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La leyenda de Errol Flynn se construyó sobre mil borracheras y otras tantas orgiásticas fiestas. Nunca tuvo límites ni siguió otro código de conducta que el propio. Pendenciero, farsante y encantador, el público le quería precisamente por esa imagen de pícaro al que resulta imposible odiar.

De entre las muchas anécdotas que adornan su curriculum canalla, es ésta mi favorita…

Tras pasar, el joven Flynn, algunos años trabajando como encargado de una plantación de tabaco, pescador, boxeador ocasional y capador de reses, un productor de la naciente industria cinematográfica australiana reparó en su imponente perfil considerándole apropiado para dar vida al famoso renegado Fletcher Christian en el inminente rodaje de una nueva adaptación del famoso motín de la Bounty que se titularía “In the Wake of the Bounty”.  

Entusiasmado, Flynn comentó los planes a su padre, prestigioso biólogo conocido por su brillante trabajo tanto como por su ferreo caracter victoriano. Tras conocer éste que parte del rodaje se llevaría a cabo en Tahití y que gran parte del casting estaría formado por mujeres polinesias, trató de aleccionar a su hijo sobres los peligros del sexo interracial advirtiéndole:

“Hijo mío, sólo un bastardo practicaría el sexo con una mujer indígena”

Convencido de que su consejo había hecho mella en la futura estrella, el Sr. Flynn pidió a su vástago que le escribiera con frecuencia narrándole las incidencias del rodaje.

Y así lo hizo. Al día siguiente de atracar en Tahití, Errol cumplió con la petición de su padre enviándole un escueto telegrama que decía así:

“Querido padre. Soy un bastardo”

Odio esa estúpida manía de estiquetarlo todo. Despuntan tres directores alemanes y hala, ya está: el cine de los chicos. Absurda fórmula con la que se pretendió englobar estilos tan distintos como los de Herzog, Wenders y Schlondorff.

Los ejemplos son muchos: el free cinema de los airados jóvenes ingleses, la escuela de Barcelona, el movimiento dogma y así hasta llegar al más desgastado de todos ellos: la nouvelle vague.

Y como movimiento se pretendió clasificar el cine salido de la factoria britanica Ealing. Estudio que en su tiempo de gloria se anotó una docena de obras maestras tan diferentes entre sí como la idealista “Pasaporte para Pimlico” de Henry Cornelius, la cínica “El Quinteto de la muerte” de Alexander MacKendrick o la irónicamente descreída (y mi favorita) “Ocho Sentencias de Muerte” de Robert Hammer. Tal fue el influjo que ejerció el “estilo Ealing” sobre el resto de las productoras britanicas que películas como “El niño y el Unicornio”, bellísima fábula dirigida por Carol Reed, se confunde habitualmente como producto Ealing.

De hecho, tal influencia alcanza nuestros días. Aunque ello suceda a miles de kilómetros de las islas que vieron nacer al mítico estudio hoy desaparecido.

Porque fue Australia en lugar en el que se trató de reanimar un estilo muerto con “Spotswood”, película dirigida por Mark Joffe que narra la historia de un despiadado consejero económico contratado para tratar de reflotar una fábrica de zapatos poblada por peculiares personajes.

Usando la manida fórmula del forastero empático utilizada en innumerables ocasiones (“Brigadoon”, “Calabuig”, “Doc Hollywood”, “Cars”) su principal referente es “Local Hero”, inolvidable comedia dirigida por el escocés Bill Forsyth a la que une algo más que su línea argumental. Echen un vistazo al cartel promocional de ambas películas…

Cambiemos a Burt Lancaster por una morenaza en minifalda y ale… película nueva. De veras que jamás entenderé el proceso mental de distribuidores y publicistas.

En fin… En realidad sólo quería subrayar dos escenas de esta estimable comedia australiana. Dos momentos en los que Joffe debió ser poseido por alguna musa que le marcó el camino correcto a seguir.

La primera ocurre tras claudicar el dueño y los empleados de la fábrica ante las presiones de una multinacional interesada en hacerse con la empresa. Tras duras negociaciones, consiguen su objetivo: despedir a todo el mundo para trasladar la producción a algún país asiatico que les permita multiplicar sus beneficios.  

