Lo dicen los estudios científicos: al parecer, el amor tiene caducidad. El séptimo año, lo que los anglosajones definen como the seven year itch, y que dio lugar a la fantástica película de Billy Wilder, toda relación tiende a resquebrajarse, si con suerte no ha ocurrido antes.

Personalmente, interpreto el amor como la necesidad del otro, y de un modo similar parece entenderlo Darren Aronofsky en su vapuleada fábula “The Fountain”.

El director neoyorkino toma como base de su fantasía romántica al doctor Tom Creo (nombre nada casual que forma parte de un continuo flujo de claves no siempre ocultas) y a su esposa Izzi, víctima de una enfermedad terminal que amenaza con llevarsela demasiado pronto. Su encarnizada lucha contra la enfermedad y el reloj terminará convertida en una pugna interior que hará derivar la cinta hacia una especie de vistoso Manual del Buen Budista en un alarde de prepotencia por parte del director.

Es así, y los que han denostado la película (la inmensa mayoría) tienen la razón de su lado. Lo ambicioso y lo pretencioso suelen confundirse, básicamente porque son la misma cosa. Aronofsky es ambicioso, siempre lo fue. Dota a sus películas de complejas estructuras que las alejan de cualquier convencionalismo formal. En esta ocasión, opta por una estructura circular utilizando el anillo de boda de su protagonista como metafórico elemento guía. Así, primero lo extraviará, del mismo modo que perderá a su esposa. Después, su desesperación hará que lo tatue con tinta en su dedo anular, incapaz de aceptar la pérdida de su amada. Finalmente lo reencontrará, una vez haya asimilado que la única muerte es el olvido.

Pero “The Fountain” es mucho más. Es un poema escrito en un espacio intercostal, de modo que los pliegues de la piel puedan ocultarlo de miradas indiscretas. En otras palabras, su poesía (que no prosa, insisto) trasciende hacia lo metafísico, sorteando las barreras de lo tangible para tratar aquello que no puede ser definido.

Lo dogmatico contra lo material. El amor contra la muerte. Todo el metraje está impregnado de muerte. Aparece cuando Tom, apresurado en desvestirse para compartir cama junto a su esposa placidamente dormida, hace una breve pausa para contemplarla… pero ve una cama vacía. Se filtra entre las grietas de la espalda de un siniestro inquisidor que observa complacido el mapa de una nación convertida ahora, por su obra y gracia, en un cementerio. Aparece rodeando los inertes pies de Izzi, en un tejado cubierto de nieve, mientras el objetivo de un telescopio señala hacia un sol muerto.

Fiel a su temerario discurso hasta el final, Aronofsky utilizará aquella agonizante estrella para conducir los últimos pasos de Tom. Para ello le mutará en Tomás, el conquistador español, quien tras sortear mil dificultades, sólo será consciente de su propia naturaleza al hallarse frente al árbol mitológico.

Su conciencia espiritual (tercera pieza de la trinidad), Tommy, confuso viajero errante por un espacio infinito en espera la comprensión final, será el encargado de cerrar el círculo. Pero antes de que Tom e Izzi se conviertan en uno, la película ya habrá sido etiquetada como “alucinación” o “espectacular ida de olla” por sus numerosos detractores. Y tienen razón. Porque amar no puede ser calificado de un modo más certero.

Un sorprendente Hugh Jackman interpreta a Tom y a sus plieges intemporales. Ellen Burstyn pasea su majestuosa presencia brevemente… Y Rachel Weisz recibe la mejor declaración de amor imaginable: el consciente harakiri profesional de un hombre rendido a ella…

Espero que tan profundas heridas puedan sanar. De no ser así, qué hermoso canto del cine…

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