Hay una escena de “Entre pillos anda el juego” (Trading Places) en la que Dan Aykroyd decide rendirse, hastiado de su mala sombra, pero ni siquiera tiene suerte al tratar de dispararse en la sien… Bien, pues de un modo similar me sentí al salir del cine tras visionar “El Buen Pastor”, la nueva película dirigida por Robert De Niro. 

Estoy seguro de que si me llego a lanzar desde el puente de Segovia (cualquier cosa con tal de olvidar semejante ladrillo) seguramente habría caido sobre un camión con un cargamento de colchones.

De Niro es una bestia. Es uno de los más grandes de siempre. Pero carga con dos carencias que nunca podrá cubrir por mucho esfuerzo y empeño que le dedique: Es tan envarado dirigiendo como si le hubiesen introducido un objeto de considerables dimensiones por vía rectal, y no posee vis cómica.

Bobby no tiene el don. No es gracioso. Tal vez por ello, su mejor interpretación cómica la consiguió en “La Chica del Ganster” al interpretar a un tipo apocado, con enormes dificultades para socializar, que florecerá (más o menos) gracias al amor. Las implicaciones dramáticas del personaje le beneficiaron, cosa que no ocurrió en “Los Padres de Ella”, “Una Terapia Peligrosa” y sus secuelas, por citar algunos de sus olvidables papeles cómicos. 

Extremadamente reservado y huidizo en su vida real, sería más factible asaltar Fort Knox que conseguir una entrevista con De Niro al margen de las ruedas de prensa promocionales. Sin embargo, en 1989, el periodista Lawrence Grobel consiguió una doble azaña: Entrevistar al actor (rugosa y accidentada entrevista, por cierto) y conseguir que éste contase un chiste. Ver/leer para creer.

Ocurrió que tras las tediosas preguntas de tanteo habituales; ya saben, del tipo: ¿Le resultó duro engordar tropecientos kilos para rodar “Toro Salvaje”?, Grobel comenzó a lanzar una batería de incómodas cuestiones personales que hicieron recular a De Niro.  Para quitarle hierro al asunto, el periodista recondujo la entrevista a terrenos menos movedizos, con lo que consiguió que las murallas del actor se viniesen abajo paulatinamente hasta el punto que sigue:

(Disfruten del chiste… Por cierto, es largo pero nada malo…)

Grobel: ¿De modo que no creyó que la actuación fuese su lugar?

De Niro: No, yo no deseaba la compañía de aquellos tipos. Llegué allí, hice mi papel y me fui. Sólo tenía que decir “Ponme un trago”, pero estaba muy nervioso. Me recuerda aquel chiste, ese del actor más inutil del mundo. ¿Lo conoce?.

Grobel: No.

De Niro: Me sorprende que no se lo hayan contando nunca. Es un chiste de actores muy conocido. Se trata de un tipo que lleva quince años sin actuar porque siempre olvida su papel. Es un negado. Finalmente renuncia y va a trabajar a una gasolinera. Un día le llaman por teléfono diciéndole si quiere actuar en una obra de Shakespeare. Sólo ha de recitar una frase: “¡Escuchad, oigo del cañón el retumbar!” El tipo duda, pero el director le convence. La obra tiene cinco actos y él ha de decir su frase en el tercero. Solamente eso. Ya en su casa empieza a ensayar: “¡Escuchad, oigo del cañón el retumbar! ¡Escuchad, oigo del cañón el retumbar! ¡Escuchad, oigo del cañón el retumbar!” En fin, todos los matices posibles. El tipo va a un ensayo y hasta escribe la frase en un espejo de los camerinos: “¡Escuchad, oigo del cañón el retumbar!” Por fin llega la noche del estreno. Primer acto, no hay problemas. Segundo acto, todo bien. El director escénico comunica al actor que faltan sólo cinco minutos para el tercer acto y le hace situarse junto al escenario. Llega el momento, el hombre sale a escena sin dejar de murmurar, “¡Escuchad, oigo del cañón el retumbar!”  y en ese instante, cuando al fin llega el turno de su frase, se oye un BUUUMMM tremendo. El tipo da media vuelta y, ante todo un repleto auditorio pendiente de él, dice “¿Pero qué coño es eso?”…

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