Finalizada la lucha, en plena vigilia, previa al acto final, el consejero (Anthony Hopkins) redescubre su perdida humanidad mientras observa el retrato de su esposa, a la que corre el riesgo de perder, víctima colateral de su cruel empleo. Al tiempo, asistimos a la última cena del apesadrumbrado propietario de la fábrica, incapaz de tomar bocado frente a la tranquila ignorancia de su esposa e hija. La escena se cierra con una visita de los trabajadores al domicilio de Hopkins para saldar deudas al estilo Spotswood.

Sobre la segunda escena, la final, los protagonistas de la cinta se enfrentan a su incierto futuro confirmando la propuesta de Truman Capote de encaramarse lo más alto posible para escapar de la mediocridad (“El Arpa de Hierba”). Mientras, Donovan trata de atrapar el viento en un lugar desde donde se pueden ver las brillantes luces de un lugar tan lejano que por fuerza debe ser mejor.

Generalmente todo lo que brilla tiene su lugar en Suburbia. Poco importa su valor estético, es necesario hacer saber de la nueva prosperidad con abalorios conque impresionar a los nuevos inquilinos del rellano.

Pero la esencia es otra. El oficio de nuevo rico es complejo. En un mismo día debes inaugurar caros relojes que pretenden imitar en baratillo al reloj astronómico del ayuntamiento de Praga y dejar, más tarde, un ramo de flores ante la efigie de Ernesto Guevara, santo patrón sin beatificar de aquellos que nunca tuvieron nada y adorno de camiseta favorito de universitarios concienciados a los que nunca falto de nada. Dura la vida del político suburbio.

Suburbia es una acera que se limpia cinco veces al día y no consigue desprenderse de la mugre. Son banderas metálicas que proclaman un orgullo ajeno y camiones que suplican el favor de quien les ha embotellado en este lugar. Suburbia es un lugar irreal, como lo es todo, supongo…

Tremenda tormenta la que cayó sobre Madrid el pasado sábado. Como prueba de ello les dejo este móvil-vídeo selfmade…

Sí, vale, el sonido es de pega. Censuré el original por la vergüenza ajena que me produce escuchar la cantidad de tacos que disparo por minuto. Ni Henry Miller cuando bailaba bajo las tormentas retando (insultando) a Dios me superaría, de hecho.

En fin, pues mientras esquivaba granizos del tamaño de un puño me dio por pensar en el (buen) uso que suele darse a la lluvia en el cine.

Per example… En “Los Siete Samurais”, Akira Kurosawa ahogó a sus actores en un angustioso mar de lluvia y barro.

 

El maestro japonés utilizó la lluvia como elemento estético y dramático. No fue el primero en hacerlo. Rara es la película bélica que no incluye escenas humedas en su metraje: Desde la lejana “Sin Novedad en el frente” hasta la reciente “Largo Domingo de Noviazgo” la lluvia ha sido usada para transmitir desasosiego y tristeza en el espectador.

Aunque la lluvia no tiene necesariamente que asociarse con estados de ánimo azules. En “Cantando Bajo la Lluvia”, Gene Kelly simbolizó la alegría de vivir (y la tontería que te entra en el cuerpo cuando estás enamorado) bailando sobre la lluvia, regalando su paraguas y saltando charcos…

 

Además, y junto a Donald O’Connor y Debbie Reynolds, cantó una bella oda al insomnio que bien podría provocar ansias de matar a los desvelados de todo el mundo, no tanto por la cancioncilla en sí como por la cara de gilipollas conque el trío la ejecuta.

“Good mornin’, good mornin’!
It’s great to stay up late,
Good mornin’, good mornin’ to you”

Good morning, good morning… ¡¡La madre que os parió!!…

Volviendo al tema sabatino, les diré que el remojón que se pegó Mel Gibson en la extraordinaria “El Año que Vivímos Peligrosamente” no tiene nada que envidiar al que me llevé yo.

En esta ocasión, Peter Weir, con su habitual templanza, utilizó el líquido elemento para simbolizar la decepción y el abandono. También sirvió para simbolizar estados tan alterados de conciencia como los que produce el amor y el descubrimiento del otro: El paseo de una ausente Sigourney Weaver por un mercado indonesio bajo la incensante lluvia forma parte de cualquier antología del cine.  

