Aunque (al menos a mí me ocurre) produce cierto pudor eso de adentrarse en la privacidad ajena, allá va la segunda entrega de cartas de (des)amor que prometí.

Para cerrar este segundo y último posteo dedicado al libro, “99 cartas de amor”, les cedo el turno a los varones. Si alguien está interesado, se encontrará con la redundante angustia de Goethe por ser amado, el patetísmo de un suplicante Berlioz, dispuesto a humillarse ante una distante mujer a cambio de cualquier tipo de contacto, el ilusionado amor, casi infantil, que se profesó el matrimonio Curie, a un apasionado Stendhal, preso de la desesperación producida por el rechazo y a un (para variar) atormentado Kafka, víctima de su conciencia (al forzar una ruptura creyendo no merecer a Milena) y esclavo de sus deseos (al ser incapaz de permanecer ajeno a ella)…  

Fisgen a gusto, si se atreven con semejante tocho…

Wolfgang von Goethe a Christina Vulpius

10 de septiembre de 1792

Te he escrito muchas cartas y no sé cuándo las recibirás. Me negaba a numerar las páginas, pero ahora he empezado a hacerlo. De nuevo verás que me encuentro bien. Ya sabes que te quiero muchísimo. ¡Ojalá estuvieras ahora conmigo! Aquí hay camas grandes en todos sitios, así que no tendrías que quejarte como haces en casa algunas veces. ¡Ah, querida mía! No hay nada mejor que estar juntos.

Tenemos que recordárnoslo mutuamente cuando volvamos a estarlo (…)

(…) ¡Solo sigue amándome! porque, en ocasiones, en mis pensamientos, me vuelvo celoso e imagino que otro pudiera atraerte más, ya que creo que hay muchos hombres más apuestos y agradables que yo. Pero tú no debes darte cuenta porque tienes que pensar que soy el mejor ya que te amo terriblente y no me gusta nadie excepto tú. Sueño contigo a menudo, todo tipo de cosas confusas, pero, siempre, que nos amamos. Y así debe seguir siendo (…)

(…) Cuando no poseía tu corazón, qué me importaba todo lo demás; ahora que lo tengo, me gustaría conservarlo. A cambio, yo también soy tuyo. Besa al niño, dale recuerdos a Meyer y ámame.

Héctor Berlioz a Estelle

Paris, 2 de octubre de 1864

Señora:

Su carta es una obra maestra de triste sabiduría. He esperado hasta hoy para contestarle, en la esperanza de dominar la abrumadora emoción que me causó. Sí, tiene usted razón: “no debe formar nuevas amistades, debe evitar todo lo que pudiere turbar su existencia, etc…”. Mas yo no la hubiese turbado, esté segura de ello, y esa amitad que yo solicitaba humildemente para un tiempo más o menos largo nunca le hubiera resultado molesta. (¡Piense lo cruel que ha debido parecerme esa palabra!) Me basta lo que usted se digne concederme, algunos sentimientos afectuosos, un lugar en sus recuerdos, y un poco de interés por los sucesos de mi carrera artística. Gracias, señora. Estoy a sus pies, beso respetuosamente sus manos. Me dice, señora, que podré recibir de modo irregular, y de vez en cuando, una respuesta a mis cartas; gracias otra vez por su promesa. Lo que solicito con ruegos, con lágrimas, es la posibilidad de tener noticias suyas (…)

(…) Este mes no iré a visitarla a Lyon, pues evidentemente esta visita le resultaría indiscreta. Tampoco iré a Ginebra antes de un año por lo menos; me retendrá el temor de importunarla.

Pero ¡su dirección, su dirección! Tan pronto como la conozca, envíemela, por favor. Si su silencio me indica una inexorable negativa y la intención formal de prohibirme la más tímida relación con usted, si usted me aparta así, rudamente, como se hace con los seres peligrosos o indignos, habrá colmado una desgracia que hubiera sido fácil endulzar. Entonces, señora, que Dios y su conciencia la perdonen. Viviré la fría noche que usted me depare, sufriendo, y suyo haya la muerte.

Héctor Berlioz

Oscar Wilde a Lord Alfred Douglas

Babbacombe Cliff, enero de 1893

Niño mío:

Tu soneto es bastante bueno, y es una maravilla que esos labios de pétalo de rosa rojos tuyos sirvan igual para la música del canto que para la locura del besar. Tu fina alma dorada se pasea entre la pasión y la poesía. Sé que tú eras Jacinto, a quien Apolo amaba tan perdidamente, en tiempo de los griegos.

¿Por qué estás solo en Londres y cuándo vas a Salisbury? Ve allí a calentar tus manos en el crepúsculo gris de los edificios góticos, y ven por aquí cuando quieras. Es un sitio encantador, sólo faltas tú; pero ve a Salisbury primero. Siempre, con amor imperecedero, tuyo,

Oscar

Pierre Curie a Marie Sklodowska

10 de agosto de 1984

No hay nada que me dé tanta alegría como recibir noticias suyas. La perspectiva de permanecer dos meses sin saber de usted me era completamente desagradable; con esto queda establecido que su carta ha sido bien recibida.

Confío en que hará buena provisión de aire puro y regresará en octubre. En cuanto a mí, creo que no voy a viajar; me quedaré en el campo, y pasaré todo el día delante de mi ventana abierta o en el jardín.

Nos hemos prometido (¿no es cierto?) mantener, cuando menos, una buena amistad. ¡Mientras no cambie usted de opinión! Pues no hay promesas que sean firmes, son cosa que no se pueden imponer. No obstante, sería algo hermoso en lo que no me atrevo a pensar el hecho de pasar la vida cerca el uno del otro, hipnotizados en nuestro sueños: su sueño patriótico; nuestro sueño humanitario y nuestro sueño científico.

