiendo mantas e impermeables puesto por puesto, asemejándose al modo en que la cruz roja recogía heridos de entre las ruinas de la ciudad alemana. Los gritos de alférez instructor, que nos provocaban disimuladas risas cuando decía prepararnos para una hipotética guerra, resonaban como las voces de los trafalmadores en la cabeza de Pilgrim. Entonces creí que todo aquello no podía ser casualidad.

Tenía 17 años entonces. Así conocí a Kurt Vonnegut.

Si alguien lee esto, insisto en que no se tome al pie de la letra lo que ve. Que cuando me entra la vena lírica doy más miedo que Pedro Lazaga detrás de una cámara.

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