Y es que es la tristeza la que se asocia mejor con los cielos grises. En “Llueve sobre mi corazón”, tonto título impuesto aquí a la gran película de Coppola “The Rain People”, una embarazada primeriza abandona a su marido, presa de una congoja insoportable. Errará entonces por moteles de carretera, bajo cielos plomizos, hasta encontrarse con Jimmy, un jugador de football sonado tan deshubicado como ella. Con él iniciará un viaje sin destino marcado por el desarraigo de ambos.

El cartel de la película, uno de mis favoritos de siempre, estremece con una simple imagen más que todo un pesado tratado de Kierkegaard.

 

Pero es el elemento romántico el que, como siempre, gana la partida. La lluvia es el complemento ideal para todas las ramas del romanticismo; acoje sin prejucios tanto a lo desesperado como a lo insoportablemente cursi.

Prueba de ello es la escena final de “Desayuno con Diamantes”, convertida hoy día en todo un icono de lo rosa. El beso entre George Peppard, Audrey Hepburn y un gato llamado gato, se convirtió en clásico en el mismo momento en el que fue filmado.

No tan estética fue la torpe declaración de amor que aquel no menos torpe tipo danés dedicó a la camarera de sus sueños en un callejón al reguardo de la lluvia veneciana. Ocurrió en “Italiano Para Principiantes”, maravillosa película pese a estar lastrada por la inútil etiqueta Dogma. 

Pero mi beso humedo favorito es otro…

Sí. Sean y Mary Kate dándole a lengua en las ruinas de una iglesia. Momento álgido de “El Hombre Tranquilo”, obra maestra del maestro (y disculpen la rebuznancia) que viró en dulce el atropellado romance de un ex-boxeador atormentado que busca un futuro en su pasado y una solterona cabezota e indómita que había asumido demasiado pronto que jamás encontraría alguien a quien amar.

Y ahora, tras el colofón, convendría cerrar esto. Pero no. Aunque tal delicatessen parezca imposible de superar, en 1995 un tipo septuagenario filmó esto…

Que levante la mano aquel a quien no se le anudó el estómago viendo “Los Puentes de Madison County”.

Y fin.

Por cierto, los cielos de Suburbia presangian una nueva conjunción de lluvia y noche…

Una mañana de marzo, mediada la década de los ochenta, Bruce Lee se cobró su primera víctima no mortal en Cucumberland: R.G., de 16 años, se destrozó tres dientes mientras trataba de impresionar a dos chicas con unos nunchakus caseros fabricados con ayuda de su padre. Al ser uno de los matones del barrio, la noticia fue festejada por todos los habitantes de la zona situados en una franja de edad por debajo de los 14 años. De hecho, se convino atribuir a Lee la autoría de la azaña, pues fue él quien inoculó el veneno de las artes marciales en R.G. gracias a las matines de domingo celebradas en el cine del barrio.

Fue el primer regalo que nos hizo. Después llegaron más…

Durante años he tratado de comprender qué es lo que me atrae de aquellas películas sin guión editadas a tijeretazos por cualquier matarife hongkonés. Sin éxito. Lo único que sé es que, como si de una droga se tratase, no puedo dejar de verlas.

Fue el Sr. Yume el que, hace algún tiempo, supo dar con la fórmula de la cuadratura del círculo. Su análisis se centró, con el humor y el respeto que sólo un fan puede desplegar, en su obra postuma: “Operación Dragón”. Objeto de algunas de las más turbias fantasías no eróticas de mi infancia y adolescencia.

Si disponen de diez minutos libres, les recomiendo arduamente su lectura. Les guste o no este tipo de cine, lo disfrutarán, como yo lo hice en su día…

OPERACIÓN DRAGÓN 

Argumento: Un jóven monje Shaolin es contratado por una organización secreta para infiltrarse en un torneo de artes marciales. Así poder sacar información y detener al malvado Han que controla el tráfico de drogas, la trata de blancas, asesinatos… y el torneo.