De todos estos sueños, solo el último, creo, es legítimo. Quiero decir con esto que somos impotentes para cambiar el estado social y, si no fuera así, no sabríamos qué hacer, y actuando en algún sentido, no estaríamos nunca seguros de hacerlo mejor o peor, retardando alguna evolución inevitable (…)

(…) Ya ve cómo todo se encadena… Está estipulado que seremos muy buenos amigos, pero si dentro de un año usted se va de Francia, sería verdaderamente una amistad demasiado platónica esta de dos seres que no se verán más. ¿No sería mejor que se quedara conmigo? Sé que esta cuestión la molesta y no quiero volver a hablarle de ello, después me siento tan indigno de usted, desde todos los puntos de vista…

Créame su devoto amigo.

P. Curie

P.D: Sería muy feliz si usted me escribiera y me confirmara que piensa volver en octubre. Si me escribe directamente a Sceaux, las cartas me llegan más rápidamente: Pierre Curie, 13 Rue des Sablons, en Sceaux (Seine).

Pierre Curie a Marie Curie

1897

Mi querida y dulce niñita, a la que quiero tanto, he recibido hoy tu carta y soy felicísimo. Aquí no hay nada en particular, sino es que te echo mucho de menos: mi alma se ha ido contigo.

Marie Curie a Pierre Curie

1897

Mi querido esposo, hace buen tiempo, el sol brilla, hace calor. Estoy muy triste sin ti; ven pronto, te espero de la mañana a la noche y no te veo llegar. Yo estoy bien, trabajo todo lo que puedo, pero el libro de Poincaré es más difícil de lo que creía. Debo comentarlo contigo y que veamos juntos lo que tanto me ha costado (…)

Stendhal a madame Dembowski

Varese, 7 de junio de 1819

Señora:

Me ha sumido en la desesperación. Me acusa repetidamente de no ser delicado, como si, en sus labios, tal acusación no significara nada. ¿Quién habría pensado, cuando me separé de usted en Milán, que la primera carta que me escribiría iría encabezada con señor, o que usted me acusaría de no ser delicado?

Ah, señora, es muy fácil para un hombre que no tiene pasión comportarse siempre con moderación y prudencia. También yo, cuando soy capaz de hacer caso a mi propio consejo, creo que no carezco de discreción. Pero estoy dominado por una pasión fatal que ya no me deja ser dueño de mis acciones. Me había jurado a mí mismo alejarme de usted o, al menos, no verla y no escribirle hasta que usted hubiese regresado, pero una fuerza más poderosa que todas mis decisiones me arrastraba hacia los lugares donde usted se encontraba. Percibo con toda claridad que, de ahora en adelante, esta pasión va a ser la gran preocupación de mi vida. Todos los intereses, todas las consideraciones han palidecido ante ella. Esta necesidad fatal que tengo de verla me arrastra, me domina, me transporta. Hay momentos, durante las largas tardes solitarias, en los que, si fuera necesario asesinar con tal de verla, me convertiría en asesino.

Frank Kafka a Milena Jersenská

Sin fecha

Sábado por la noche.

Aún no he recibido la carta amarilla, te la devolveré sin abrir. Me lamentaría el resto de mi vida si la idea de no escribirnos más no fuera la más correcta. Mas no me equivoco, Milena.

No quiero seguir hablando de ti, no porque no sea asunto mío, sí lo es; pero sencillamento no quiero hablar de ello.

Así que hablemos de mí: lo que tú eres para mí, Milena, lo que eres para mí más allá de todo el mundo en que ambos vivimos, eso no lo encontrarás en los papeluchos diarios que te he escrito. Esas cartas, tales como son, solo sirven para atormentarse, y cuando no atormentan es peor todavía. No sirven de nada, salvo para crear un día, en Gmün, malentendidos, humillaciones, humillaciones casi perpetuas. Quiero verte tan nítidamente como aquella primera vez en la calle, pero las cartas distorsionan tu imagen aún más que el bullicio de la calle L. (…)

(…) Aquí estoy, sentado frente a esta carta, sin nada más que hacer, a la una y media de la madrugada; mirando sus palabras y viéndote a través de ellas. A veces, no en sueños, se me aparece esta visión: tienes la cara cubierta por el pelo, consigo separarlo y apartarlo hacia ambos lados, aparece tu cara, mis dedos recorren tu frente y tus sienes y al fin he conseguido retener tu rostro entre mis manos.

Lunes

Quise romper esta carta, no mandarla, no contestar a tu telegrama, los telegramas son tan fríos, pero ahora además tengo la tarjeta y la carta, esa tarjeta, esa carta. (…) Callar es la única manera de vivir, en todas partes. Con tristeza, de acuerdo, pero ¿eso qué importa? Así el sueño es más infantil y más profundo. Pero el tormento es como un arado que surca el sueño -y el día-, se vuelve insoportable.

Miércoles

No hay ley que me prohíba escribirte una vez más y agradecerte esta carta donde aparece lo más hermoso seguramente que has escrito nunca, ese “Yo sé que tú me…”.

Aparte de eso, no hace mucho que estabas de acuerdo conmigo sobre la conveniencia de no escribirnos; que precisamente yo lo haya propuesto se trata simplemente de una casualidad, ya que del mismo modo habrías podido proponerlo tú. Y como estamos de acuerdo, no es necesario explicar por qué es conveniente que no nos escribamos más. (…)

(…) Esta carta no es una despedida, solo lo sería si la fuerza de la gravedad que me acosa constantemente me arrastrara para siempre contigo.

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