Año de la película: 1973

Edad del sujeto: Tenía 33 añitos. Murió ese mismo año.
(sí, sí, ya sé, en extrañas circunstancias)

Técnica Utilizada: Lee y su “Jeet Kune Do”, una variación “Lee generis” del Kung Fu tradicional. Esto, unido con su característica fuerza y nervio, hace unas peleas muy interesantes a pesar de su sencillez.

Trucos, cables y otros subterfugios: No por regla general. La poca fantasía de sus escenas, no crean la necesidad de grandes trucajes, aunque podemos encontrar en una de las escenas el famoso “Salto Ninja” (ese salto rodado en caída, que al ser reproducido marcha atrás, parece que se salte con agilidad fantasmal)

Golpe Especial: Lee tiene tres habituales.
Patada lateral en carrera proyectada a gran velocidad hacia el cuello.

Y el salto y posterior estrangulamiento con los pies del rival medio aturdido en el suelo (atención, no hay que perderse su cara de rabia en esta última técnica, plano con el que magistralmente eliden la muerte del infeliz).
Y por supuesto, la patada voladora.

Armas: Todas. Lee es un experto con cualquier cosa, pero su (nuestra) preferida son los Nunchakus. La de golpes que se tuvo que dar para controlar así los palitos de los cojones…

Pupita: A pesar de que suena fuerte, no es característica la brutalidad en la demostración de los golpes, pero SIEMPRE mueren algunos enemigos de una solo golpe. O sea, que pupita, MUCHA.

Nº de Enemigos vencidos: Es una película de torneos, así que las peleas organizadas le restan tiempo a la ostia sin ton ni son, pero en la escena final, hay un total desmadre. Un centenar (más o menos).

Malo Final: Sí. El malvado Han, deshonroso monje Shaolin, maestro del Crimen con su famosa mano-garra. Uno de los Iconos del Pop con más carisma, sin duda.

Banda Sonora: Se le da gran importancia al sonido. Molona Música funky setentera, unida a cajas chinas. Un 10. Muchos sonidos de hipertrofiados golpes clásicos y sonido de aire cortándose. También cabe destacar los habituales jadeos-aullidos perrunos del Gran Maestro.

Inteligencia: En todas y cada una de las escenas, Lee parece un maestro sabio. Sabe controlar la situación y a sus actores. Mirada de sospecha perenne.

Humor: Ninguno. Hay que estar concentrado y no perder el tiempo en tonterías. ¿El resto? Bueno, una conversación telefónica va así.
– Póngame con el General!
– Pues despiértelo…
– Me da igual que esté acompañado…
– No, no me importa con quién esté…

Sexo: Sí, gracias! Aunque no veremos a Lee perder el tiempo. Pero el resto de luchadores confraternizan con una o varias (ese cool-nigga-supamacho powa!) señoritas de hermosos cardados y abundantes maquillajes.

Crítica Social: Pse! William, el luchador del pelo a lo afro, a parte de ser perseguido por las polis en L.A., comenta que los guettos son iguales en todos lados. No creo que cuente mucho.

Plagios: Muchos. De hecho la peli fue un hito en las artes marciales. Desde decenas de “impersonators”, hasta copia total (Mortal Combat, el juego y la peli, son exactamente iguales).

La Película: Si en el estanque al que lanzan el cuerpo sin vida de Williams hubiera pirañas y/o tiburones, la peli lo tendría absolutamente todo. Música funky inolvidable, cierta profundidad de personajes, varios protagonistas, intriga, sexo, emoción, espionaje y apuestas, cientos de especialistas, hombres varoniles y mujeres bellas, un Bruce Lee magullado…

Todo una Iconografía Pop que ha hecho historia.

NOTA: Por supuesto tiene su correspondiente poster polaco.
¿Es “Operación Dragón” o “Rocky Horror Picture Show”?

Y ahora, haciendo gala de mi habitual estilo cursi y fuera de lugar, diré que sé que no fui el único niño que no desayunaba en el colegio por no gastar el dinero que me daba mi madre y poder así fundirlo en matines de domingo. Sé que no fui el único que estuvo a punto de romper a llorar cuando vio “Dragón” muchos años más tarde; y lo sé porque vi a mi hermano mayor, sentado a mi lado, retorcer los labios al recrearse la escena final de “Operación Dragón”. Sé que R.G. no fue el único en fabricar nunchakus caseros tan peligrosos como balas. Sé que no fui el único en ver sus películas devorando pan y chocolate protegido por la penumbra de un cine, del mismo modo que sé que no soy el único que le lleva y llevará dentro…

Y así pongo el punto final a la micro-sección Partners, creada, básicamente, con fines de rapiña.

Gracias, Sr. Yume por su generosidad.

Hay vida más allá de la caspa…

El mejor gag de la historia (es mi opinión) lo protagonizó un tipo que padecía del mal de Andy Warhol, osease, el dar la sensación de estar fuera de lugar en todas partes (como la Coixet, vamos). Se trata de un tipo desgarbado y torpe al que su creador, Jacques Tati, bautizó como Monsieur Hulot.

A lo largo de casi veinte años y cuatro películas, el señor Hulot registró sus desgracias en celuloide para solaz de cinéfilos y ratones de filmoteca. Fue el propio Tati quien se encargó de prestarle piel y huesos. Se valió de su pasión por el cine mudo y la comedia slapstick para dotar a su personaje de rasgos tomados a cómicos clásicos. Así nació un tipo entrañable y patológicamente tímido. Una pieza sin lugar en el puzzle que se resiste a rendirse ante un mundo que no comprende ni le comprende.

Truffaut le dedicó una emotiva carta en la que demostró que el amor por un personaje de ficción puede llegar a ser casi material. Después le homenajeó, de un modo breve y sentido, en una escena de “Domicilio Conyugal”

No fue el único en hacerlo, pero sí el que (fiel a su apasionado estilo) más devoción pública demostró por el personaje y su autor.

Resumir en cuatro palabras algo tan inabarcable resulta imposible. Me limitaré a esbozar un poco conocido dato de la que fue su mejor película: “Las Vacaciones del Señor Hulot”.

Y es que basta con este simple detalle para mostrar el perfeccionismo obsesivo de Tati. Anécdota que le emparenta con aquellas que conté hace tiempo acerca de Welles, Altman y Ford…

Resultó que por abaratar gastos, Tati aceptó rodar la película en blanco y negro; en principio no veía inconveniente para ello. La película se filmó cronológicamente, algo poco habitual, que él se pudo permitir al utilizar una única localización. Así, todo transcurrió sin problemas hasta que, mediado el rodaje, Tati se percató de que la piel de los personajes estaba adquiriendo un notable tono oscuro al rodar, prácticamente a diario, al aire libre. Un detalle que dotaba de verosimilitud a la película y que sin embargo terminaría siendo imperceptible para el espectador, ya que la película en blanco y negro no recogía tal matiz. Pese a que tan nímio gesto le habría resultado irrelevante a la audiencia, Tati siempre lamentó amargamente no haber rodado en color.

En fin, no torturo más. Esta es la escena a la que hago referencia en el título. A ella le debo tantas risas y mágicos momentos que no podría pagarle en modo alguno. 

Los elementos son sencillos: Un salón de juegos, una chica acorralada por un intelectual pelmazo, una rebelde pelota de ping pong y la mejor mano de cartas de la historia…

Es breve, no se apuren. Sólo disfrútenla si les apetece…

¿Recuerdan aquel episodio de “Superagente 86” en el que un grupo de indios amotinados amenazaba con lanzar un misil sobre la ciudad de Washington?. Ver aquel misil casero, consistente en una flecha gigantesca impulsada por un arco igualmente enorme (qué podría ser sino), terminó por convertirse para mí y mi hermano en uno de esos recuerdos imborrables de la infancia que de vez en cuando reaparecen sin avisar disfrazado de guiño complice… 

Ayer fueron Don Adams y Barbara Feldon…

Hoy son Steve Carrell y Anne Hathaway…

Los creadores de la adaptación al cine de la serie de culto de los 60 aseguran que han respetado la esencia del original.

Verémos…

Cables de alta tensión, bares con mesas de madera desconchada, lunas enterradas, carreteras mal asfaltadas y viento. Siempre el viento. En Suburbia las matemáticas no son exactas, quizás por ello el viento sopla sin pausa. 

El verde es impostado y el azul sintético. Aquí predominan el marrón, el gris y un amarillo chillón que daña los ojos si no apartas la vista a tiempo. En una ocasión, un familiar, en visita ocasional y breve, dijo que desde el cielo Suburbia se ve marrón y malva, como un agujero escavado en el suelo. Curiosamente de un modo similar retrató Hal Hartley su Nueva Jersey natal.

Pese a que el módulo que estudiaba poco tenía que ver con ello, durante dos años recibí una hora semanal de clases de fotografía. En la primera clase el tipo que las impartía nos dijo que con él nunca aprenderíamos a realizar encuadres, situar composiciones, ni articular juegos de luz.

“Una fotografía debe contar la historia de quien dispara el objetivo”.  

Supongo que esta es mi historia…  

En mayo de 2003 se realizó el pase de prensa de “The Brown Bunny”, película dirigida por Vincent Gallo. Ocurrió en Cannes, durante la celebración de su famoso festival. Poco importa que la película fuese recibida con abucheos y abandonos en masa de la sala. Lo realmente importante acaecido aquel día fue la confirmación de que los muros que separaban la pornografía del cine convencional habían caído definitivamente: Chloë Sevigny, una actriz mainstream de renombre, además de nominada al Oscar, había filmado una escena de sexo explícito.

En realidad, el cine convencional llevaba años transgrediendo esos límites desde que la película japonesa “El Imperio de los Sentidos” filmara una escena de sexo oral no simulado. Si bien, la calificación X estigmatizó la película de Oshima, limitando su distribuición del mismo modo que lo sufrieron sus contemporáneas “La Naranja Mecánica” o “El Último Tango en París”.

Superado el shock causado entre mojigatos y reaccionarios de todo pelaje, algunos directores, caso de Michael Winterbottom en “9 Songs”, llegó a incluir una innecesaria eyaculación en la cinta. Puro ejercicio onanístico que nada aporta a la trama más allá del candoroso rubor producido en algún espectador desprevenido.

Lo explícito, habitualmente relegado al cine azul, se ha instalado con tal fuerza dentro del mainstream que se corre el riesgo de olvidar que en el origen de todo esto se halla un tipo enclenque de rostro afilado que atendía al nombre de Will Hays…

Sin llegar a los extremos de hoy día, en los albores del cine, la ausencia de reglas se constituyó como la principal regla a seguir. Abundaban las escenas de orgías; los desnudos eran habituales incluso entre las grandes estrellas, caso de Clara Bow o Lya de Putti (se llamaba así, yo no tengo la culpa). Demasiado desenfreno para una puritana América aún lejos de estar preparada para todo aquello. Fue sin embargo un suceso real el precipitó los acontecimientos: el asesinato, en el marco de una enloquecida fiesta, de Virgina Rappe a manos (supuestamente) de una de las grandes estrellas de la época: Roscoe “Fatty” Arbuckle.

El hecho de que Arbuckle terminase siendo absuelto, gracias a las malas artes de sus abogados, no impidió que la industria decidiese lavar su imagen recurriendo al puritano Hays, quien diseñó un código de conducta seguido a rajatabla durante las décadas que siguieron. Así pues, los directores se vieron obligados a usar la imaginación para mostrar todo aquello que el código consideraba inmoral. Y sabido es que la imaginación, en casos de extrema necesidad, no entiende de límites…

He aquí una pequeña selección de sugerentes imágenes que demuestran cómo lo subliminal superó lo explícito en muchas ocasiones…

EL TAMAÑO IMPORTA

En “Space Balls” (1987), Mel Brooks escenificó la eterna batalla del ego masculino representado para la ocasión por un diminuto émulo del Darth Vader de “Star Wars” y un mercenario espacial que bien podría pasar por un Han Solo con baja estima. El resultado arrojó frases para la eternidad como:

“La mía es más grande que la tuya”

La obsesiva relación entre el hombre y su falo pocas veces fue mejor retratada. Adorable…

… Aunque las explícitas poses de Dolph Lundgrem en “Masters of the Universe” no tienen nada que envidiar a la parodia ideada por Mel. En esta ocasión la espada oficia de poderoso atributo viril amenazando, con su descomunal tamaño, a todos aquellos que osen plantarle cara. Lo mejor: los duelos contra los malos malosos, equipados todos ellos con espadines tan pequeños como palillos. Inolvidable la socarrona actitud de He-Man al enfrentarse a sus enemigos, como quien dice: “Bah… pichacortas a mí”.

Sí, como lo ven. Así se las gastaba la Cleopatra de “Cuidado con Cleopatra” (Carry on Cleo, 1964), una más de aquella serie de “comedias” británicas que se perpetraron bajo el logo “Carry on…”.

Parece que Cleopatra (Amanda Barrie), no pierde el tiempo, y durante uno de sus famosos baños de leche de burra aprovecha para estrujar una fálica mazorca en una metáfora que por evidente (palabros clave: forma fálica, tamaño descomunal y leche a borbotones) resulta tan burda como cabía exigir a los subproductos salidos con aquella denominación, dirigidos siempre a un público con paladar de lija que confirma aquella afirmación de Luis Antonio de Villena: “Yo creía que las clases medias-bajas españolas eran bastas hasta que viajé a Inglaterra”.

Pero si hay un fetiche recurrente es el de los uniformes. En “Joystick”, película dirigida por Greydon Clark en 1983, se mezcló con lo fálico para hacer realidad la más popular fantasía del universo femenino.

El entusiasmo de la actriz resulta elocuente. La actitud sobrada del poli de pega, también…

Finalmente en “Los Rompecocos” (Screwballs, 1983) la escena en la que un gigantesco y bamboleante perrito caliente golpea los traseros de dos camareras afanadas en colocar un cartel publicitario se comenta sola y en dos puntos:

a) el rol de mujer objeto está lejos de quedar atrás en la psique masculina.

y b) la falsedad de la recurrida frase “el tamaño no importa” se muestra en toda su crudeza para desgracia de legiones de compradores de aparatos “alarga-penes”.

OBSESIÓN ORAL

En 1956, Elia Kazan causó un no tan pequeño terremoto con “Baby Doll”. Lejos de ser una de sus mejores películas, sí que se encuentra entre las que más revuelo provocaron al narrar la historia de un matrimonio de conveniencia entre una adolescente y un cincuentón. El hecho de que fuese una práctica habitual en el sur de los States, aún en aquella época, la convirtió en un éxito taquillero gracias al inherente morbo que este tipo de historias provocan en toda sociedad puritana.

Kazan se las apañó para burlar a los censores colando diversos planos en los que Carroll Baker se introduce el pulgar en la boca; gesto que, unido al aspecto aniñado de la actriz, contribuyó a multiplicar el eco escandaloso de la película dotándole de un fino velo de refrescante amoralidad que provocó úlceras en más de una liga de la decencia.

Si bien el director no se detuvo ahí en sus insinuaciones. La escena en la que una embobada Baker lame un helado de vainilla mientras observa a su maduro marido forma parte de la antología de imágenes subliminales que algún censor torpe no supo o quiso ver. Tal vez porque, durante su visionado, estaba ocupado en otra cosa…

Erotómano exquisito, Paul Schrader filmó una de las escenas más sensuales de la época sin necesidad de mostrar más piel de la necesaria…

Ya sin el agobio de la censura encima, simbolizó la obsesión oral con el aparentemente inocente gesto que le dedica un chico de alquiler (Richard Gere) a una sumisa clienta en la irregular pero imprescindible “American Gigolo” (1980).

Y hablando de sutilezas…

Pocas cosas divertían más a Stanley Kubrick que infringir las normas. Su acentuado perfil hijoputil, siempre deseoso de provocar reacciones encontradas, se manifestó en toda su gloria durante la adaptación de “Lolita”, la gran novela del escritor ruso Vladimir Nabokov.

Primero mintió al escritor, tras darle a entender que mantendría el tono despreciable que Nabokov infundió a Humbert en la novela, terminó por convertirle en poco menos que un héroe trágico. Después eligió a Sue Lyon para interpretar el papel de la nínfula, a sabiendas de que el aspecto adolescente de la actriz provocaría estupor. Finalmente, esculpió las fantasías de Humbert en planos aparentemente inocentes; como las gafas de sol con forma de corazón y la piruleta gigante que ella lame lentamente mientras observa a su padrastro, dejando que sus ojos escapen de los marcos de cristal en un claro signo de juguetona ambigüedad por parte de Lolita.

Ni que decir tiene que Adrian Lyne repitió la jugada (de un modo más directo) en el remake filmado en 1997. Esta vez con Dominique Swain en el papel de la maliciosa adolescente.

No podía faltar, por supuesto, el símbolo fálico por excelencia: el plátano. La fruta del amor, sí.

En “Sangre en la tumba de la momia” de Michael Carreras, se utilizó el viejo recurso de la banana para insinuar lo evidente. La variante a destacar, en esta ocasión, fue lo ambiguo de la situación, al compartir un hombre y una mujer tan preciado bocado…

No pregunten quién mordisqueó el pedazo de fruta que falta. Piensen mal y acertarán…

Como pueden apreciar más abajo, a los integrantes del equipo de la película japonesa “Kawaii”, tampoco les faltaba su ración diaria de potasio…

Y es que una dieta equilibrada es fundamental…

De un modo tan gráfico como la última imagen, pero yendo aún más lejos, se presenta la película italiana “Il Bacio”, dirigida por Mario Lanfranchi en el lejano 1974.

Sexo oral y zoofilia de una tacada. No es de extrañar que la expresión de la actriz refleje más miedo que excitación. Que está acojonada, vamos… Normal. Digo yo que se les habría acabado las bananas y alguien debió decir: “¿Y por qué no probamos con una serpiente?”… Qué majo, él.

Más mérito tiene Luis Buñuel, quien en 1930 se atrevió con felaciones tan explícitas como la incluida en “La Edad de Oro”

Curiosamente la película, escandalosa, por supuesto, fue atacada más por sus múltiples referencias anticlericales que por los juegos bucales de sus protagonistas. Será que por una vez la iglesia decidió dejar de proteger nuestra alma impura para proteger sus mullidos culos. Imagino que el contexto de la época favoreció la segunda opción.

También Catherine Deneuve cedió su apetecible lengua a la causa. Y tuvo que ser el viejo sátiro de Marco Ferreri quien la convenciera de realizar tan generoso gesto…

Con ese afán lamedor demostraba la Deneuve su adoración por Marcello Mastroianni en “La Cagna”. Teniendo en cuenta que por aquella época eran pareja en la vida real, imagino que el rodaje de esta secuencia no le supuso problema alguno a la bella actriz francesa.

Pero si hay una escena mítica en el mundo del cine subliminal, es esta…

La felación que Marlon Brando dedicó a una zanahoria en “Missouri” (Arthur Penn, 1976) con objeto de seducir a un incauto Jack Nicholson no tiene parangón.

Brando, sumido ya en su época todo me importa una mierda, reveló unas inusitadas habilidades bucales que explican en parte su gran éxito entre el género femenino. Qué arte, Dios. Ni Linda “garganta profunda” Lovelace habría superado tal exhibición…

LO QUE VEN ES LO QUE HAY

Así es. Lo que ven es lo que hay. La sutileza a un lado.

En “Adiós al macho” (1977) Marco Ferreri no se molestó demasiado a la hora de escenificar que el futuro de la humanidad pasa por ser femenino plural. Y para ello pateó el salami de Gerard Depardieu sin miramientos, utilizando para ello a un grupo de mujeres deseosas de hacer ver quien manda ahora en el corral.

Mucho más comedido fue Delbert Mann en “Suave como visón” (1962).

En ella, la eterna virgen Doris Day, se las ve y se las desea para mantener su virgo intacto de las viciosas intenciones que el sexo opuesto reserva para ella. Incluso aunque el otro lado esté representado por el rey de los seductores: el mismísimo Cary Grant.

Comedia sin gracia resuelta con desgana, lo más destacable de la cinta quizás sea la imagen en la que Grant, armado de una botella (evidente símbolo fálico) amenaza la virginidad de una indefensa Day.

Qué sutil. Aunque bastante más que la referencia que le dedicó el maestro Frank Tashlin a las celebérrimas ubres de Jayne Mansfield en “La Chica no Puede Remediarlo”.

Blanco y en botella: leche. Sobran los comentarios.

En fin. Es todo…